Psic. Anaís Barrios


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Ser padres autoreflexivos


woman thinking

Entre los roles más complejos a nivel relacional que un ser humano debe afrontar, se encuentra el rol de ser padres. Dicha complejidad viene dada en que la relación padre-hijo o madre-hijo es una relación donde existe una asimetría esencial, puesto que uno depende del otro y el otro tiene el poder y el deber de educar y cuidar. Dentro de esta relación asimétrica confluyen y se contraponen al mismo tiempo sentimientos, deseos, pensamientos y creencias. Además, hay que agregar que los miembros de esta relación forman parte de generaciones diferentes, lo cual marca tendencias y demandas educacionales distintas.

La complejidad, positiva o negativa, que desarrollemos en la relación con nuestros hijos va a depender, entre otras cosas, de nuestra capacidad de autorreflexión. Cuando hablo de una complejidad negativa en la relación padre-hijo, me refiero a ese tipo de relaciones basadas en la tensión y hostilidad constante, a los esfuerzos de uno por controlar y del otro por rebelarse, a la no aceptación de los sentimientos y pensamientos del otro, a la manipulación o amenaza constante, al no reconocimiento de los propios errores y a la imposición mutua de deseos o expectativas. Como podemos ver, en una relación de complejidad negativa prevalece la ausencia de respeto y de autorreflexión. Mientras que en una relación de una complejidad positiva entre padre-hijo existe todo lo contrario, puesto que dicha relación está basada en el equilibrio, la responsabilidad, la justicia y la equitatividad.

Ahora bien, ¿en qué consiste ser un padre autorreflexivo? La autorreflexión parental (así la llamaré) implica el monitoreo constante de nuestros pensamientos, emociones, creencias y acciones para valorar qué tan congruentes somos al momento de expresarlas o ejercerlas durante la crianza. No somos congruentes cuando regañamos a nuestro hijo por interrumpirnos mientras trabajábamos si nosotros lo interrumpimos mientras él juega. Lo que es importante para cada uno merece respeto.

La autorreflexión es reconocer nuestras debilidades, defectos, errores y temores, buscando la ayuda o la manera para minimizarlos o manejarlos lo mejor posible. Es hacer una revisión de nuestra historia de vida y poder elegir de ella aquello que nos genera bienestar y esforzarnos por elaborar o desechar aquello que nos hace daño o nos limita. Somos autorreflexivos cuando, por ejemplo, sabemos que nos da miedo nadar y damos un paso atrás para dejar que nuestro hijo se lance a la piscina. Somos autorreflexivos cuando pedimos disculpas después de haber cometido un error o cuando valientemente decidimos no repetir los patrones de violencia que aprendimos en nuestra familia.

En este proceso constante de monitorear nuestro ejercicio de la paternidad, enmendamos, cambiamos y superamos conscientemente las dificultades, reconociéndonos como seres humanos en aprendizaje continuo, lo cual no hará más que desarrollar nuestro valor personal y autoestima.

Lo mejor de esto es que nuestro hijo aprende a ser autorreflexivo también. Y cuando padre e hijo son autorreflexivos, el padre no tiene la necesidad de controlar y el hijo no tiene la necesidad de rebelarse; el padre cría consciente y críticamente y el hijo obedece consciente y críticamente.

Los hijos no quieren padres perfectos; tampoco quieren padres llenos de errores e incapaces para reconocerlos. Los hijos incluso son quienes detectan mejor los defectos de los padres y quienes desde diferentes métodos los confrontan a cambiar. Entonces no seamos soberbios, aprendamos en la relación con nuestros hijos a ser mejores personas, aprendamos a crecer mientras criamos.

Ya decía el pedagogo Gianni Rodari “deberíamos crear reglas para nuestro comportamiento, no para el de los niños”.


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Crianza positiva: ¿por qué los padres deben aprender a gestionar sus emociones?


Familia

Una de las cosas que influye significativamente sobre el éxito o fracaso de las estrategias de disciplina que intentamos aplicar es nuestra gestión emocional. He podido ver en la consulta a padres desesperados porque no pueden lograr que sus hijos sean obedientes o colaboradores. Entonces, cuando hacemos una revisión de su forma de actuar ante los hijos, la gestión emocional no está presente. Es así como la impaciencia, la impulsividad, los gritos, la mirada llena de ira o desesperación, la improvisación, el llanto, la manipulación, el chantaje, la hostilidad y la lucha de poder se apoderan de las situaciones de crianza, debilitando profundamente el rol parental.

