Psic. Anaís Barrios


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Crianza positiva: ¿por qué los padres deben aprender a gestionar sus emociones?


Familia

Una de las cosas que influye significativamente sobre el éxito o fracaso de las estrategias de disciplina que intentamos aplicar es nuestra gestión emocional. He podido ver en la consulta a padres desesperados porque no pueden lograr que sus hijos sean obedientes o colaboradores. Entonces, cuando hacemos una revisión de su forma de actuar ante los hijos, la gestión emocional no está presente. Es así como la impaciencia, la impulsividad, los gritos, la mirada llena de ira o desesperación, la improvisación, el llanto, la manipulación, el chantaje, la hostilidad y la lucha de poder se apoderan de las situaciones de crianza, debilitando profundamente el rol parental.

La gestión de nuestras emociones es la clave para lograr que nuestros hijos respeten nuestro rol y nos vean como figuras guías, puesto que, al gestionar las emociones, proyectamos seguridad y confianza en nosotros mismos, al igual que determinación y firmeza sobre nuestro proceder ante la situación. Cuando colocamos una norma, un límite o expresamos desaprobación por alguna conducta de nuestro hijo, éste entenderá que estamos hablando en serio si nos observa firmes, confiados y controlados. Por el contrario, mientras más afectados y descontrolados nos mostremos ante su conducta, más propicio será el momento para la confrontación, la confusión y para el reforzamiento de conductas negativas.

Sé que el manejo emocional no es cosa fácil y que mantener la paciencia en algunos momentos puede convertirse en una tarea colosal. A veces los hijos pueden llegar a hacer o decir cosas realmente desesperantes o intolerables y es en estos momentos donde debemos decidir si nos detenemos a respirar y pensar en la mejor respuesta o si nos dejamos llevar por las emociones, para terminar de impulsar una batalla que puede llegar a ser agotadora, infructuosa y dolorosa.

Pero no sólo la gestión emocional sirve para mantener nuestro rol de padres y ejercer mejor la disciplina. También es una potente forma de enseñar a nuestros hijos a gestionar sus propias emociones, lo cual trae ganancias para las relaciones familiares que se construyen en un clima de confianza, comunicación y respeto por el otro. Es decir, a través de la gestión de las emociones promovemos la crianza positiva de los hijos.

Empecemos conociendo las emociones

Todos tenemos una idea de lo que son las emociones, pues todos las hemos experimentado a lo largo de nuestra vida. No obstante, siempre es bueno hacer un repaso. Por ello, en este enlace aparte he desarrollado brevemente algunos aspectos importantes sobre las emociones, para aquellos que deseen saber más.

Cómo gestionar las emociones

La gestión de las emociones implica un proceso de autoconocimiento y autorregulación que demanda de nosotros la constancia para mirarnos, evaluarnos y aceptarnos de forma continua. Gestionamos nuestras emociones cuando nos encargamos de aquello que sentimos para así orientarlo y dirigirlo a conseguir algún resultado (aclarar un malentendido, resolver un problema, definir metas futuras, establecer acuerdos, liberarnos de tensiones, etc.). A continuación comparto algunos pasos que pueden seguir para desarrollar esta habilidad:

1. Haz consciente la emoción

No se trata de controlar, negar o ignorar la emoción que estamos experimentando, sino más bien de sentirla, identificarla y comprenderla. Lo primordial es saber qué estás sintiendo: rabia, tristeza, miedo… Luego escuchar lo que la emoción te dice. Como mencioné arriba, la emoción nos brinda un reporte de cómo estamos interpretando la experiencia y de cómo nuestro cuerpo reacciona ante ella. Es importante estar atento a estas señales, que te permitirán saber qué tan afectado te encuentras, para así decidir si posees los recursos para afrontar la situación en el momento o si es mejor esperar equilibrar la intensidad de lo que sientes, pensando en la mejor forma de atender lo que ocurre. Ejemplo:

Identificación de la emoción: “Me siento molesta porque mi hijo no hizo la tarea”.
Interpretación: “Pienso que no se está tomando en serio sus responsabilidades y que está siendo grosero”.
Respuesta del cuerpo: “Me estoy poniendo tensa y me están dando ganas de gritar”.

