Psic. Anaís Barrios


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Lo que aprenden los niños del castigo físico


 

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Untitled by Colby Stopa

“Te pego para que aprendas”.

“A ese niño le falta un buen correazo para que sepa respetar”.

“Si mi hijo me habla así, ten por seguro que se gana unas cachetadas”.

“Un correazo a tiempo no le hace mal a nadie”.

“Si no te pego, no aprendes”.

“Te pego porque soy tu mamá y tienes que aprender a hacer caso”.

“Tendrás que aprender a los golpes”.

¿Les resultan familiares estás frases? Es posible que muchos de nosotros hayamos escuchado que el castigo físico es necesario para educar a los hijos. Los menos ortodoxos creen que el castigo físico es necesario sólo en algunos momentos, pero no siempre, o que está bien pegar pero sin dejar marcas físicas en los niños. Lo cierto es que, aunque cada vez hay más padres que han optado por ofrecer a sus hijos una crianza basada en el buen trato, todavía existe una gran mayoría de personas que tienen una fe irracional, elogian y reconocen al castigo físico como método de crianza. En especial, parece que muchos concuerdan que este método es necesario cuando la conducta del niño o adolescente se ha vuelto realmente problemática y el único método “efectivo” de detenerla es pegarles.

Sé por experiencia que la mayoría de los padres o cuidadores que usan el castigo físico tienen el objetivo de enseñarles algo a sus hijos, pero ¿qué es eso que están enseñando? Es claro que de las acciones de los padres los niños aprenden, pero ¿qué aprenden del castigo físico? Hoy les voy contar lo que he podido observar en la consulta sobre lo que los niños aprenden de la correa, la cachetada, el chancletazo, el jalón de oreja, el pellizco, el puñetazo, la nalgada, el empujón, el zarandeo, el apretón…

Aprenden a obedecer por temor

El castigo físico no sólo genera dolor físico sino también dolor emocional, así como siembra el temor de los hijos a la disciplina del padre. Es así como los niños aprenden a obedecer por temor y no por respeto, por temor y no por sentido de responsabilidad, por temor y no por razón. Algunos padres se inflan de orgullo diciendo que sus hijos son obedientes porque les tienen miedo. Cuando uno de los pilares de la crianza es que el niño sienta miedo del padre, se está reduciendo significativamente la relación padre-hijo al construir un vínculo falto de confianza, respeto, afecto, comunicación y consideración. Creo que es más bonito que los hijos nos obedezcan porque nos admiran y respetan y no porque nos temen. Si preferimos que la relación con nuestros hijos esté basada en el temor, eso quiere decir que estamos muy carentes de habilidades para establecer relaciones sanas. 

Aprenden a sentirse culpables

Cuando un padre pega a su hijo suele justificar su acción haciendo ver que fue culpa del niño. Pocas veces se detiene a pensar qué ha hecho como padre o qué condiciones ha favorecido para que el niño se comporte de forma negativa, puesto que es más cómodo culpar al niño que hacer una revisión de los métodos de crianza y las conductas propias. En este contexto, el niño aprende a sentirse responsable de los problemas que ocurren en la relación con sus padres y aprende a culpabilizarse por su conducta. Una cosa es enseñar a los niños a ser responsables y conscientes de sus conductas y otra es que aprendan a sentirse culpables por las decisiones, reacciones y sentimientos que como padres asumimos ante las situaciones de crianza. Esto pudieran extrapolarlo en el futuro en sus otras relaciones.

Aprenden a creer que son malos

Al hacerles sentir culpables y merecedores de castigo físico también les enseñamos a creer que son niños malos. ¿Cómo enseñamos esto? Cuando le decimos que se portan mal, que son insoportables, que nadie los puede controlar, que se ganan que les peguen, que son un problema, que hacen que los demás pierdan la paciencia… Es decir cuando les ayudamos a construir un autoconcepto negativo de sí mismos, no les damos oportunidad para equivocarse y no les entrenamos para que aprendan a enmendar y mejorar sus conducta.