La gestión de nuestras emociones es la clave para lograr que nuestros hijos respeten nuestro rol y nos vean como figuras guías, puesto que, al gestionar las emociones, proyectamos seguridad y confianza en nosotros mismos, al igual que determinación y firmeza sobre nuestro proceder ante la situación. Cuando colocamos una norma, un límite o expresamos desaprobación por alguna conducta de nuestro hijo, éste entenderá que estamos hablando en serio si nos observa firmes, confiados y controlados. Por el contrario, mientras más afectados y descontrolados nos mostremos ante su conducta, más propicio será el momento para la confrontación, la confusión y para el reforzamiento de conductas negativas.

Sé que el manejo emocional no es cosa fácil y que mantener la paciencia en algunos momentos puede convertirse en una tarea colosal. A veces los hijos pueden llegar a hacer o decir cosas realmente desesperantes o intolerables y es en estos momentos donde debemos decidir si nos detenemos a respirar y pensar en la mejor respuesta o si nos dejamos llevar por las emociones, para terminar de impulsar una batalla que puede llegar a ser agotadora, infructuosa y dolorosa.

Pero no sólo la gestión emocional sirve para mantener nuestro rol de padres y ejercer mejor la disciplina. También es una potente forma de enseñar a nuestros hijos a gestionar sus propias emociones, lo cual trae ganancias para las relaciones familiares que se construyen en un clima de confianza, comunicación y respeto por el otro. Es decir, a través de la gestión de las emociones promovemos la crianza positiva de los hijos.

Empecemos conociendo las emociones

Todos tenemos una idea de lo que son las emociones, pues todos las hemos experimentado a lo largo de nuestra vida. No obstante, siempre es bueno hacer un repaso. Por ello, en este enlace aparte he desarrollado brevemente algunos aspectos importantes sobre las emociones, para aquellos que deseen saber más.

Cómo gestionar las emociones

La gestión de las emociones implica un proceso de autoconocimiento y autorregulación que demanda de nosotros la constancia para mirarnos, evaluarnos y aceptarnos de forma continua. Gestionamos nuestras emociones cuando nos encargamos de aquello que sentimos para así orientarlo y dirigirlo a conseguir algún resultado (aclarar un malentendido, resolver un problema, definir metas futuras, establecer acuerdos, liberarnos de tensiones, etc.). A continuación comparto algunos pasos que pueden seguir para desarrollar esta habilidad:

1. Haz consciente la emoción

No se trata de controlar, negar o ignorar la emoción que estamos experimentando, sino más bien de sentirla, identificarla y comprenderla. Lo primordial es saber qué estás sintiendo: rabia, tristeza, miedo… Luego escuchar lo que la emoción te dice. Como mencioné arriba, la emoción nos brinda un reporte de cómo estamos interpretando la experiencia y de cómo nuestro cuerpo reacciona ante ella. Es importante estar atento a estas señales, que te permitirán saber qué tan afectado te encuentras, para así decidir si posees los recursos para afrontar la situación en el momento o si es mejor esperar equilibrar la intensidad de lo que sientes, pensando en la mejor forma de atender lo que ocurre. Ejemplo:

Identificación de la emoción: “Me siento molesta porque mi hijo no hizo la tarea”.
Interpretación: “Pienso que no se está tomando en serio sus responsabilidades y que está siendo grosero”.
Respuesta del cuerpo: “Me estoy poniendo tensa y me están dando ganas de gritar”.

2. Busca la calma

Si sientes que estás a punto de estallar o que no sabes cómo atender la situación lo mejor es detenerte y relajarte. Aléjate un momento del lugar donde está ocurriendo la situación que te afecta. Si estás en tu habitación, sal al patio de la casa; si estás en la calle o lugar público, ve a un lugar más tranquilo o despejado. Respira varias veces de forma pausada, refréscate la cara o toma agua si es necesario. Si hay otra persona que pueda encargarse de la situación mientras te calmas, pídele ayuda. En este paso se vale decir:

“Necesito calmarme y pensar mejor las cosas”.
“Vayamos a un lugar más tranquilo y dame tiempo de respirar”.
“En este momento no estoy dispuesto a hablar; luego resolvemos esto”.
“No deseo discutir; espera que me calme”.

