Psic. Anaís Barrios


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7 Razones para eliminar el castigo físico como método de crianza


 

Girl B&P

Aunque en las últimas décadas la educación y la crianza se han visto influidas por los avances en materia de derechos y protección a niños, niñas y adolescentes todavía es común escuchar a adultos que consideran el castigo físico como un método infalible y necesario para criar y lograr obediencia en los niños. En nuestra cultura sobrevive una apología al castigo físico sustentada en un conjunto de ideas y creencias bastante débiles y rebatibles, las cuales parece fueron aprendidas como verdades absolutas. Hagamos una revisión de algunas de estas creencias y veamos si realmente el castigo físico es útil a la sociedad.

1.”Tengo derecho a pegarle a mi hijo”

Eso no está registrado ni estipulado en ninguna ley, mientras que sí está establecido legalmente que los niños y adolescentes tienen derecho al buen trato y a una crianza libre de violencia. De modo que los padres, representantes, cuidadores y docentes tienen la obligación de aplicar métodos de disciplina y crianza no humillantes, ni coercitivos o violentos. Una cosa es el derecho a ejercer el rol de padres y otra es usar ese rol como medio para violentar. Los niños tienen derechos y esos derechos son irrenunciables e indivisibles.

2.“Yo no voy dejar que mi hijo haga lo que le dé la gana”

Según esta idea los niños no pueden hacer lo que les dé la gana pero los adultos sí pueden hacerlo. ¿No se puede permitir a un niño que incumpla las reglas pero un adulto sí puede incumplirlas? Cuando un adulto usa el castigo físico está incumpliendo reglas, leyes. El castigo físico es violencia y la violencia es un delito, puesto que vulnera la integridad física y emocional de la persona. Una nalgada, un empujón, un jalón de oreja o cabello, un zarandeo o la amenaza de propinarlos comprenden formas de violencia. Ante todo debemos ser cuidadores congruentes y modelos a seguir. Por ello, existen múltiples y efectivos métodos para hacer de nuestros hijos niños respetuosos, disciplinados  e integrados socialmente. Estos métodos no son un delito, son estrategias educativas que sólo requieren que estemos dispuestos a aprenderlas y aplicarlas.

3.“Gracias a que mis padres me pegaron soy una persona de bien”

La mayoría de los que dicen esto creen que son “personas de bien” porque les pegan a sus hijos. El punto anterior derrumba esto. Por otra parte, estadísticamente no existe correlación entre castigo físico y habilidades para la vida. Es decir, no se ha demostrado que pegarle a un niño garantice que cuando se vuelva adulto sea una buena persona, disciplinada y respetuosa. Por el contrario, sí existen registros de personas que recibieron castigo físico severo durante su infancia y desarrollaron rasgos sociopáticos o psicopáticos. Sea leve, moderado o severo el castigo físico no es garantía de que el niño desarrolle habilidades que le permitan una vida satisfactoria en su adultez, así como tampoco la ausencia del mismo. Todo esto va a depender del entorno donde el niño crezca y del sistema de límites, normas, valores y habilidades emocionales que los padres y familiares le proporcionen. Somos reduccionistas al creer que nos volvimos personas de bien porque nos pegaron durante la infancia. Seguro que eso no fue lo único que recibimos y seguro que muchas decisiones propias de nuestra individualidad han hecho de nosotros mejores personas. Seguro en su momento deseamos con mucha fuerza que nuestros padres no nos pegaran y quizás nos prometimos no hacer eso con nuestros hijos.

4.“Le pego a mi hijo para que aprenda”

 El castigo físico es un recurso contra educativo, pues enseña a los niños que la violencia es una forma de resolver problemas y que ante una situación de desventaja es la vía para conseguir lo que queremos. El castigo físico enseña que el poder, ése que otorgan los roles, es un instrumento para transgredir y pasar por encima de los otros. Es aprender a exigir respeto irrespetando, es aprender a pedir consideración siendo desconsiderado, es aprender a exigir obediencia siendo desobediente con la ley, es aprender que la fuerza sirve para controlar y humillar. Aunque al final nuestros hijos pueden elegir qué conservan de lo que aprendieron de nosotros, creo que lo mejor es esforzarnos para que aprendan formas más sanas y efectivas de resolver y afrontar problemas, así como a practicar el ejercicio adecuado de los roles y no el uso arbitrario de los mismos.

5.“Le pego para que sepa que yo tengo el control”

En realidad la violencia es el indicador más alto de pérdida de control. Cuando comenzamos a gritar, amenazar y pegar estamos demostrando que perdimos el control, que estamos perdiendo los argumentos y que somos incapaces de afrontar la situación. Al optar por el castigo físico nos estamos yendo por la vía fácil, por unos resultados efímeros que poco aportan a nuestro crecimiento personal y al desarrollo de nuestros hijos. De esta manera, perdemos la oportunidad de desarrollar nuestra inteligencia al dejar de activar o estimular recursos cognitivos y emocionales que nos permitan resolver y afrontar problemas adecuadamente. Aunque parezca difícil y tedioso emprender un proceso para aprender nuevas habilidades de comunicación, manejo emocional, colocación de límites y resolución de problemas, les aseguro que termina siendo una experiencia enriquecedora y gratificante capaz de fortalecer los vínculos relacionales.