Aprenden que los golpes son una forma de resolver problemas 

Cuando nos valemos del castigo físico les estamos enseñando que la agresión es una forma de resolver problemas y que la impulsividad no merece ser educada. En este sentido, el niño aprende que cuando se encuentra ante una situación de desventaja, ante un malentendido, desacuerdo o cuando algo va en contra de sus deseos la opción más fácil es recurrir a la violencia. Después, nos ganamos la medalla de la incongruencia, cuando les castigamos por golpear a sus hermanos, amigos o compañeros de clase en los momentos que han tenido problemas con ellos. Hacemos niños emocionalmente más inteligentes cuando les enseñamos a resolver problemas sin pegar, pellizcar, morder, patear, gritar, amenazar, chantajear o manipular. Un reto que pocos queremos asumir porque tendríamos que aprender primero a dejar de emplear esas conductas.

Aprenden que el maltrato es normal e incluso válido

A pesar de que los niños sufren cuando reciben castigo físico, he podido escucharles decir que se lo merecían, que es normal que los padres peguen y que está bien que les peguen. Es decir, reproducen las justificaciones de los padres. Para aquellos que reciben castigo físico de forma intensa, su mayor deseo no es que les dejen de pegar sino que por lo menos no les peguen en la calle o delante de los demás. Esto es realmente deprimente e injusto. Nadie debería crecer con la creencia de que merece ser golpeado por la persona que lo educa o lo ama. Ningún tipo de agresión tiene justificación, en especial cuando agredir se ha tipificado como una transgresión a los derechos personales. Bajo estas condiciones se favorece que en el futuro los niños se conviertan en víctimas de maltrato o en victimarios.

Aprenden que basta tener un rol de poder para agredir

Cuando el padre se vale de su rol para usar el castigo físico, le enseña al niño que el poder da concesiones para agredir a los demás. Sólo basta tener un rol de poder para tener ventaja sobre los otros. Con ello, se enseña que los roles y el poder que éstos nos ofrecen pueden fácilmente ser corruptibles, si así nosotros los deseamos. Esta es un arma de doble filo, pues los padres no tienen para siempre el poder; los hijos crecen y a veces deben encargarse de sus padres. En este intercambio de roles, ¿cómo usarán los hijos su poder?

Aprenden a descargar sus frustraciones con los demás

He podido notar que cuando los padres recurren al castigo físico la emoción que reina es la frustración. Deciden reprender físicamente a sus hijos cuando sienten frustración por no obtener de ellos obediencia, colaboración o consideración. Entonces, el castigo físico se vuelve una técnica de descarga emocional más que de crianza. También pasa muy frecuentemente que a la frustración con el hijo se le unen otras frustraciones personales y el niño termina recibiendo una descarga de golpes y humillaciones que no necesariamente tienen que ver con su conducta. De esta forma, el niño aprende a patear a su perro, lanzar los objetos, golpear o gritar a los demás cuando se encuentra frustrado.

Aprenden a mentir

Muchos niños mienten para evitar las represalias de sus padres, volviéndose unos expertos en ocultar o distorsionar sus acciones. Aquí volvemos al primer punto, donde el castigo físico genera más temor que respeto. Pero no sólo mienten para evitar ser castigados, sino que también mienten para que el castigo sea corto y menos doloroso. Recuerdo cuando un niño me dijo que solía gritar y llorar más de la cuenta cuando su madre le pegaba para que ésta dejara de hacerlo. En este caso, la mentira se volvió en un recurso de supervivencia. Ojalá los niños no tuvieran necesidad de mentir y pudieran asumir con sinceridad y responsabilidad sus conductas, pues en vez de recibir reprimendas físicas reciben comprensión y pautas para mejorar su conducta.

Aprenden a guardar rencor y buscar vengarse

No todos los niños son iguales y asumirán con sumisión la conducta represiva de sus padres. Algunos asumen el castigo físico como una lucha de poder, lo cual los impulsa a buscar formas de venganza o de sacar de las casillas a sus castigadores. Todo esto se vuelve en una fuente de rencor y rivalidad para el niño, sentimientos contrapuestos a una verdadera relación padre-hijo.

