Psic. Anaís Barrios


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Palabra afectiva: la nana en el desarrollo del niño


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“En palabras fui engendrado y parido, y con palabras me amamantó mi madre. Nada me dio sin palabras.”

José Manuel Briceño.

En el pasado, tuve la oportunidad de leer y escuchar que la nana o canción de cuna representaba el primer contacto del niño con la poesía. En esencia, se podría decir que la nana forma parte de los primeros contactos del niño con la palabra. Y la palabra no es más que ese maravilloso instrumento del que nos apropiamos progresivamente para nombrarnos a nosotros mismos y nombrar al mundo. ¿Qué seríamos sin las palabras?

La nana no sólo es palabra poética, es sobre todo palabra afectiva. Es en esto último donde se condensa su mayor poder y es precisamente de ello de lo que les quiero hablar en esta ocasión.

Resulta que hace poco tuve la oportunidad de crear un encuentro con madres y padres gestantes para hablar sobre los beneficios socioafectivos de la nana y el arrullo en el desarrollo del niño. Para ese encuentro preparé una breve información sobre la nana que hoy quiero compartir con ustedes. Mi ilusión es animarlos a cantarles nanas a sus hijos como una forma de consolidar el vínculo afectivo y al mismo tiempo de alimentar amorosamente el desarrollo psicológico de los mismos. Aquí les dejo lo que conversamos el día del encuentro.

¿Qué es una nana?

Es una canción popular, producto de nuestra tradición oral, que está destinada a calmar, arrullar o dormir al niño. La nana existe desde hace cientos de años y se ha venido transmitiendo de generación a generación. En todos los continentes del mundo hay nanas ancestrales que conservan temas en común y que tienen el mismo fin. En la actualidad, contamos con un sinfín de nanas antiguas y modernas para consolar y consentir a nuestros hijos.

Características de la nana

  • Es una canción breve, elaborada en lenguaje sencillo, sin dejar de ser poético, donde se nombra la vida cotidiana del niño: papá, mamá, hermanos, abuelos, teta, leche, cuna, sueño…
  • Ella representa la unión de voz, canto y movimiento de arrullo o balanceo que tanto disfruta y conforta al niño.
  • Su ritmo y cadencia suelen ser monótonos y repetitivos, simulando los latidos del corazón, a los cuales el niño está acostumbrado desde su estancia en el vientre materno.

Función de la nana

  • Está dirigida a que el niño concilie el sueño, se calme o se entretenga durante alguna actividad cotidiana.
  • Brinda protección, seguridad, calma y sobre todo amor. El movimiento de arrullo junto al ritmo que la compone hace que la nana sea un recurso afectivo y efectivo.

Beneficios emocionales y cognitivos de la nana

  • El arrullador cumple un importante papel en el desarrollo del niño, pues no sólo canta y se balancea para calmar, dormir o consentir al niño, sino que hace sentir su presencia, enviándole a éste el mensaje de “estoy disponible para ti”, “eres importante”.
  • La nana facilita el contexto perfecto para que tenga lugar aquello que en psicología llamamos la mirada especular. Esta se refiere al reflejo del niño en los ojos de la madre o del padre y a la fascinación del mismo con la imagen que los ojos le devuelven. Si los ojos de los padres transmiten admiración, enamoramiento y amor el niño será dotado de estas sensaciones que luego las reconocerá como parte de sí mismo y tendrán peso en el desarrollo de su identidad.
  • Aunque el niño no entiende nuestra canción va haciendo un registro de palabras y experiencias afectivas que serán pilares en la construcción de su Yo, autoestima y confianza en el mundo.
  • La nana desarrolla el vocabulario del niño y al ser el primer contacto con la palabra poética puede convertirse en un gran estímulo para que el niño desarrolle una relación amorosa y placentera con la lectura y los libros.