3. Analiza la situación

Una vez recuperas la calma es importante analizar lo que sucede o sucedió para poder abordarlo efectivamente y tener soluciones a la mano. En muchos casos, cuando analizas la situación te podrás dar cuenta que hubo factores ajenos a ti o tu hijo que intervinieron o que hubo factores que pudiste controlar o evitar. En este paso es recomendable plantearte preguntas, haciendo un recuento de lo que sucedió antes y durante la situación e incluso en situaciones pasadas similares. Algunas preguntas que podrías hacerte son:

¿Hice algo para empeorar la situación?
¿Antes he permitido que esto suceda sin reaccionar así?
¿Realmente fui claro al hablar?
¿Mi hijo escuchó y comprendió lo que le pedí?
¿Pude haber evitado esta situación? ¿Cómo?
¿Algo pudo haber influido en la conducta de mi hijo?

4. Traza un plan de acción

Una vez has analizado la situación debes trazar un plan de acción sobre cómo atender o resolver la situación. En este plan debes considerar qué vas a decir y cómo, en qué momento y lugar atender la situación, qué medidas vas a aplicar o proponer, quiénes estarán involucrados, qué beneficios y consecuencias traerá tu plan, cómo lo puede a asumir tu hijo y con qué otras alternativas cuentas por si debes negociar. Ejemplo:

“Podría empezar preguntándole a mi hijo qué piensa de lo que pasó y cómo cree que podemos evitar que esto se repita. Le explicaré que me sentí molesta cuando me dijo que no hizo la tarea y que me resultó desagradable la forma en que alzó la voz. Es importante que sepa que no es necesario ser irrespetuoso al momento de plantear su opinión, que debe ser responsable con sus notas y con sus actividades escolares si desea contar con el privilegio de salir a jugar más tarde con sus amigos”.

5. Escucha, comunica y acuerda

Este es el momento para escuchar las emociones de las personas involucradas en la situación y para expresar las emociones que tú sentiste. Siempre es mejor permitir a tu hijo que diga cómo se sintió y luego decir cómo te sentiste tú. Cuando se trata de niños o adolescentes, es posible que necesiten de tu ayuda para expresar lo que sintieron y comprender el cómo reaccionaron. A veces los chicos se muestran confusos sobre sus emociones y les cuesta darles un nombre u ordenarlas. Si les ayudas con esto podrán crear un clima de confianza y comunicación que será útil para establecer acuerdos y resolver el problema. Una vez hayan comunicado lo que pensaron y sintieron, llega la ocasión para hablar sobre las consecuencias que traen ciertas conductas y de establecer acuerdos para el futuro. En estos acuerdos debe quedar claro qué hará cada uno y cuál es la mejor forma de reaccionar la próxima vez que suceda algo similar.

Mis recomendaciones finales para los padres

  • Ten en cuenta que los niños o adolescentes muchas veces reaccionan mal o emprenden conductas indeseables por factores de inmadurez o porque antes esa conducta fue reforzada con atención o beneficios. Lo importante es que como padres debemos ser modelos de madurez al momento de reaccionar ante situaciones conflictivas o indeseadas y enseñarles a actuar de forma más eficiente.
  • Es importante ajustar los pasos mencionados arriba a la edad de tu hijo. En el caso de niños pequeños, es necesario ser concreto al momento de hablar y explicar las cosas usando un lenguaje claro, preciso y comprensible.
  • Deshazte de la necesidad de controlar todo y de atender los problemas que tengas con tu hijo en el momento que están sucediendo; a veces es mejor esperar a que todos estén calmados.
  • Cada conflicto o situación que suceda con tu hijo es una oportunidad para aprender el uno del otro y para detenerse a establecer acuerdos de cómo evitar o repetir la experiencia vivida. Cuando hacemos esto improvisamos menos y somos más eficientes.