Estos son algunos de los aprendizajes que pueden obtener los niños del castigo físico. Yo tengo mi opinión sobre el castigo físico, pero dejaré que ustedes saquen sus propias conclusiones sobre la efectividad educativa de este método de disciplina y crianza.

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Reto del año: escuchar más a los niños


Family-communication.

¿Por qué no iniciar el año con un reto? Antes les cuento dos anécdotas.

La primera tiene que ver con una conversación que tuve con mi sobrino de 10 años. Una tarde se acerca y me pregunta dónde están las glándulas salivales. Traté de responderle lo mejor posible, pero la respuesta fue un poco precaria, gracias a mis escasos conocimientos de anatomía. Para compensar la cosa, y aprovechando que estaba hablando de la salivación, le conté sobre el experimento de Pavlov con los perros. Al verlo interesado por el tema, fui más allá y le hablé sobre cómo ese experimento sirvió de base para crear la teoría del aprendizaje por condicionamiento y para ser más ilustrativa le expliqué una técnica sencilla de condicionamiento para ayudar a los niños a concentrarse, en este punto me interrumpe y me dice que esa técnica le puede servir a su maestra para ayudar a un compañero que se distrae mucho en la escuela. Entonces yo le sugiero que hable con la maestra y le cuente sobre lo que hemos hablado. Las respuestas que dio mi sobrino a continuación fueron las que motivaron este artículo. Me dijo, en tono resignado y desesperanzado: “tía, ella no me va a creer”. Cuando le pregunto por qué dice eso, me dice: “no creo que me escuche y si le cuento de la técnica, no me va a creer. Es mejor que se lo digas tú”, dándome a entender que este tipo de información es más creíble que la dé un adulto que un niño.

Esto me hizo pensar en los diferentes momentos en que los niños desean expresar una idea, un sentimiento, una creencia, un conocimiento, su versión de una situación y nosotros los adultos subestimamos, desvalorizamos, ignoramos o desechamos estas expresiones al llegar a creer que los niños suelen ser fantasiosos, inventadores, no tan inteligentes e incluso mentirosos. Así fue como recordé a Luisa (nombre ficticio), la niña que forma parte de la segunda anécdota que les quiero contar.

Luisa es una niña que estaba asistiendo a mi consulta junto a su madre. Un día la madre llega muy molesta a la consulta mostrándome una nota que la maestra había dejado en el cuaderno de Luisa donde relata un incidente ocurrido en la escuela. Al leer la nota me pareció un poco exagerado el tono de alarma y acusación hacia la conducta de Luisa, sin mostrar matices y explicaciones de cómo sucedió todo lo narrado. Trato de calmar a la madre y le pido que me permita hablar con Luisa. Cuando le pido a Luisa entrar al consultorio, la noto avergonzada y apenas cierro la puerta comienza a llorar diciéndome que su mamá la había regañado muy fuerte en el carro. La consuelo y le digo que quiero escuchar su versión de la situación. Cuando me comienza a contar puedo notar algunas cosas irregulares y comienzo a indagar más. Así me entero que la conducta de Luisa que había horrorizado ese día a las maestras, la había aprendido de ellas. Luisa había intentado abrir la puerta del patio de receso con un cuchillo de plástico porque antes había visto a sus maestras abrir dicha puerta con cuchillos u otros objetos y no con las llaves. Con esta nueva información, hablo con la madre de Luisa. Le pregunto si cuando leyó la nota le pidió a Luisa que le contara lo que había sucedido; la madre confiesa que no le preguntó nada, que en realidad se molestó mucho por la nota y enseguida regañó a la niña. Cuando le comento lo que Luisa me contó y las preguntas que le hice, la madre cambia de semblante y nota que se dejó llevar por las emociones que suscitó la nota sin antes detenerse a conversar e indagar más al respecto.