Recomendaciones para cantar una nana

  • Ajusta la voz y prepara el cuerpo. Canta bajito y cerquita, facilita el contacto de miradas y emplea los brazos como sostén, refugio y contención.
  • Debes estar relajado y en calma. Una nana no tendrá efecto si es es cantada con rabia, desesperación, miedo o ansiedad.
  • Observa la respuesta de tu hijo para que sepas cuál es su frase o pasaje favorito. Ése es el que repetirás cuando tu hijo lo pida o necesite.
  • Anímate a escribir y crear una nana para tu hijo. Usa como base la melodía de una nana conocida y sobre ella agrega el tema que más te inspire. Puedes incluir el nombre de tu hijo en la canción creada. Imagínate el aporte adicional que tendrá para tu hijo el saber que fue creada una nana exclusivamente para él.

Como ven, lucen maravillosos los efectos que la nana puede tener sobre el niño y la relación entre madre, padre e hijo. Falta que se atrevan a probarlos y experimentarlos.

Para terminar, ¿recuerdan alguna nana o canción de cuna que les fue cantada durante su infancia? Compartan en los comentarios.

 

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Ser padres autoreflexivos


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Entre los roles más complejos a nivel relacional que un ser humano debe afrontar, se encuentra el rol de ser padres. Dicha complejidad viene dada en que la relación padre-hijo o madre-hijo es una relación donde existe una asimetría esencial, puesto que uno depende del otro y el otro tiene el poder y el deber de educar y cuidar. Dentro de esta relación asimétrica confluyen y se contraponen al mismo tiempo sentimientos, deseos, pensamientos y creencias. Además, hay que agregar que los miembros de esta relación forman parte de generaciones diferentes, lo cual marca tendencias y demandas educacionales distintas.

La complejidad, positiva o negativa, que desarrollemos en la relación con nuestros hijos va a depender, entre otras cosas, de nuestra capacidad de autorreflexión. Cuando hablo de una complejidad negativa en la relación padre-hijo, me refiero a ese tipo de relaciones basadas en la tensión y hostilidad constante, a los esfuerzos de uno por controlar y del otro por rebelarse, a la no aceptación de los sentimientos y pensamientos del otro, a la manipulación o amenaza constante, al no reconocimiento de los propios errores y a la imposición mutua de deseos o expectativas. Como podemos ver, en una relación de complejidad negativa prevalece la ausencia de respeto y de autorreflexión. Mientras que en una relación de una complejidad positiva entre padre-hijo existe todo lo contrario, puesto que dicha relación está basada en el equilibrio, la responsabilidad, la justicia y la equitatividad.

Ahora bien, ¿en qué consiste ser un padre autorreflexivo? La autorreflexión parental (así la llamaré) implica el monitoreo constante de nuestros pensamientos, emociones, creencias y acciones para valorar qué tan congruentes somos al momento de expresarlas o ejercerlas durante la crianza. No somos congruentes cuando regañamos a nuestro hijo por interrumpirnos mientras trabajábamos si nosotros lo interrumpimos mientras él juega. Lo que es importante para cada uno merece respeto.

La autorreflexión es reconocer nuestras debilidades, defectos, errores y temores, buscando la ayuda o la manera para minimizarlos o manejarlos lo mejor posible. Es hacer una revisión de nuestra historia de vida y poder elegir de ella aquello que nos genera bienestar y esforzarnos por elaborar o desechar aquello que nos hace daño o nos limita. Somos autorreflexivos cuando, por ejemplo, sabemos que nos da miedo nadar y damos un paso atrás para dejar que nuestro hijo se lance a la piscina. Somos autorreflexivos cuando pedimos disculpas después de haber cometido un error o cuando valientemente decidimos no repetir los patrones de violencia que aprendimos en nuestra familia.

En este proceso constante de monitorear nuestro ejercicio de la paternidad, enmendamos, cambiamos y superamos conscientemente las dificultades, reconociéndonos como seres humanos en aprendizaje continuo, lo cual no hará más que desarrollar nuestro valor personal y autoestima.