Sé que este artículo ha quedado largo, pero el tema lo requiere. Es posible que todavía tengan dudas al respecto. Si es así les invito a plantearlas en los comentarios y a estar atentos sobre los demás artículos que estaré escribiendo sobre crianza positiva.


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El reto de criar y trabajar -parte 2-


business mother

En la primera parte de este artículo encontramos las primeras cinco consideraciones que pueden ser importantes para equilibrar la responsabilidad de criar y trabajar. Hoy les comparto las cinco restantes, esperando puedan encontrar en ellas alguna guía que les permita tener éxito en sus proyectos de familia y desarrollo profesional. Esta no es una receta que deba cumplirse al pie de la letra. Tomen de aquí aquello que se ajuste a ustedes e intégrenlo con creatividad dentro de sus objetivos parentales. ¡Continuemos, pues!

Tacto y límites al momento de delegar

Cuando somos padres trabajadores es posible que nos toque delegar el cuidado de nuestros hijos a otros, en los momentos que no podemos encargarnos nosotros mismos por el deber de cumplir con compromisos u horarios laborales. Aquí tenemos que tener mucho cuidado. Deleguemos lo necesario y busquemos la ayuda de personas que sepan cuidar a nuestros hijos y respetar nuestros métodos de crianza. Está bien apoyarse de una niñera, la escuela u otro familiar para que temporalmente cuiden de los niños, pero no está bien creer que estas figuras deben encargarse de ellos mientras nosotros nos sumergimos en nuestro mundo laboral. Me ha tocado ver hijos que conciben a otro miembro de la familia u otra persona como figura parental, mientras los verdaderos padres son para ellos un miembro de la familia más o simples figuras proveedoras. Una cosa es delegar, confiar y buscar apoyo en los demás y otra abandonar.

Una disciplina articulada entre padres y cuidadores

La crianza contempla el afecto, el cuidado físico, la educación en valores y en habilidades para la vida, así como la disciplina. Lo ideal es que la disciplina entre madre y padre esté articulada, tanto como la disciplina entre padres y cuidadores. Unos métodos de crianza consensuados y coherentes brindan un ambiente seguro al niño donde está definido qué se espera de él, cómo debe responder ante ciertas situaciones, hasta qué punto se le permitirán ciertas conductas y qué consecuencias positivas o negativas obtendrá por sus acciones. Cuando la disciplina no está articulada se generan normas y límites contrapuestos, ambiguos e inestables que llenan de confusión al niño y afectan el sano desempeño de su conducta. En muchas ocasiones ha sido necesario que los cuidadores asistan a mi consulta psicológica para que reciban el mismo entrenamiento y las mismas herramientas de disciplina que reciben los padres. Así los adultos trabajan en equipo y el niño crece en un ambiente estable de contención y afectividad. Si un cuidador no está dispuesto a colaborar con una disciplina articulada y nutritiva, entonces debemos agradecerle su intención de cuidar pero debemos elegir otra persona para que nos ayude a hacerlo.

Comunicación constante

Suena a disco rayado pero la comunicación es la base de las relaciones. A través de la comunicación se crean los vínculos, la intimidad, la cercanía, el conocimiento del otro, la colaboración y la comprensión: la afectividad. Es doloroso ver cómo muchos padres olvidan este medio tan importante para relacionarse con sus hijos. Muchos creen que se comunican pero en realidad no lo hacen. Lo que he aprendido en estos años de trabajo es que los adultos pocas veces se detienen a hablar con los niños de forma abierta y comprensiva; lo que sí hacen es juzgarlos, reprocharles, culpabilizarlos, ocultarles información, mentirles, prometerles cosas que no cumplen, silenciarlos, tomar decisiones inconsultas y disimular sus propios sentimientos. Entonces los niños van llevados por las dinámicas de la familia, construyendo sus propias explicaciones o confundidos por lo que pasa o les rodea. He podido ver cómo los niños comienzan a ser colaboradores, agradecidos, maduros, sinceros y espontáneos cuando sus padres generan espacios de comunicación. Si vamos a dividir nuestro tiempo entre el trabajo y la familia, que la comunicación sea el puente hacia los hijos, que se vuelva una forma de protegerlos, de fortalecerlos, de nutrirlos, de mantenerlos cerca. Para comunicarse se requiere paciencia, tiempo oportuno, manejo de emociones, sinceridad, apertura, tolerancia, deseos de conocer y mirar al otro.