A través de la primera anécdota pude apreciar la sensación que puede tener un niño de que pocos le escuchan o pocos creen lo que dice y de la segunda anécdota rescato esa actitud que solemos adoptar los adultos de creer más en lo que dicen los demás, sin preguntar y esperar escuchar lo que el niño tiene que decir. También de la historia de Luisa resalto esa respuesta impulsiva y exagerada que podemos presentar los adultos ante algo que el niño ha hecho o dicho, diciendo y haciendo cosas sin gestionar nuestras emociones. En este contexto, donde poco nos detenemos a escuchar, creer y conversar con los niños, podemos llegar a ser capaces de reprocharles cuando en el futuro no nos cuentan sus cosas.

El reto

Ya contada ambas anécdotas es momento de hablarles sobre el reto. Les propongo que se detengan a escuchar y conversar con los niños que tienen cerca. Bien sea sus hijos, sobrinos, vecinos, alumnos, nietos, pacientes o un niño que acaban de conocer. Deténganse a escucharlos. Se sorprenderán de todo lo que tienen que decir y de lo valiosas que pueden ser sus opiniones al momento de comprender una situación, aclarar un problema, idear soluciones y establecer acuerdos. Adicionalmente, con ello enseñamos a los niños a hacer valer sus opiniones, fortalecemos su autoconfianza y estimulamos sus habilidades de comunicación y de socialización.

El reto implica preguntar más y juzgar menos, creer más y desconfiar menos, valorar más y subestimar menos, acercarse más y alejarse menos. Implica estar dispuestos a buscar soluciones ante las situaciones difíciles o los eventos cotidianos no deseados, en vez de magnificarlos o empeorarlos con incomunicación o el silenciamiento de los niños. Implica generar un espacio de escucha no sólo para hablar de los problemas sino también de las cosas buenas que suceden, de los sueños, de las metas, de los intereses, de las motivaciones, de los afectos.

Cuando nos escuchamos nos conocemos, cuando nos conocemos nos comprendemos, cuando nos comprendemos nos colaboramos. En resumen, cuando nos escuchamos aprendemos a amarnos. Si escuchan más a los niños que tienen cerca serán merecedores de su confianza y permanecerán por mucho tiempo en sus afectos. ¿Acaso no desean todo esto? ¿Están dispuestos a cumplir este reto? Ahí se los dejo.

Si mi propuesta les ha resultado atractiva, pero no saben muy bien cómo llevarla a cabo les invito a seguir leyendo los posts que estaré publicando en las próximas semanas sobre crianza positiva.

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¿Recuerdan quién les escuchó más cuando fueron niños?


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Regreso a clases: el reto de empezar en una escuela nueva


Bus escolar

Es momento de restablecer la rutina de ir a la escuela, pero en esta ocasión su hijo empezará el nuevo año escolar en otra institución. Por distintas razones, a veces los padres deben cambiar de colegio a sus hijos, lo cual es una decisión difícil que les llena de expectativas sobre cómo será la adaptación del niño al cambio.

Es natural que los cambios nos generen un poco de ansiedad y temor; sin embargo desde mi experiencia he podido notar que los chicos se adaptan mucho mejor a los cambios que los adultos, puesto que tienden a ser más optimistas, no se preocupan tanto por tener todo bajo control y se les hace más natural hacer amigos. Todo dependerá del contexto que rodee al infante, el cual debe ser de preparación, comunicación y apoyo; así como dependerá de la autoestima y las habilidades sociales que el niño posea.

Aunque son muchas las variables familiares, individuales y contextuales que deben considerarse para favorecer un cambio de colegio, aquí les quiero compartir algunas recomendaciones para que el tránsito se dé lo más favorablemente posible. No puedo garantizarles éxito en la integración de su hijo a la nueva escuela, pero sí puedo invitarlos a actuar de forma sensible y precavida. Tomen de aquí lo que les resulte apropiado.

1.- Comunique e involucre: si ha sido necesario cambiar de escuela es importante comunicarle al niño con anticipación e involucrarlo en el proceso de elección de otra escuela. Consulte con el niño qué le gustaría encontrar en el nuevo lugar y compárelo con las opciones que tienen: un salón más ventilado, una cancha deportiva más bonita, actividades extracurriculares o un mejor trato. Si es posible, y el niño lo desea, prepare una despedida en su escuela anterior, así como llévelo a conocer los espacios de la nueva escuela para que se vaya familiarizando.