Lo mejor de esto es que nuestro hijo aprende a ser autorreflexivo también. Y cuando padre e hijo son autorreflexivos, el padre no tiene la necesidad de controlar y el hijo no tiene la necesidad de rebelarse; el padre cría consciente y críticamente y el hijo obedece consciente y críticamente.

Los hijos no quieren padres perfectos; tampoco quieren padres llenos de errores e incapaces para reconocerlos. Los hijos incluso son quienes detectan mejor los defectos de los padres y quienes desde diferentes métodos los confrontan a cambiar. Entonces no seamos soberbios, aprendamos en la relación con nuestros hijos a ser mejores personas, aprendamos a crecer mientras criamos.

Ya decía el pedagogo Gianni Rodari “deberíamos crear reglas para nuestro comportamiento, no para el de los niños”.


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Crianza positiva: ¿por qué los padres deben aprender a gestionar sus emociones?


Familia

Una de las cosas que influye significativamente sobre el éxito o fracaso de las estrategias de disciplina que intentamos aplicar es nuestra gestión emocional. He podido ver en la consulta a padres desesperados porque no pueden lograr que sus hijos sean obedientes o colaboradores. Entonces, cuando hacemos una revisión de su forma de actuar ante los hijos, la gestión emocional no está presente. Es así como la impaciencia, la impulsividad, los gritos, la mirada llena de ira o desesperación, la improvisación, el llanto, la manipulación, el chantaje, la hostilidad y la lucha de poder se apoderan de las situaciones de crianza, debilitando profundamente el rol parental.

La gestión de nuestras emociones es la clave para lograr que nuestros hijos respeten nuestro rol y nos vean como figuras guías, puesto que, al gestionar las emociones, proyectamos seguridad y confianza en nosotros mismos, al igual que determinación y firmeza sobre nuestro proceder ante la situación. Cuando colocamos una norma, un límite o expresamos desaprobación por alguna conducta de nuestro hijo, éste entenderá que estamos hablando en serio si nos observa firmes, confiados y controlados. Por el contrario, mientras más afectados y descontrolados nos mostremos ante su conducta, más propicio será el momento para la confrontación, la confusión y para el reforzamiento de conductas negativas.

Sé que el manejo emocional no es cosa fácil y que mantener la paciencia en algunos momentos puede convertirse en una tarea colosal. A veces los hijos pueden llegar a hacer o decir cosas realmente desesperantes o intolerables y es en estos momentos donde debemos decidir si nos detenemos a respirar y pensar en la mejor respuesta o si nos dejamos llevar por las emociones, para terminar de impulsar una batalla que puede llegar a ser agotadora, infructuosa y dolorosa.

Pero no sólo la gestión emocional sirve para mantener nuestro rol de padres y ejercer mejor la disciplina. También es una potente forma de enseñar a nuestros hijos a gestionar sus propias emociones, lo cual trae ganancias para las relaciones familiares que se construyen en un clima de confianza, comunicación y respeto por el otro. Es decir, a través de la gestión de las emociones promovemos la crianza positiva de los hijos.

Empecemos conociendo las emociones

Todos tenemos una idea de lo que son las emociones, pues todos las hemos experimentado a lo largo de nuestra vida. No obstante, siempre es bueno hacer un repaso. Por ello, en este enlace aparte he desarrollado brevemente algunos aspectos importantes sobre las emociones, para aquellos que deseen saber más.

Cómo gestionar las emociones

La gestión de las emociones implica un proceso de autoconocimiento y autorregulación que demanda de nosotros la constancia para mirarnos, evaluarnos y aceptarnos de forma continua. Gestionamos nuestras emociones cuando nos encargamos de aquello que sentimos para así orientarlo y dirigirlo a conseguir algún resultado (aclarar un malentendido, resolver un problema, definir metas futuras, establecer acuerdos, liberarnos de tensiones, etc.). A continuación comparto algunos pasos que pueden seguir para desarrollar esta habilidad:

1. Haz consciente la emoción

No se trata de controlar, negar o ignorar la emoción que estamos experimentando, sino más bien de sentirla, identificarla y comprenderla. Lo primordial es saber qué estás sintiendo: rabia, tristeza, miedo… Luego escuchar lo que la emoción te dice. Como mencioné arriba, la emoción nos brinda un reporte de cómo estamos interpretando la experiencia y de cómo nuestro cuerpo reacciona ante ella. Es importante estar atento a estas señales, que te permitirán saber qué tan afectado te encuentras, para así decidir si posees los recursos para afrontar la situación en el momento o si es mejor esperar equilibrar la intensidad de lo que sientes, pensando en la mejor forma de atender lo que ocurre. Ejemplo:

Identificación de la emoción: “Me siento molesta porque mi hijo no hizo la tarea”.
Interpretación: “Pienso que no se está tomando en serio sus responsabilidades y que está siendo grosero”.
Respuesta del cuerpo: “Me estoy poniendo tensa y me están dando ganas de gritar”.

2. Busca la calma

Si sientes que estás a punto de estallar o que no sabes cómo atender la situación lo mejor es detenerte y relajarte. Aléjate un momento del lugar donde está ocurriendo la situación que te afecta. Si estás en tu habitación, sal al patio de la casa; si estás en la calle o lugar público, ve a un lugar más tranquilo o despejado. Respira varias veces de forma pausada, refréscate la cara o toma agua si es necesario. Si hay otra persona que pueda encargarse de la situación mientras te calmas, pídele ayuda. En este paso se vale decir:

“Necesito calmarme y pensar mejor las cosas”.
“Vayamos a un lugar más tranquilo y dame tiempo de respirar”.
“En este momento no estoy dispuesto a hablar; luego resolvemos esto”.
“No deseo discutir; espera que me calme”.

3. Analiza la situación

Una vez recuperas la calma es importante analizar lo que sucede o sucedió para poder abordarlo efectivamente y tener soluciones a la mano. En muchos casos, cuando analizas la situación te podrás dar cuenta que hubo factores ajenos a ti o tu hijo que intervinieron o que hubo factores que pudiste controlar o evitar. En este paso es recomendable plantearte preguntas, haciendo un recuento de lo que sucedió antes y durante la situación e incluso en situaciones pasadas similares. Algunas preguntas que podrías hacerte son:

¿Hice algo para empeorar la situación?
¿Antes he permitido que esto suceda sin reaccionar así?
¿Realmente fui claro al hablar?
¿Mi hijo escuchó y comprendió lo que le pedí?
¿Pude haber evitado esta situación? ¿Cómo?
¿Algo pudo haber influido en la conducta de mi hijo?

4. Traza un plan de acción

Una vez has analizado la situación debes trazar un plan de acción sobre cómo atender o resolver la situación. En este plan debes considerar qué vas a decir y cómo, en qué momento y lugar atender la situación, qué medidas vas a aplicar o proponer, quiénes estarán involucrados, qué beneficios y consecuencias traerá tu plan, cómo lo puede a asumir tu hijo y con qué otras alternativas cuentas por si debes negociar. Ejemplo:

“Podría empezar preguntándole a mi hijo qué piensa de lo que pasó y cómo cree que podemos evitar que esto se repita. Le explicaré que me sentí molesta cuando me dijo que no hizo la tarea y que me resultó desagradable la forma en que alzó la voz. Es importante que sepa que no es necesario ser irrespetuoso al momento de plantear su opinión, que debe ser responsable con sus notas y con sus actividades escolares si desea contar con el privilegio de salir a jugar más tarde con sus amigos”.