2. Busca la calma

Si sientes que estás a punto de estallar o que no sabes cómo atender la situación lo mejor es detenerte y relajarte. Aléjate un momento del lugar donde está ocurriendo la situación que te afecta. Si estás en tu habitación, sal al patio de la casa; si estás en la calle o lugar público, ve a un lugar más tranquilo o despejado. Respira varias veces de forma pausada, refréscate la cara o toma agua si es necesario. Si hay otra persona que pueda encargarse de la situación mientras te calmas, pídele ayuda. En este paso se vale decir:

“Necesito calmarme y pensar mejor las cosas”.
“Vayamos a un lugar más tranquilo y dame tiempo de respirar”.
“En este momento no estoy dispuesto a hablar; luego resolvemos esto”.
“No deseo discutir; espera que me calme”.

3. Analiza la situación

Una vez recuperas la calma es importante analizar lo que sucede o sucedió para poder abordarlo efectivamente y tener soluciones a la mano. En muchos casos, cuando analizas la situación te podrás dar cuenta que hubo factores ajenos a ti o tu hijo que intervinieron o que hubo factores que pudiste controlar o evitar. En este paso es recomendable plantearte preguntas, haciendo un recuento de lo que sucedió antes y durante la situación e incluso en situaciones pasadas similares. Algunas preguntas que podrías hacerte son:

¿Hice algo para empeorar la situación?
¿Antes he permitido que esto suceda sin reaccionar así?
¿Realmente fui claro al hablar?
¿Mi hijo escuchó y comprendió lo que le pedí?
¿Pude haber evitado esta situación? ¿Cómo?
¿Algo pudo haber influido en la conducta de mi hijo?

4. Traza un plan de acción

Una vez has analizado la situación debes trazar un plan de acción sobre cómo atender o resolver la situación. En este plan debes considerar qué vas a decir y cómo, en qué momento y lugar atender la situación, qué medidas vas a aplicar o proponer, quiénes estarán involucrados, qué beneficios y consecuencias traerá tu plan, cómo lo puede a asumir tu hijo y con qué otras alternativas cuentas por si debes negociar. Ejemplo:

“Podría empezar preguntándole a mi hijo qué piensa de lo que pasó y cómo cree que podemos evitar que esto se repita. Le explicaré que me sentí molesta cuando me dijo que no hizo la tarea y que me resultó desagradable la forma en que alzó la voz. Es importante que sepa que no es necesario ser irrespetuoso al momento de plantear su opinión, que debe ser responsable con sus notas y con sus actividades escolares si desea contar con el privilegio de salir a jugar más tarde con sus amigos”.

5. Escucha, comunica y acuerda

Este es el momento para escuchar las emociones de las personas involucradas en la situación y para expresar las emociones que tú sentiste. Siempre es mejor permitir a tu hijo que diga cómo se sintió y luego decir cómo te sentiste tú. Cuando se trata de niños o adolescentes, es posible que necesiten de tu ayuda para expresar lo que sintieron y comprender el cómo reaccionaron. A veces los chicos se muestran confusos sobre sus emociones y les cuesta darles un nombre u ordenarlas. Si les ayudas con esto podrán crear un clima de confianza y comunicación que será útil para establecer acuerdos y resolver el problema. Una vez hayan comunicado lo que pensaron y sintieron, llega la ocasión para hablar sobre las consecuencias que traen ciertas conductas y de establecer acuerdos para el futuro. En estos acuerdos debe quedar claro qué hará cada uno y cuál es la mejor forma de reaccionar la próxima vez que suceda algo similar.