2.- Valore y monitoree las emociones: durante todo el proceso es crucial crear un ambiente de diálogo para hablar sobre los sentimientos. Ante el cambio de escuela los niños pueden sentir tristeza, rabia, temor, alegría o rechazo; emociones que influirán sobre sus fantasías o expectativas frente a lo nuevo. La reacción del niño dependerá en gran parte de las experiencias que haya tenido en su escuela anterior: si éstas fueron agradables o desagradables. Haya sido de una forma o de la otra, el niño se sentirá más tranquilo y confiado si siente que puede expresar de forma abierta sus sentimientos y recibirá de nosotros escucha, comprensión y apoyo.

3.- Muestre una actitud segura y positiva: si usted se enfrenta al cambio con temor o expectativas de fracaso no trasmitirá confianza. Aunque no diga nada, los niños son muy intuitivos y, si su hijo nota su preocupación o ansiedad, él también sentirá estos sentimientos. Está bien reconocer que se tienen expectativas ante lo nuevo, pero se debe ser optimista, haciendo énfasis en lo que se gana con el cambio y no en lo que se pierde. Pero todo con equilibrio; evitemos un optimismo exagerado donde no se reconozcan los riesgos ni los temores o donde el niño se sienta presionado por creer que para sus padres es importante su éxito en la nueva escuela. 

4.- Prepare al niño para el cambio: la facilidad con la que el niño se ajuste a la nueva dinámica escolar dependerá de lo informado que esté. El niño debe saber sobre sus horarios de clase, quién lo llevará y buscará a la escuela y cómo se integrarán las prácticas extracurriculares. Así mismo, el niño debe saber quién será su docente, cómo está distribuida la escuela, cómo llegar a su salón, a quién puede pedir ayuda. A los niños les hace sentir más seguros cuando tienen claro lo que deben hacer y cómo responder antes ciertas situaciones. Podría conversar con su hijo sobre lo que para él sería lo peor o lo mejor que podría pasar en la primera semana de clases y de este modo planear formas en las que su hijo puede actuar o afrontar esas situaciones.

6.- Evite iniciar con estrés: organícense para que los primeros días de clase el niño llegue a su escuela relajado. Para ello, debemos involucrar a la familia en lo que se debe hacer antes de salir a la escuela, de manera que se distribuyan los quehaceres a fin de salir a tiempo. Es bueno tener planificado un menú del desayuno y la merienda escolar para toda la semana, así podemos tener los ingredientes a mano y quizás dejar algunas cosas preparadas la noche anterior. Igual es importante dejar arreglados los útiles escolares y el uniforme. Por otra parte, debemos garantizar que el niño descanse durante la noche para que se despierte con energía. Es posible que durante las vacaciones el horario de ir a dormir y levantarse se haya flexibilizado, entonces una semana antes de iniciar la escuela es importante regular el horario de sueño. Por último, debemos recordar que no siempre podemos anticiparnos a todo y que habrá situaciones inesperadas que no podremos controlar a plenitud; entonces es necesario tomárselo con calma y humor. Seamos fuente de entusiasmo y no de estrés, así que ejercitemos el manejo de nuestras emociones. 

7.- Observe y sea paciente: quizás durante el primer mes de escuela el niño muestre cierto recelo, desmotivación o dificultad de socialización; así como puede pasar que durante el primer trimestre el niño presente bajo rendimiento escolar. Todas estas son reacciones naturales ante la adaptación, la cual es un proceso que se va dando de forma progresiva. Por eso, debemos ser observadores de la conducta del niño y muy pacientes con su proceso adaptativo. La observación y el diálogo constante nos permitirán saber cómo el niño se siente y asume lo nuevo. Si observamos algo de lo mencionado arriba u otra conducta irregular frente a la escuela es importante buscar apoyo en los docentes o el departamento de orientación. Si aun así ha pasado el primer trimestre de clases y todavía nuestro hijo muestra dificultad de integración escolar, entonces será necesario buscar la ayuda de un psicólogo. 