No es la cantidad es la calidad

Entre el trabajo, la escuela, los quehaceres de la casa, las actividades extracurriculares, el gimnasio y las compras, el tiempo de calidad en familia queda disuelto. Es así como para algunas familias compartir es sólo cenar mientras ven televisión. Para otras familias el tiempo donde coinciden padres e hijos, que suele ser al final del día, tiende a ser un espacio lleno de estrés, caracterizado por el conflicto y la incomunicación. Aquí entra otra de las cosas que he aprendido trabajando con niños y es que en realidad los niños no esperan que los adultos reservemos todo nuestro tiempo para ellos; sólo esperan ser tomados en cuenta, sentir que forman parte de la familia, que se les quiere y valora. No es la cantidad de tiempo que pasa junta una familia, es la calidad del tiempo compartido. Esas dosis de caricias, miradas, juegos, paseos, actividades conjuntas e historias compartidas son las que potencian el valor de estar juntos y de tenerse el uno para el otro. Los niños disfrutan de contar con un tiempo exclusivo para ellos donde se les escucha, atiende y acompaña. Y ese tiempo exclusivo no implica 12 horas del día, puede ser una rutina de ejercicios al aire libre, cocinar juntos, jugar un juego de mesa, leer cuentos antes de dormir, hacerse cosquillas, contarse las anécdotas del día, ver una película elegida entre todos, prepararse una merienda, darse un masaje. Siempre recomiendo a los padres que acuerden con sus hijos actividades conjuntas donde puedan aprovechar de forma gratificante el tiempo, que comuniquen las limitaciones de su disponibilidad y que compensen cuando no han podido cumplir con los planes recreativos.

Deténgase

Que del apuro no quede el cansancio o una familia sostenida en una base de naipes. La vida se presenta como una vorágine donde confluyen muchas distracciones y necesidades ficticias. Es por ello que debemos detenernos cada cierto tiempo para hacer un inventario de nuestra vida, para evaluar cómo vamos avanzando en los objetivos de crianza, para elaborar situaciones, para resignificar experiencias, para determinar cómo nos sentimos como padres y profesionales, cómo se sienten y se han venido desarrollando nuestros hijos. Muchas personas que terminan en la consulta médica o psicológica han sido personas que no se han detenido a escuchar, a mirar o a hablar. Que han pasado por encima de los problemas, que han ignorado las señales de alerta, que han dejado su vida en manos de un milagro o que han esperado que otros se encarguen de sus asuntos. Debemos buscar momentos para detenernos y revaluar los pasos que damos, para soltar lo que ya no nos sirve y redefinir. Si no lo hacemos la vida nos arropará y nos obligará de forma dolorosa a detenernos en un momento donde quizás pueda ser demasiado tarde. Espero que éste no sea su caso.

Estas serían las recomendaciones y observaciones que comparto con aquellos padres que crían y trabajan. Si he dejado algún cabo suelto, un punto sin tratar o tienen algún comentario o aporte no dejen de compartirlo.


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El reto de criar y trabajar -parte 1-


Con este artículo no sólo le quito las telarañas al blog (lo tenía un poco abandonado), sino que también cumplo con la petición que me hizo unos meses atrás Crianza Querétaro al sugerirme que escribiese algo sobre la crianza cuando los padres trabajan fuera de casa. Cumplo con gusto esta tarea por ser la primera petición de un seguidor y por ser un tema acorde a las demandas actuales de la familia. También aprovecho para invitarlos a leer el blog Crianza Querétaro que contiene información muy práctica y valiosa para los padres, todo explicado de forma muy amena.

business mother

Dentro de la dinámica de vida actual para nadie es extraño el hecho de que ambos padres deban trabajar para sostener el hogar. Incluso el reto mayor está en equilibrar el anhelo por el merecido desarrollo profesional o la estabilidad económica y la crianza de los hijos.

Casi todos los padres crean, alimentan y guardan un conjunto de expectativas y metas que desean ver consolidadas en la adultez de sus hijos. Pero una cosa es lo que deseamos y otra lo que alcanzamos, más cuando se trata de uno de los proyectos más importante que solemos emprender: la familia.