6.“Lo dices porque no es tu hijo, si conocieras al mío sabrías por qué le pego”

Esto lo dicen aquellos que necesitan justificar sus acciones. Es como si tratasen de decir “no soy yo es él”. Esta creencia responsabiliza al niño sobre las acciones de sus padres, lo hace el culpable. Es colocar sobre el niño toda la carga sobre las fallas que seguramente hay dentro del sistema de crianza. Un niño que constantemente actúa erráticamente, cuyo comportamiento es problemático, es un niño sin contención familiar, sin unos padres que le guíen. Un niño puede hacer cosas que nos molesten y frustren, pero somos nosotros los que decidimos qué hacemos con esas emociones, somos nosotros quienes elegimos si las convertimos en violencia.  La violencia no tiene justificación, sea cual sea el carácter o el comportamiento del niño, éste no merece ser tratado con violencia y así lo dictaminan sus derechos.

7.“Unos buenos correazos de vez en cuando no le hacen daño a nadie”

Si con lo dicho arriba aún no te convences sobre lo dañino que es el castigo físico vamos a replantearlo. Desde mi experiencia personal y profesional sé que los niños sufren mucho cuando sus padres les pegan, la mayoría de las veces es más fuerte el dolor emocional que el físico. Los ojos llenos de ira y desaprobación es algo que los niños no olvidan sobre el trato que le dieron sus padres. Las palabras y las acciones violentas quedan en su memoria como señales de que han sido incomprendidos, juzgados, rechazados y no aceptados. Pero no sólo el niño sufre, realmente los padres no disfrutan cuando le pegan a sus hijos. He visto a muchos padres confesar y recordar con dolor, culpa y remordimiento las veces que le han pegado a sus hijos, muchos refieren no sentirse a gusto con sus acciones. A veces los padres ocultan estas emociones y acto seguido van a curar las heridas, rasguños y moretones que han propinado a sus hijos. ¿Realmente es necesario pasar por todo esto? Me parece muy doloroso e insano. ¿Consideran que es un mal necesario? El castigo físico es un mal evitable y prevenible, puesto que puede ser sustituido por formas sanas y nutritivas de crianza. Por otro lado, si alguien disfruta pegarle a su hijo, si eso le genera placer y satisfacción es recomendable que asista a un especialista.

Estas son algunas de las creencias bajo las que se escudan muchos adultos que usan el castigo físico. Existen muchas más creencias y justificaciones a favor del mismo, pero son más los argumentos que las rebaten que aquellos que las refuerzan. Como pudimos ver en esta primera de muchas revisiones que haré del tema, el castigo físico es un método dañino e inefectivo. Entonces, atrevámonos a prescindir de él y permitamos que los niños crezcan sin miedo y con la confianza de que existen variadas y saludables formas para relacionarse y colaborarse los unos a los otros.

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¿Estás de acuerdo o en desacuerdo con estás razones? ¿Conoces otras creencias que apoyan el castigo físico? Comparte tus comentarios.


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Los niños tienen sus propios problemas


Autor: Emilio Orantes

A veces podemos creer que la infancia es un periodo idílico de la vida donde no existen problemas “reales”. Una etapa llena de juegos y fantasías capaces de abstraer al niño de los problemas del mundo adulto. En realidad, lo que he aprendido en mis años de atención psicológica infantojuvenil es que ser niño no es fácil.

Un ejemplo de ello podría ser un comentario que me hizo una niña de 6 años durante la consulta. Apenas entrar al consultorio me dijo que había tenido un mal día en la escuela, que un niño no paró de burlarse de ella todo el día y que cuando llegó a casa sus padres estaban peleando y tuvo que pedirles que dejaran de hacerlo. Al final de su desahogo, como para que no me quedaran dudas de lo que para ella significaba todo esto, me dijo: “Yo también tengo mis problemas”.

Realmente es así. Los niños también tienen sus problemas. Ellos deben enfrentarse constantemente a un cúmulo de demandas que apenas tienen posibilidades de atender y satisfacer, dadas sus condiciones de madurez emocional y cognitiva. Diariamente están expuestos a presiones familiares, escolares y sociales. Con frecuencia, los niños deben enfrentarse a entornos mucho más hostiles que los nuestros, puesto que ellos deben movilizarse en un mundo donde las amistades y las alianzas se alternan, donde se privilegia la competitividad y el éxito, donde se le exige tener una identidad y una forma de ser propia, donde se le amenaza, rechaza o excluye y donde la aceptación y la aprobación de los otros es muy importante. Si a todo esto le agregamos las demandas académicas y los conflictos familiares estaríamos hablando de una carga muy pesada para un cuerpo y una mente que aún no se han desarrollado por completo.