5. Escucha, comunica y acuerda

Este es el momento para escuchar las emociones de las personas involucradas en la situación y para expresar las emociones que tú sentiste. Siempre es mejor permitir a tu hijo que diga cómo se sintió y luego decir cómo te sentiste tú. Cuando se trata de niños o adolescentes, es posible que necesiten de tu ayuda para expresar lo que sintieron y comprender el cómo reaccionaron. A veces los chicos se muestran confusos sobre sus emociones y les cuesta darles un nombre u ordenarlas. Si les ayudas con esto podrán crear un clima de confianza y comunicación que será útil para establecer acuerdos y resolver el problema. Una vez hayan comunicado lo que pensaron y sintieron, llega la ocasión para hablar sobre las consecuencias que traen ciertas conductas y de establecer acuerdos para el futuro. En estos acuerdos debe quedar claro qué hará cada uno y cuál es la mejor forma de reaccionar la próxima vez que suceda algo similar.

Mis recomendaciones finales para los padres

  • Ten en cuenta que los niños o adolescentes muchas veces reaccionan mal o emprenden conductas indeseables por factores de inmadurez o porque antes esa conducta fue reforzada con atención o beneficios. Lo importante es que como padres debemos ser modelos de madurez al momento de reaccionar ante situaciones conflictivas o indeseadas y enseñarles a actuar de forma más eficiente.
  • Es importante ajustar los pasos mencionados arriba a la edad de tu hijo. En el caso de niños pequeños, es necesario ser concreto al momento de hablar y explicar las cosas usando un lenguaje claro, preciso y comprensible.
  • Deshazte de la necesidad de controlar todo y de atender los problemas que tengas con tu hijo en el momento que están sucediendo; a veces es mejor esperar a que todos estén calmados.
  • Cada conflicto o situación que suceda con tu hijo es una oportunidad para aprender el uno del otro y para detenerse a establecer acuerdos de cómo evitar o repetir la experiencia vivida. Cuando hacemos esto improvisamos menos y somos más eficientes.

Sé que este artículo ha quedado largo, pero el tema lo requiere. Es posible que todavía tengan dudas al respecto. Si es así les invito a plantearlas en los comentarios y a estar atentos sobre los demás artículos que estaré escribiendo sobre crianza positiva.


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¿Qué es la crianza positiva?


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Es común escuchar en conversaciones entre adultos la creencia de que los niños de ahora no son iguales a los de antes, así como que la educación actual tampoco lo es. Bajo esta idea se asoma una especie de añoranza hacia esa educación “que sí era efectiva”, “donde los niños sí respetaban” y una especie de desconfianza hacia lo que se conoce actualmente como crianza positiva. Esta desconfianza es producto del desconocimiento y mala interpretación hacia lo que realmente promueve este modelo educativo. Es por ello que me animé a escribir al respecto, a fin de aclarar dudas y quizás de ganar algunos aliados.

No sabría decirles desde cuándo se empezó a hablar de crianza positiva. Es posible que este modelo de crianza haya surgido una vez comenzaron a reconocerse los derechos de los niños, debido a que está íntimamente relacionado con el buen trato, que ha sido uno de los principales puntos de atención en la creación de leyes y tratados. También es posible que a lo largo de la historia muchos padres se hayan atrevido a criar a sus hijos bajo métodos más positivos y respetuosos, aunque ello no fuese lo que reinase dentro de su sistema educacional y cultural. Un aplauso para ellos.

La crianza positiva es el establecimiento de límites y normas dentro de un contexto afectivo, donde el diálogo constante, la comprensión, el respeto y los acuerdos son los pilares de la relación padre-hijo y los medios más efectivos para lograr que los niños sean colaboradores, considerados y responsables de sus actos. La crianza positiva reconoce al niño como un sujeto de derechos y ajusta sus métodos al nivel de desarrollo evolutivo del niño, considerando siempre que éste siente, piensa, experimenta y aprende a su ritmo y a su manera.

Más que métodos, son formas de convivir y relacionarnos; constituyen un estilo de vida que adoptamos con la apertura de estar dispuestos a aprender constantemente a ser mejores padres. Nada tiene que ver con quedarnos en un lugar cómodo donde lo nuevo es rechazado, donde nos conformamos con lo que aprendimos de la crianza que recibimos de nuestros padres y con lo que nosotros consideramos que es correcto. Criar de forma positiva implica estar actualizados, prepararnos continuamente y hacer monitoreo constante de nuestros objetivos de crianza, así como de nuestra conducta. Ello en tanto que esta forma de criar tiene que ver con el sano desarrollo y crecimiento de los hijos tanto como el de los padres.