8.- Actúe con prevención y no con improvisación: supongamos que en la escuela anterior el niño presentó dificultades académicas o problemas conductuales, recibió bullying, maltrato de su docente o poca estimulación pedagógica, entre otras experiencias negativas. Entonces se cree que la escuela nueva será algo como borrón y cuenta nueva. Creemos que el cambio de escuela será suficiente para subsanar lo ocurrido y no tomamos acciones preventivas. Incluso algunos padres ocultan información en la escuela nueva, por temor a que etiqueten o traten de otra forma a su hijo. Todo ello puede afectar la integración del niño al nuevo entorno. Lo mejor es buscar la orientación necesaria para garantizar que el cambio de escuela sea realmente una oportunidad de experimentar satisfacción escolar. Para ello, lo ideal es buscar ayuda especializada que les permita estimar las habilidades del niño, descartar alguna dificultad de aprendizaje o algún trastorno conductual, ofrecerle apoyo y empoderamiento para superar el maltrato recibido, propiciar la nivelación académica a través de ayuda psicopedagógica y/o recibir estrategias de afrontamiento familiar. No dejemos que se repitan las situaciones anteriores, creyendo en soluciones mágicas. Debemos abocarnos a las necesidades de nuestro hijo y atender las consecuencias de las experiencias pasadas para proteger su autoestima y garantizar su bienestar. 

9.- Involúcrese con la escuela: establecer una relación cercana con la escuela es una forma de favorecer la integración de nuestro hijo. Manténgase en comunicación constante con el docente, evitando tener roces y que el docente sienta que su trabajo está siendo vigilado o evaluado; más bien genere un clima de confianza y respeto donde el interés sea el sano desenvolvimiento del hijo en la escuela. Asista a las reuniones y los eventos escolares, así como esté informado sobre las acciones del centro o comité de padres. Asimismo, debemos conocer el reglamento escolar y los procedimientos para plantear quejas o sugerencias. Todas estas acciones nos permitirán estar informados y conocer a profundidad el funcionamiento del colegio donde estudia nuestro hijo.

Estas serían mis recomendaciones para propiciar una integración satisfactoria a la nueva escuela. Es posible que haya puntos que dejé de abordar. En ese caso, te invito a preguntar en la sección de comentarios. Si este artículo te gustó no dejes de compartirlo por tus redes sociales.


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El juego como terapia


Niña con peluche

Jugar es una de las actividades fundamentales en el desarrollo de los niños. El niño es niño porque juega. Su naturaleza lúdica es inherente a su interés por crecer y desarrollarse, y la emplea para la autoexpresión, la descarga, la exploración y el aprendizaje. 

Mediante la actividad lúdica el infante construye, destruye y reconstruye su realidad; elabora conceptos y significados; socializa, desarrolla habilidades y aprende a descubrir sus limitaciones; inventa y se ajusta a reglas. Jugando se integra a la cultura donde crece y configura su identidad y personalidad.

El juego le permite al niño elaborar lo que vive, bien sea recreando o representando situaciones placenteras o desagradables, llevando a la acción por medio de su fantasía e imaginación lo que siente, le preocupa, alegra, incomoda, perturba, anhela y necesita. Es la manera más natural y espontánea que el niño emplea para relacionarse y comunicarse; es su lenguaje más efectivo.

Un adulto puede conocer a un niño o niña si lo observa jugar, y puede acercarse y comunicarse de manera más efectiva si se involucra en sus juegos o lo invita a jugar, en vez de intentar emplear sólo conversaciones sin ninguna acción que los integre y ponga en contacto. A veces los padres creen que al niño le gusta venir a la consulta psicológica por la cantidad de juguetes que tengo en mi espacio de trabajo, pero en realidad lo fascinante para el niño es encontrarse con un adulto que se atreve a involucrarse de forma activa e imaginativa en su juego. Al niño le gusta venir a consulta por la relación de confianza y cercanía que construimos a través del juego.