A muchos padres les resulta difícil alcanzar el ideal equilibrio familia-trabajo y terminan perdidos dentro de las múltiples demandas y responsabilidades que deben atender, lo cual se ve negativamente reflejado en la conducta, los logros y la forma de relacionarse de sus hijos. En este artículo encontrarán las primeras cinco pautas o consideraciones generales para asumir el gigante reto de criar y trabajar. Lo he desarrollado integrando lo que he podido ver en la atención a niños y padres acerca de esta materia. Sin más, aquí les dejo estas primeras consideraciones que sólo pretenden hacernos reflexionar sobre los roles que nos corresponden asumir y la importancia de encargarnos de nuestros hijos y de nosotros mismos.

Tener claro los objetivos de la crianza

Las buenas intenciones no son suficientes; es importante establecer metas reales de crianza ajustadas a cada periodo evolutivo de nuestro hijo. Cuando digo metas reales, me refiero a metas construidas en base a los recursos que tenemos, así como a las necesidades, los intereses y los rasgos de personalidad de nuestro hijo. Una vez sepamos cómo deseamos criar y qué deseamos obtener de ello, debemos emprender acciones coherentes, siendo siempre modelos a seguir. No vale desear un hijo respetuoso y obediente cuando nosotros somos groseros y cometemos faltas a las reglas. No vale enseñar habilidades sociales para que nuestro hijo sea súper sociable, sin considerar su personalidad introvertida. Otro aspecto importante, es el entrenamiento, la guía y la compañía que debemos ofrecer. No demos nada por sentado. Debemos estar allí brindando pautas con amor, acompañando. Igualmente, debemos estar dispuestos a informarnos, actualizarnos y buscar la ayuda cuando sea necesario.

Conocer las necesidades del hijo según su edad

Cada edad tiene sus propias características y necesidades. Un niño pequeño necesita más de nuestra supervisión y cercanía que un adolescente. Cuando no tenemos claras estas necesidades evolutivas podemos ser negligentes o demasiado exigentes, esperando cosas de nuestros hijos que no están preparados para cumplir por factores de madurez. Entonces a veces creemos que nuestro hijo puede esperar a que nosotros tengamos tiempo para compartir; y, cuando estamos dispuestos a ello, ya no lo necesita, bien sea porque ha aprendido a vivir sin ello o porque ha llenado esa necesidad con otra persona. Las necesidades caducan y surgen otras ajustadas al desarrollo del hijo. Esforcémonos por no llegar demasiado tarde a satisfacerlas, lo que sumará en el fortalecimiento de su integridad personal. Evitemos que nuestro hijo crezca con la sensación de que en el momento donde más nos necesitó nosotros estuvimos sumergidos en el trabajo.

Conocer las necesidades propias 

Así como es importante conocer las necesidades del hijo, es importante conocer las nuestras para colocar todo en una balanza. El padre tiene derecho a desarrollarse como profesional, a tener vida social y espacios de recreación, pero el hijo tiene derecho a recibir el cuidado y la atención del padre. Encargarnos de nuestro hijo no significa decirle adiós a nuestras necesidades. Lo que sí implica es saber determinar cuál es momento para satisfacerlas, en qué aspectos coinciden nuestras necesidades con las de nuestro hijo y cuándo debemos postergar o renunciar; postergar es esperar el momento a que pueda ser satisfecha, renunciar es aceptar que no podremos satisfacerla. Si en algún momento nos toca renunciar a una necesidad, hagámoslo bajo el reconocimiento de que fue decisión nuestra ser padres, con el orgullo de estar asumiendo con compromiso esa responsabilidad y con la confianza de que la renuncia no será infértil, pues seguro desprenderemos de ella deliciosos frutos. Por otra parte, las necesidades satisfechas se traducen en bienestar, si logramos equilibrar nuestras necesidades con la de los hijos, seremos ejemplo para que ellos aprendan a gestionar su vida. Si nos toca renunciar responsablemente, seremos ejemplo de compromiso y de amor. Los hijos tarde o temprano agradecen nuestros esfuerzos.