Mis recomendaciones finales para los padres

  • Ten en cuenta que los niños o adolescentes muchas veces reaccionan mal o emprenden conductas indeseables por factores de inmadurez o porque antes esa conducta fue reforzada con atención o beneficios. Lo importante es que como padres debemos ser modelos de madurez al momento de reaccionar ante situaciones conflictivas o indeseadas y enseñarles a actuar de forma más eficiente.
  • Es importante ajustar los pasos mencionados arriba a la edad de tu hijo. En el caso de niños pequeños, es necesario ser concreto al momento de hablar y explicar las cosas usando un lenguaje claro, preciso y comprensible.
  • Deshazte de la necesidad de controlar todo y de atender los problemas que tengas con tu hijo en el momento que están sucediendo; a veces es mejor esperar a que todos estén calmados.
  • Cada conflicto o situación que suceda con tu hijo es una oportunidad para aprender el uno del otro y para detenerse a establecer acuerdos de cómo evitar o repetir la experiencia vivida. Cuando hacemos esto improvisamos menos y somos más eficientes.

Sé que este artículo ha quedado largo, pero el tema lo requiere. Es posible que todavía tengan dudas al respecto. Si es así les invito a plantearlas en los comentarios y a estar atentos sobre los demás artículos que estaré escribiendo sobre crianza positiva.

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Regreso a clases: el reto de empezar en una escuela nueva


Bus escolar

Es momento de restablecer la rutina de ir a la escuela, pero en esta ocasión su hijo empezará el nuevo año escolar en otra institución. Por distintas razones, a veces los padres deben cambiar de colegio a sus hijos, lo cual es una decisión difícil que les llena de expectativas sobre cómo será la adaptación del niño al cambio.

Es natural que los cambios nos generen un poco de ansiedad y temor; sin embargo desde mi experiencia he podido notar que los chicos se adaptan mucho mejor a los cambios que los adultos, puesto que tienden a ser más optimistas, no se preocupan tanto por tener todo bajo control y se les hace más natural hacer amigos. Todo dependerá del contexto que rodee al infante, el cual debe ser de preparación, comunicación y apoyo; así como dependerá de la autoestima y las habilidades sociales que el niño posea.

Aunque son muchas las variables familiares, individuales y contextuales que deben considerarse para favorecer un cambio de colegio, aquí les quiero compartir algunas recomendaciones para que el tránsito se dé lo más favorablemente posible. No puedo garantizarles éxito en la integración de su hijo a la nueva escuela, pero sí puedo invitarlos a actuar de forma sensible y precavida. Tomen de aquí lo que les resulte apropiado.

1.- Comunique e involucre: si ha sido necesario cambiar de escuela es importante comunicarle al niño con anticipación e involucrarlo en el proceso de elección de otra escuela. Consulte con el niño qué le gustaría encontrar en el nuevo lugar y compárelo con las opciones que tienen: un salón más ventilado, una cancha deportiva más bonita, actividades extracurriculares o un mejor trato. Si es posible, y el niño lo desea, prepare una despedida en su escuela anterior, así como llévelo a conocer los espacios de la nueva escuela para que se vaya familiarizando.

2.- Valore y monitoree las emociones: durante todo el proceso es crucial crear un ambiente de diálogo para hablar sobre los sentimientos. Ante el cambio de escuela los niños pueden sentir tristeza, rabia, temor, alegría o rechazo; emociones que influirán sobre sus fantasías o expectativas frente a lo nuevo. La reacción del niño dependerá en gran parte de las experiencias que haya tenido en su escuela anterior: si éstas fueron agradables o desagradables. Haya sido de una forma o de la otra, el niño se sentirá más tranquilo y confiado si siente que puede expresar de forma abierta sus sentimientos y recibirá de nosotros escucha, comprensión y apoyo.

3.- Muestre una actitud segura y positiva: si usted se enfrenta al cambio con temor o expectativas de fracaso no trasmitirá confianza. Aunque no diga nada, los niños son muy intuitivos y, si su hijo nota su preocupación o ansiedad, él también sentirá estos sentimientos. Está bien reconocer que se tienen expectativas ante lo nuevo, pero se debe ser optimista, haciendo énfasis en lo que se gana con el cambio y no en lo que se pierde. Pero todo con equilibrio; evitemos un optimismo exagerado donde no se reconozcan los riesgos ni los temores o donde el niño se sienta presionado por creer que para sus padres es importante su éxito en la nueva escuela. 