Para el niño jugar es algo serio, importante. La mayoría de los adultos no entienden esto, y suelen subestimar, transgredir e irrespetar los momentos de juego del niño, bien sea porque le dicen cómo debe hacerlo, cómo debe tratar los juguetes, o porque se involucra sin su consentimiento, se burla de su fantasía o lo saca del momento de juego sin previo aviso.

Por todo lo expuesto, el juego es empleado por terapeutas como un modo de terapia, en donde se dispone un espacio para que el niño, a través de sus juegos, libere y descargue lo que le afecta, se conozca a sí mismo y aprenda a afrontar y resolver conflictos. Incluso dentro de mis recomendaciones terapéuticas sugiero a los padres que comiencen a jugar más con sus hijos, a fin de estimular los vínculos afectivos y la comunicación. Cuando esto ocurre los niños dan un giro conductual, se vuelven más colaboradores, respetuosos, afectuosos, motivados y alegres, puesto que se sienten considerados y valorados.

Jugar implica una participación activa en el mundo que facilita saborear la vida, conocerla. Cuando jugamos hacemos uso de nuestra capacidad creativa por medio de la cual experimentamos libertad y podemos transformar las reglas injustas, los convencionalismos, el dolor, el miedo y la rabia en otras posibilidades. Cuando jugamos nos reinventamos y reconciliamos con nosotros mismos. De este modo el juego representa una herramienta liberadora de autocuración y autoconocimiento.


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Zorro: la pérdida, la maldad y la amistad


By Anaís Barrios

En la elección de cuentos para los niños es frecuente ver a padres y maestros prefiriendo historias con finales felices o con contenido moralizante. Le huyen a esos libros que abordan temas tabúes o que presentan emociones humanas tan complejas como la tristeza, la envidia, la soledad, el duelo, el rencor, la traición o la desgana de vivir. Este tipo de historias suelen ser tildadas de aburridas o demasiados tristes para un infante y es así como se pierde la oportunidad de ampliar el repertorio emocional de los niños y de ampliar su visión de la vida y la humanidad. De algo de esto último trata el libro que hoy les presento.

Zorro es un cuento de la autora Margaret Wild, ilustrado por Ron Brooks y publicado por Ediciones Ekaré. En un primer contacto, el título de este libro parece simple y poco tentador, pero una vez lees la historia toma todo su peso y carga simbólica. De forma exageradamente resumida, podría decir que el cuento trata de la amistad entre una urraca y un perro, y la envidia de un zorro. Aunque para mí la protagonista es la urraca, es el zorro quién moviliza las acciones y hace que Urraca cuestione su situación. Zorro no sólo afecta a Urraca, también llega a nosotros a través de su mirada, que nos interroga y nos hace conscientes de nuestra vulnerabilidad. Esta es una historia económica en palabras, pero muy sugerente y llena de emociones profundas y complejas que, junto a las hermosas ilustraciones que la acompañan, terminan envolviéndote en una atmósfera de tristeza, ternura, tensión, miedo y lucha. Para mí es claro que lo mejor de esta historia no es el reconocimiento de la maldad del otro sino las ganas de luchar y de encontrar en la amistad una razón de vivir.

Lo que me fascina de este libro es que condensa diferentes temas para ser conversados con los niños: la pérdida de una parte de nosotros, la búsqueda de sentido, el reconocimiento del peligro, la asimilación del riesgo, el amor por el otro que también es amor por uno mismo. Me fascina la dualidad que encierra el zorro, cuyo aullido no se sabe si es de triunfo o desesperación. Expone temas intrínsecamente humanos, situaciones a las que los niños no necesariamente permanecerán ajenos siempre.

Los niños que no han experimentado experiencias como estas pueden adquirir de este cuento nuevos significados que les permitan estar alerta y afrontar en el futuro situaciones adversas. Los niños que sí han experimentado experiencias similares pueden encontrar en este libro alguna respuesta a sus preguntas o quizás un poco más de empuje para seguir viviendo a pesar de todo.

Es necesario decir que el libro no hace solo el trabajo, es el adulto que lee con el niño el que debe crear un espacio de cálida compañía para que juntos se atrevan a conocer a Zorro, un personaje que no nos dejará salir ilesos.