Psic. Anaís Barrios


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La experiencia del miedo a través del juego


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El miedo es una de esas emociones que solemos asociar con eventos desagradables y a la que rechazamos sólo con imaginarla. Sin embargo, como todas las emociones, el miedo tiene una función específica que es la protección. Si no somos capaces de sentir miedo nos exponemos a múltiples peligros, llegando a ser en exceso temerarios. Pero si no nos atrevemos a enfrentarlo, entonces nos hacemos más vulnerables.

Aunque nuestro cerebro está evolutivamente preparado para responder ante el miedo, van a ser nuestras propias experiencias y habilidades las que nos permitan tener mayor o menor éxito al momento de afrontar situaciones amenazantes. El poder exponernos a ciertas situaciones que nos generen miedo y poder poner en marcha nuestros mecanismos biológicos y psicológicos de afrontamiento nos puede hacer más capaces.

Es por ello que quiero hablarles de lo agradable y sano que puede ser para los niños la experiencia del miedo a través del juego. Dentro de ciertos límites, diferentes juegos son oportunidades que tienen los niños para experimentar escalofrío y suspenso, así como excitación e incertidumbre ante lo que pueda pasar. El miedo que se puede sentir a través del juego es un miedo agradable; no es terrorífico o paralizante. Esto se da, especialmente, cuando ocurre dentro de contextos tranquilizadores, bajo la compañía de padres o familiares. Estas experiencias “temerosas” son altamente buscadas por los niños, no sólo por lo estimulantes que pueden resultar, sino porque también les permiten experimentar sus propios recursos para salir ilesos de la situación. Esto puede aumentar el sentido de confianza y seguridad que el niño desarrolla sobre sí mismo y los otros.

El jugar al escondite o a sumergirse en el agua, especialmente en niños pequeños, es una oportunidad para afrontar el sentimiento de separación y el temor a estar solos. El jugar a perseguirse suele ser un juego muy divertido para los niños que les invita a desplegar todas sus habilidades motoras para vencer obstáculos y evitar ser atrapados. También están esos juegos donde el adulto mece, alza o recibe al niño y éste debe confiar en que será bien sujetado o atajado. Nada como obtener la victoria ante juegos estresantes y tensos como el Jenga, que demanda pensamiento estratégico, atención y movimientos precisos. Lo mismo pasa con aprender a manejar bicicleta, mecerse animosamente en un columpio, lanzarse por un largo tobogán, jugar a vencer a los monstruos. Por otra parte, muchos cuentos representan temores inconscientes y conscientes de los niños. El poder verse reflejados en los personajes de las historias y aprender de sus experiencias es otra forma agradable de sentir miedo y aprender a superarlo.

En algunas ocasiones los padres sienten miedo hacia este tipo de juegos, tendiendo a sobreproteger a sus hijos mediante la prohibición o evitación de estas actividades lúdicas. Así tenemos que un miedo paralizante supera al miedo agradable, lo que priva al niño de experimentar los atributos y beneficios de jugar.

Estas experiencias de juego y miedo así como son gratificantes, son útiles puesto que activan los mecanismos de defensa indispensables para la autoconservación y el cuidado. En definitiva, se puede decir que el juego es un medio para el aprendizaje y fortalecimiento emocional de los niños. Entonces, invitemos a los niños a jugar y a experimentar sanamente el miedo.

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¿Recuerdas algún juego de tu infancia que te hacia sentir miedo y aun así no dejabas de jugarlo?

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