Para algunos la crianza positiva es una especie de utopía, creyendo que es inalcanzable o inaplicable. Quizás lo más difícil de este método es el conjunto de destrezas y habilidades que los padres deben desarrollar, lo cual implica esfuerzo y voluntad. Esto último es algo que pocos quieren asumir. Lo segundo más difícil es convencerlos de que eso que han escuchado o interpretado de la crianza positiva nada tiene que ver con la misma. A modo de aclarar confusiones o ideas distorsionadas aquí les dejo algunos puntos a considerar:

Qué NO es la crianza positiva 

  • No es permisiva ni indulgente. Esto quiere decir que no promueve el que los padres dejen hacer a los niños lo que desean, sin ponerles límites y llamarles la atención. Así como se basa en los derechos, la crianza positiva se basa en los roles definidos y en los deberes de cada quien.
  • No es cómoda o negligente. No trata de permitir que los niños se críen solos, mientras el padre hace poco por cuidarlos y educarlos. Por otro lado, el padre se apoya de otros para criar pero no delega sus responsabilidades en los demás.
  • No es represiva ni autoritaria. No usa el castigo físico, las amenazas, la intimidación, la imposición de normas, los gritos y la humillación. No está dirigida a controlar a los hijos sino a acompañarlos, invitando a los padres a establecer otras maneras de relacionarse con sus hijos.
  • No es un modelo romántico. Este modelo de crianza está basado en diferentes disciplinas sobre el desarrollo humano, como la psicología, la pedagogía, el derecho, la antropología y la sociología. Es un modelo exigente para padres que desean criar sin violencia, promoviendo el desarrollo integral de sus hijos. 

Qué beneficios conlleva 

  • Una relación sólida entre padres e hijos, donde predomina el respeto, la confianza y la consideración por el otro.
  • Los padres aprenden a educar de forma sensible y consciente y los hijos a obedecer de forma crítica y responsable.
  • Fortalece la autoestima de los hijos, así como la de los padres. Con ello, no me refiero a padres e hijos perfectos, sino a seres humanos que aceptan sus defectos, aprenden de sus errores y saben cuándo deben pedir disculpas.
  • El clima familiar es armónico y afectuoso, teniendo herramientas para afrontar las situaciones de estrés o sabiendo pedir ayuda cuando es necesario.
  • El vínculo afectivo permanece a lo largo del tiempo.
  • Es un modelo que fomenta habilidades para la vida, las cuales harán de los hijos adultos capaces para valerse de sí mismos y construir relaciones sanas. 

Como pueden ver, más que una actitud, la crianza positiva es un compromiso, un plan de vida. ¿Quieren asumirlo? Si se animan, este es el inicio de una serie de escritos que estarán dedicados a ofrecer a los padres herramientas útiles para criar positivamente. Dichos escritos estarán divididos en lo que considero los cuatro pilares de la crianza positiva, a saber.

  1. El manejo emocional de los padres
  2. Establecer límites firmes y consistentes
  3. La comunicación asertiva
  4. El abordaje de las conductas difíciles

Los invito entonces a estar atentos a las próximas publicaciones y en general a leer el contenido de este blog, el cual está orientado a la promoción de la crianza positiva.

¿Tienes alguna duda u objeción sobre la crianza positiva? No dejes de compartirla en los comentarios.


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Lo que aprenden los niños del castigo físico


 

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Untitled by Colby Stopa

“Te pego para que aprendas”.

“A ese niño le falta un buen correazo para que sepa respetar”.

“Si mi hijo me habla así, ten por seguro que se gana unas cachetadas”.

“Un correazo a tiempo no le hace mal a nadie”.

“Si no te pego, no aprendes”.

“Te pego porque soy tu mamá y tienes que aprender a hacer caso”.