4.- Prepare al niño para el cambio: la facilidad con la que el niño se ajuste a la nueva dinámica escolar dependerá de lo informado que esté. El niño debe saber sobre sus horarios de clase, quién lo llevará y buscará a la escuela y cómo se integrarán las prácticas extracurriculares. Así mismo, el niño debe saber quién será su docente, cómo está distribuida la escuela, cómo llegar a su salón, a quién puede pedir ayuda. A los niños les hace sentir más seguros cuando tienen claro lo que deben hacer y cómo responder antes ciertas situaciones. Podría conversar con su hijo sobre lo que para él sería lo peor o lo mejor que podría pasar en la primera semana de clases y de este modo planear formas en las que su hijo puede actuar o afrontar esas situaciones.

6.- Evite iniciar con estrés: organícense para que los primeros días de clase el niño llegue a su escuela relajado. Para ello, debemos involucrar a la familia en lo que se debe hacer antes de salir a la escuela, de manera que se distribuyan los quehaceres a fin de salir a tiempo. Es bueno tener planificado un menú del desayuno y la merienda escolar para toda la semana, así podemos tener los ingredientes a mano y quizás dejar algunas cosas preparadas la noche anterior. Igual es importante dejar arreglados los útiles escolares y el uniforme. Por otra parte, debemos garantizar que el niño descanse durante la noche para que se despierte con energía. Es posible que durante las vacaciones el horario de ir a dormir y levantarse se haya flexibilizado, entonces una semana antes de iniciar la escuela es importante regular el horario de sueño. Por último, debemos recordar que no siempre podemos anticiparnos a todo y que habrá situaciones inesperadas que no podremos controlar a plenitud; entonces es necesario tomárselo con calma y humor. Seamos fuente de entusiasmo y no de estrés, así que ejercitemos el manejo de nuestras emociones. 

7.- Observe y sea paciente: quizás durante el primer mes de escuela el niño muestre cierto recelo, desmotivación o dificultad de socialización; así como puede pasar que durante el primer trimestre el niño presente bajo rendimiento escolar. Todas estas son reacciones naturales ante la adaptación, la cual es un proceso que se va dando de forma progresiva. Por eso, debemos ser observadores de la conducta del niño y muy pacientes con su proceso adaptativo. La observación y el diálogo constante nos permitirán saber cómo el niño se siente y asume lo nuevo. Si observamos algo de lo mencionado arriba u otra conducta irregular frente a la escuela es importante buscar apoyo en los docentes o el departamento de orientación. Si aun así ha pasado el primer trimestre de clases y todavía nuestro hijo muestra dificultad de integración escolar, entonces será necesario buscar la ayuda de un psicólogo. 

8.- Actúe con prevención y no con improvisación: supongamos que en la escuela anterior el niño presentó dificultades académicas o problemas conductuales, recibió bullying, maltrato de su docente o poca estimulación pedagógica, entre otras experiencias negativas. Entonces se cree que la escuela nueva será algo como borrón y cuenta nueva. Creemos que el cambio de escuela será suficiente para subsanar lo ocurrido y no tomamos acciones preventivas. Incluso algunos padres ocultan información en la escuela nueva, por temor a que etiqueten o traten de otra forma a su hijo. Todo ello puede afectar la integración del niño al nuevo entorno. Lo mejor es buscar la orientación necesaria para garantizar que el cambio de escuela sea realmente una oportunidad de experimentar satisfacción escolar. Para ello, lo ideal es buscar ayuda especializada que les permita estimar las habilidades del niño, descartar alguna dificultad de aprendizaje o algún trastorno conductual, ofrecerle apoyo y empoderamiento para superar el maltrato recibido, propiciar la nivelación académica a través de ayuda psicopedagógica y/o recibir estrategias de afrontamiento familiar. No dejemos que se repitan las situaciones anteriores, creyendo en soluciones mágicas. Debemos abocarnos a las necesidades de nuestro hijo y atender las consecuencias de las experiencias pasadas para proteger su autoestima y garantizar su bienestar. 

