Psic. Anaís Barrios


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Lo que aprendo de los niños


5. Tome Reader

Desde que inicié mi ejercicio profesional me interesé principalmente por la atención psicológica a niños y niñas. Algunos creen que trabajar con niños es fácil, pan comido, como dicen por ahí, pero para mí es un trabajo fascinantemente complejo. Los niños pueden ser muy ruidosos o perturbantes con sus conductas; no obstante, en ellas hay mensajes ocultos, sutiles señales de malestares, necesidades, deseos o carencias. Hay reclamos y reivindicaciones. Sus conductas son metáforas, pues los niños son poéticos al momento de expresar lo que sienten y piensan.

Lo que me fascina de los niños es que detrás de lo que hacen está presente una genuina y recia pulsión de vida, la cual traduzco como una fuerte resistencia. El niño resiste para que se le permita y se le respete ser niño.

Al percibir las conductas de los niños como metáforas, en la consulta psicológica, me toca descifrar un ramaje de significantes y significados que los niños, de forma muy audaz, condensan en un gesto, una frase, un dibujo o un juego. Cuando me permiten descifrar sus acertijos, cuando abren una ventana hacia su Yo, es inevitable no conmoverme, no tiritar, no maravillarme, no reír, no asustarme, no reprocharme, no aprender. A través de los niños no sólo comprendo el universo único de la infancia, sino que tengo acceso a comprender la humanidad.

El pedagogo Gianni Rodari dijo: “Un niño, todo niño, haría falta aceptarlo como un hecho nuevo, con el que el mundo recomienza cada vez de cero”. Muchas veces me ha tocado recomenzar desde cero, muchas veces me ha tocado revaluar la manera en que los adultos concebimos la infancia e interactuamos con ella.

Por todo esto, la primera publicación de este año la dedicaré a presentarles un nuevo espacio en este blog. Lleva como título Lo que aprendo de los niños. Este espacio formará parte de la sección Otros y en él compartiré aprendizajes, pensamientos, reflexiones, anécdotas y curiosidades que adquiero a través de la interacción constante con niños y niñas. Esta será una forma de homenajear a la infancia, de hacer escuchar las voces de los niños con los que contacto (resguardando sus identidades) y sobretodo de no olvidar lo que me enseñan.

Sin más que agregar, comparto esta experiencia:

A mediados de diciembre del 2014 tuve la última sesión del año con una niña de 8 años, quien fue traída por su madre en octubre de ese mismo año, porque presentaba dificultades de atención en la escuela y rechazo a culminar tareas. Cuando comencé a relacionarme con Ana (nombre improvisado), noté que lo que más le afectaba no era su situación en la escuela sino la relación con su mamá. Así descubrimos que ella no tenía problemas de aprendizajes sino un vínculo madre-hija roto y hostil. Comenzamos a jugar y a conocernos, creamos un espacio para hablar sobre sus emociones y derechos, mientras paralelamente contamos con la fortuna de que su madre aceptó generar cambios en la crianza, la comunicación y el manejo emocional. En esa última sesión del año, le propuse a Ana hacer un dibujo donde expresara el antes y el después de acudir a la consulta, donde pudiera reconocer sus cambios y los de su madre. Ella dibujó en la primera mitad de la hoja, que representaba el antes, una mano que lanzaba una puerta y dijo “esta es mi mamá brava. ¿No le vas a mostrar este dibujo, verdad?”. En la otra mitad de la hoja, que representaba el después, dibujó una casa, a su mamá y a ella juntas con corazones alrededor.

Lo que más me impactó de este dibujo fue la mano y la puerta dibujadas, con intención de mostrar ruido y movimiento brusco. Me impactó lo que significaba para Ana esa mano lanzando la puerta. En ese dibujo Ana condensó la separación que sentía de su madre, la soledad, tristeza, hostilidad, incomprensión y el miedo que reinaba en la relación entre ambas. Entonces pensé, una vez más, en las diferentes maneras en que los adultos podemos lastimar a los niños. En cómo acciones que para nosotros pueden ser poca cosa para los niños representan rechazo, alejamiento, culpa, soledad.

Ese día no le mostré el dibujo de Ana a su madre como ella me lo pidió, pero sí felicité a su madre por el compromiso que había mostrado con la terapia, por sus cambios y por haberse atrevido a restablecer el vínculo afectivo con su hija. En ese momento la mamá de Ana lloró y en su llanto vi culpa mezclada con sentimiento de logro y alegría. Entonces me di cuenta que ella también estaba sufriendo por sus acciones y por la relación que tenía con Ana. Al final, la mamá de Ana me dijo: “a ella le encanta venir, siempre me pregunta que cuándo le toca ir con la chica de las emociones”. Me encantó saber que para Ana soy la chica de las emociones.