“Tendrás que aprender a los golpes”.

¿Les resultan familiares estás frases? Es posible que muchos de nosotros hayamos escuchado que el castigo físico es necesario para educar a los hijos. Los menos ortodoxos creen que el castigo físico es necesario sólo en algunos momentos, pero no siempre, o que está bien pegar pero sin dejar marcas físicas en los niños. Lo cierto es que, aunque cada vez hay más padres que han optado por ofrecer a sus hijos una crianza basada en el buen trato, todavía existe una gran mayoría de personas que tienen una fe irracional, elogian y reconocen al castigo físico como método de crianza. En especial, parece que muchos concuerdan que este método es necesario cuando la conducta del niño o adolescente se ha vuelto realmente problemática y el único método “efectivo” de detenerla es pegarles.

Sé por experiencia que la mayoría de los padres o cuidadores que usan el castigo físico tienen el objetivo de enseñarles algo a sus hijos, pero ¿qué es eso que están enseñando? Es claro que de las acciones de los padres los niños aprenden, pero ¿qué aprenden del castigo físico? Hoy les voy contar lo que he podido observar en la consulta sobre lo que los niños aprenden de la correa, la cachetada, el chancletazo, el jalón de oreja, el pellizco, el puñetazo, la nalgada, el empujón, el zarandeo, el apretón…

Aprenden a obedecer por temor

El castigo físico no sólo genera dolor físico sino también dolor emocional, así como siembra el temor de los hijos a la disciplina del padre. Es así como los niños aprenden a obedecer por temor y no por respeto, por temor y no por sentido de responsabilidad, por temor y no por razón. Algunos padres se inflan de orgullo diciendo que sus hijos son obedientes porque les tienen miedo. Cuando uno de los pilares de la crianza es que el niño sienta miedo del padre, se está reduciendo significativamente la relación padre-hijo al construir un vínculo falto de confianza, respeto, afecto, comunicación y consideración. Creo que es más bonito que los hijos nos obedezcan porque nos admiran y respetan y no porque nos temen. Si preferimos que la relación con nuestros hijos esté basada en el temor, eso quiere decir que estamos muy carentes de habilidades para establecer relaciones sanas. 

Aprenden a sentirse culpables

Cuando un padre pega a su hijo suele justificar su acción haciendo ver que fue culpa del niño. Pocas veces se detiene a pensar qué ha hecho como padre o qué condiciones ha favorecido para que el niño se comporte de forma negativa, puesto que es más cómodo culpar al niño que hacer una revisión de los métodos de crianza y las conductas propias. En este contexto, el niño aprende a sentirse responsable de los problemas que ocurren en la relación con sus padres y aprende a culpabilizarse por su conducta. Una cosa es enseñar a los niños a ser responsables y conscientes de sus conductas y otra es que aprendan a sentirse culpables por las decisiones, reacciones y sentimientos que como padres asumimos ante las situaciones de crianza. Esto pudieran extrapolarlo en el futuro en sus otras relaciones.

Aprenden a creer que son malos

Al hacerles sentir culpables y merecedores de castigo físico también les enseñamos a creer que son niños malos. ¿Cómo enseñamos esto? Cuando le decimos que se portan mal, que son insoportables, que nadie los puede controlar, que se ganan que les peguen, que son un problema, que hacen que los demás pierdan la paciencia… Es decir cuando les ayudamos a construir un autoconcepto negativo de sí mismos, no les damos oportunidad para equivocarse y no les entrenamos para que aprendan a enmendar y mejorar sus conducta.

Aprenden que los golpes son una forma de resolver problemas 

Cuando nos valemos del castigo físico les estamos enseñando que la agresión es una forma de resolver problemas y que la impulsividad no merece ser educada. En este sentido, el niño aprende que cuando se encuentra ante una situación de desventaja, ante un malentendido, desacuerdo o cuando algo va en contra de sus deseos la opción más fácil es recurrir a la violencia. Después, nos ganamos la medalla de la incongruencia, cuando les castigamos por golpear a sus hermanos, amigos o compañeros de clase en los momentos que han tenido problemas con ellos. Hacemos niños emocionalmente más inteligentes cuando les enseñamos a resolver problemas sin pegar, pellizcar, morder, patear, gritar, amenazar, chantajear o manipular. Un reto que pocos queremos asumir porque tendríamos que aprender primero a dejar de emplear esas conductas.