Cuando les decimos a los niños que sus problemas son tonterías los estamos subestimando. Cuando les decimos que ignoren lo que pasa porque seguro pronto todo será mejor les estamos dando un falso apoyo. Cuando le decimos que aprenda a defenderse y no se deje humillar los estamos invitando a la violencia. La mayoría de las veces les decimos qué hacer pero no cómo hacerlo y esto les llena de más angustia e impotencia. En el peor de los casos, a veces ni siquiera nos detenemos a escucharles y preguntarles cómo estuvo su día de escuela, su práctica de fútbol o la pijamada.

En la medida que no le permitamos a los niños comunicar lo que sienten y les preocupa, estarán más propensos a expresar su malestar por medio de su conducta. Entonces los veremos más rebeldes o irritables, descuidados con sus hábitos y responsabilidades, dependientes y llorosos, inquietos y distraídos, o apáticos y aislados. En este punto la conducta del niño pasa a ser un problema para los adultos y allí si nos preocupamos. Estas conductas son posibles evitarlas si brindamos un espacio empático de comunicación y acompañamiento, y en las situaciones más difíciles si buscamos la asesoría o la ayuda de otros.

Aunque nos parezcan fútiles los problemas cotidianos de los niños, el hecho de que esos problemas sean importantes para ellos y les generen un malestar ya debe ser significativo para nosotros como padres, familiares, docentes o psicólogos. La comprensión, el apoyo y las herramientas que les podamos ofrecer para afrontar las presiones ambientales son esenciales para favorecer la maduración de los chicos y facilitar que su tránsito hacia la adultez sea lo menos intrincado y doloroso posible.

Comparto esta frase de la escritora Elizabeth Shön que me gusta mucho y que nos invita a reflexionar sobre las condiciones que debemos brindar a los niños:

“Yo diría que los niños necesitamos, como los barcos, de un muelle muy amplio y de unas aguas muy quietas y transparentes”

No podremos evitar en todo momento que los niños enfrenten situaciones de estrés familiar, escolar o social, pero sí podemos esforzarnos para que se sientan escuchados, acompañados y con las herramientas necesarias de afrontamiento. Hagamos de la comunicación un muelle amplio y de las relaciones familiares unas aguas quietas y transparentes.

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Jugar y reírse con las palabras


Chamario

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Hoy les presento un libro hermoso que forma parte de los favoritos en mi colección de libros para niños. Llegué a este libro un día de paseo con mis sobrinos. Ese día habíamos decidido llevarlos a librería para que eligieran su regalo de navidad; buscando entre el mar de títulos, colores, hermosas ilustraciones e historias nos topamos con Chamario de Eduardo Polo (Ediciones Ekaré). Fue amor a primera vista, en cuestión de segundos ya estábamos riendo con las rimas del libro y alimentando nuestros ojos con las coloridas y sugerentes ilustraciones.

En el prefacio de Chamario nos comentan que sus rimas fueron compuestas como un juguete verbal y así mismo es. Cada poema es un juguete a través de cual puedes disfrutar del placer que produce la trasformación de las palabras cotidianas. Desde mi experiencia puedo decir que a los niños les encanta los juegos de palabras y cuando los adultos se involucran con ellos a enredar, mezclar o separarlas parecen disfrutarlo más. En los diferentes talleres de poesía o promoción de lectura que he realizado y en los juegos con mis sobrinos y pacientes he podido notar esa relación inmediata que establecen los chicos con las retahílas, los trabalenguas, las adivinanzas y las rimas. Ellos las repiten, las cantan, las murmuran y las reinventan.

Creo que una manera de cambiar la percepción de los niños y de aliviar sus experiencias negativas con los libros y la lectura es acercándolos a los juegos de palabras. No hay nada más serio para un niño como el juego y si se dan cuenta que las palabras sirven para jugar se pueden tomar un poco más en serio los libros y la lectura. Este libro es una oportunidad para tomarse en serio la vida. Pues, cuando nos reunimos alrededor de un libro para estar juntos, comunicarnos y divertirnos nos estamos tomando en serio la vida.

Aquí les dejo entonces unos textos de Chamario para que vean que no miento.

El tren

Por la puerta de mi casa
va pasando un tren-tren-tren.
Si se pasa, yo me monto
y a ti te monto también
Sus vagones son veloces,
los viajeros no se ven.
Si se pasa, yo me monto
y a ti te monto también.
Muchos dicen que no existe,
pero están en el andén.
Si se pasa, yo me monto
y a ti te monto también.
Mi abuelo cuando era niño
viajó mucho en tren-tren-tren,
después se puso viejito
contando del uno al cién.
Si se pasa, yo me monto
y a ti te monto también.

La bicicleta

La bici sigue la cleta
por una ave siempre nida
y una trom suena su peta…
¡Qué canción tan perseguida!
El ferro sigue el carril
por el alti casi plano,
como el pere sigue al jil
y el otoño a su verano.
Detrás del hori va el zonte,
detrás del ele va el fante,
corren juntos por el monte
y a veces más adelante.
Allá se va el corazón
en aero plano plano
y con él va la canción
escrita en caste muy llano.

Si desean conocer más sobre el autor e ilustrador de este libro, así como leer otros de sus textos y apreciar sus ilustraciones pueden ingresar a este enlace.

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¿Recuerdas algún juego de palabras que disfrutabas realizar en tu infancia? Compártelo con nosotros.