9.- Involúcrese con la escuela: establecer una relación cercana con la escuela es una forma de favorecer la integración de nuestro hijo. Manténgase en comunicación constante con el docente, evitando tener roces y que el docente sienta que su trabajo está siendo vigilado o evaluado; más bien genere un clima de confianza y respeto donde el interés sea el sano desenvolvimiento del hijo en la escuela. Asista a las reuniones y los eventos escolares, así como esté informado sobre las acciones del centro o comité de padres. Asimismo, debemos conocer el reglamento escolar y los procedimientos para plantear quejas o sugerencias. Todas estas acciones nos permitirán estar informados y conocer a profundidad el funcionamiento del colegio donde estudia nuestro hijo.

Estas serían mis recomendaciones para propiciar una integración satisfactoria a la nueva escuela. Es posible que haya puntos que dejé de abordar. En ese caso, te invito a preguntar en la sección de comentarios. Si este artículo te gustó no dejes de compartirlo por tus redes sociales.


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La experiencia del miedo a través del juego


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El miedo es una de esas emociones que solemos asociar con eventos desagradables y a la que rechazamos sólo con imaginarla. Sin embargo, como todas las emociones, el miedo tiene una función específica que es la protección. Si no somos capaces de sentir miedo nos exponemos a múltiples peligros, llegando a ser en exceso temerarios. Pero si no nos atrevemos a enfrentarlo, entonces nos hacemos más vulnerables.

Aunque nuestro cerebro está evolutivamente preparado para responder ante el miedo, van a ser nuestras propias experiencias y habilidades las que nos permitan tener mayor o menor éxito al momento de afrontar situaciones amenazantes. El poder exponernos a ciertas situaciones que nos generen miedo y poder poner en marcha nuestros mecanismos biológicos y psicológicos de afrontamiento nos puede hacer más capaces.

Es por ello que quiero hablarles de lo agradable y sano que puede ser para los niños la experiencia del miedo a través del juego. Dentro de ciertos límites, diferentes juegos son oportunidades que tienen los niños para experimentar escalofrío y suspenso, así como excitación e incertidumbre ante lo que pueda pasar. El miedo que se puede sentir a través del juego es un miedo agradable; no es terrorífico o paralizante. Esto se da, especialmente, cuando ocurre dentro de contextos tranquilizadores, bajo la compañía de padres o familiares. Estas experiencias “temerosas” son altamente buscadas por los niños, no sólo por lo estimulantes que pueden resultar, sino porque también les permiten experimentar sus propios recursos para salir ilesos de la situación. Esto puede aumentar el sentido de confianza y seguridad que el niño desarrolla sobre sí mismo y los otros.

El jugar al escondite o a sumergirse en el agua, especialmente en niños pequeños, es una oportunidad para afrontar el sentimiento de separación y el temor a estar solos. El jugar a perseguirse suele ser un juego muy divertido para los niños que les invita a desplegar todas sus habilidades motoras para vencer obstáculos y evitar ser atrapados. También están esos juegos donde el adulto mece, alza o recibe al niño y éste debe confiar en que será bien sujetado o atajado. Nada como obtener la victoria ante juegos estresantes y tensos como el Jenga, que demanda pensamiento estratégico, atención y movimientos precisos. Lo mismo pasa con aprender a manejar bicicleta, mecerse animosamente en un columpio, lanzarse por un largo tobogán, jugar a vencer a los monstruos. Por otra parte, muchos cuentos representan temores inconscientes y conscientes de los niños. El poder verse reflejados en los personajes de las historias y aprender de sus experiencias es otra forma agradable de sentir miedo y aprender a superarlo.

En algunas ocasiones los padres sienten miedo hacia este tipo de juegos, tendiendo a sobreproteger a sus hijos mediante la prohibición o evitación de estas actividades lúdicas. Así tenemos que un miedo paralizante supera al miedo agradable, lo que priva al niño de experimentar los atributos y beneficios de jugar.

Estas experiencias de juego y miedo así como son gratificantes, son útiles puesto que activan los mecanismos de defensa indispensables para la autoconservación y el cuidado. En definitiva, se puede decir que el juego es un medio para el aprendizaje y fortalecimiento emocional de los niños. Entonces, invitemos a los niños a jugar y a experimentar sanamente el miedo.

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¿Recuerdas algún juego de tu infancia que te hacia sentir miedo y aun así no dejabas de jugarlo?