Aprenden que el maltrato es normal e incluso válido

A pesar de que los niños sufren cuando reciben castigo físico, he podido escucharles decir que se lo merecían, que es normal que los padres peguen y que está bien que les peguen. Es decir, reproducen las justificaciones de los padres. Para aquellos que reciben castigo físico de forma intensa, su mayor deseo no es que les dejen de pegar sino que por lo menos no les peguen en la calle o delante de los demás. Esto es realmente deprimente e injusto. Nadie debería crecer con la creencia de que merece ser golpeado por la persona que lo educa o lo ama. Ningún tipo de agresión tiene justificación, en especial cuando agredir se ha tipificado como una transgresión a los derechos personales. Bajo estas condiciones se favorece que en el futuro los niños se conviertan en víctimas de maltrato o en victimarios.

Aprenden que basta tener un rol de poder para agredir

Cuando el padre se vale de su rol para usar el castigo físico, le enseña al niño que el poder da concesiones para agredir a los demás. Sólo basta tener un rol de poder para tener ventaja sobre los otros. Con ello, se enseña que los roles y el poder que éstos nos ofrecen pueden fácilmente ser corruptibles, si así nosotros los deseamos. Esta es un arma de doble filo, pues los padres no tienen para siempre el poder; los hijos crecen y a veces deben encargarse de sus padres. En este intercambio de roles, ¿cómo usarán los hijos su poder?

Aprenden a descargar sus frustraciones con los demás

He podido notar que cuando los padres recurren al castigo físico la emoción que reina es la frustración. Deciden reprender físicamente a sus hijos cuando sienten frustración por no obtener de ellos obediencia, colaboración o consideración. Entonces, el castigo físico se vuelve una técnica de descarga emocional más que de crianza. También pasa muy frecuentemente que a la frustración con el hijo se le unen otras frustraciones personales y el niño termina recibiendo una descarga de golpes y humillaciones que no necesariamente tienen que ver con su conducta. De esta forma, el niño aprende a patear a su perro, lanzar los objetos, golpear o gritar a los demás cuando se encuentra frustrado.

Aprenden a mentir

Muchos niños mienten para evitar las represalias de sus padres, volviéndose unos expertos en ocultar o distorsionar sus acciones. Aquí volvemos al primer punto, donde el castigo físico genera más temor que respeto. Pero no sólo mienten para evitar ser castigados, sino que también mienten para que el castigo sea corto y menos doloroso. Recuerdo cuando un niño me dijo que solía gritar y llorar más de la cuenta cuando su madre le pegaba para que ésta dejara de hacerlo. En este caso, la mentira se volvió en un recurso de supervivencia. Ojalá los niños no tuvieran necesidad de mentir y pudieran asumir con sinceridad y responsabilidad sus conductas, pues en vez de recibir reprimendas físicas reciben comprensión y pautas para mejorar su conducta.

Aprenden a guardar rencor y buscar vengarse

No todos los niños son iguales y asumirán con sumisión la conducta represiva de sus padres. Algunos asumen el castigo físico como una lucha de poder, lo cual los impulsa a buscar formas de venganza o de sacar de las casillas a sus castigadores. Todo esto se vuelve en una fuente de rencor y rivalidad para el niño, sentimientos contrapuestos a una verdadera relación padre-hijo.

Estos son algunos de los aprendizajes que pueden obtener los niños del castigo físico. Yo tengo mi opinión sobre el castigo físico, pero dejaré que ustedes saquen sus propias conclusiones sobre la efectividad educativa de este método de disciplina y crianza.

Comparte tu opinión en los comentarios.