Organización del tiempo, priorizar

Habiendo definido nuestros objetivos de crianza e identificado las necesidades de nuestro hijo y las propias es crucial organizar nuestro tiempo de acuerdo a las rutinas de cada uno. La falta de organización es un error frecuente en muchos padres activamente trabajadores, lo cual no les permite optimizar el tiempo y hacer una distribución adecuada de los quehaceres y las responsabilidades. Esto hace que los padres lleven trabajo a casa, pierdan las reuniones o eventos de la escuela de sus hijos, vivan constantemente estresados y desaprovechen oportunidades cotidianas para el compartir familiar. Es importante establecer una lista de prioridades donde definamos qué es lo primordial en la crianza del hijo, qué es lo primordial en la consolidación de la familia y qué es lo primordial en el trabajo. Cuando tenemos claras las prioridades es más fácil gestionar el tiempo y cumplir satisfactoriamente con nuestros roles. Cuando no tenemos prioridades nos distraemos, perdemos o dejamos llevar por otras cosas que parecen importantes, pero en esencia no aportan nada para el presente o futuro de nuestros hijos y nuestro trabajo. Así tenemos padres que consideran necesario trabajar más para pagar las consultas psicológicas de sus hijos, cuando en realidad si comenzaran a emprender algunas acciones de crianza no necesitarían trabajar tanto ni depender por mucho tiempo de la atención psicológica.

Equidad en la distribución de quehaceres y responsabilidades

El equilibrio entre crianza y trabajo se consigue también desde un clima familiar de equidad, donde ambos padres trabajan y aportan económicamente tanto como se involucran y cuidan a los hijos. La demanda actual exige la participación de ambas figuras en la vida del niño, donde tanto madre como padre asumen responsabilidades por igual, sin diferenciar por género lo que debe hacer uno y lo que debe hacer el otro. Ambos padres están obligados a aprender a criar y a estar comprometidos con el sano desarrollo de los hijos. No es justo que uno tenga más demandas de crianza que otro, a pesar de que ambos tienen parecidas responsabilidades laborales. Cuando no hay equidad, la crianza se vuelve una cuesta arriba y uno de los padres se ve obligado a elegir entre desarrollo profesional e hijos. Si eres madre o padre soltero quizás este punto no aplique a ti, pero los anteriores y los que siguen sí.

Si le has sacado provecho a esta primera parte, no dejes de leer la siguiente parte, que ya salió publicada.


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Lo que aprendo de los niños


5. Tome Reader

Desde que inicié mi ejercicio profesional me interesé principalmente por la atención psicológica a niños y niñas. Algunos creen que trabajar con niños es fácil, pan comido, como dicen por ahí, pero para mí es un trabajo fascinantemente complejo. Los niños pueden ser muy ruidosos o perturbantes con sus conductas; no obstante, en ellas hay mensajes ocultos, sutiles señales de malestares, necesidades, deseos o carencias. Hay reclamos y reivindicaciones. Sus conductas son metáforas, pues los niños son poéticos al momento de expresar lo que sienten y piensan.

Lo que me fascina de los niños es que detrás de lo que hacen está presente una genuina y recia pulsión de vida, la cual traduzco como una fuerte resistencia. El niño resiste para que se le permita y se le respete ser niño.

Al percibir las conductas de los niños como metáforas, en la consulta psicológica, me toca descifrar un ramaje de significantes y significados que los niños, de forma muy audaz, condensan en un gesto, una frase, un dibujo o un juego. Cuando me permiten descifrar sus acertijos, cuando abren una ventana hacia su Yo, es inevitable no conmoverme, no tiritar, no maravillarme, no reír, no asustarme, no reprocharme, no aprender. A través de los niños no sólo comprendo el universo único de la infancia, sino que tengo acceso a comprender la humanidad.

El pedagogo Gianni Rodari dijo: “Un niño, todo niño, haría falta aceptarlo como un hecho nuevo, con el que el mundo recomienza cada vez de cero”. Muchas veces me ha tocado recomenzar desde cero, muchas veces me ha tocado revaluar la manera en que los adultos concebimos la infancia e interactuamos con ella.

Por todo esto, la primera publicación de este año la dedicaré a presentarles un nuevo espacio en este blog. Lleva como título Lo que aprendo de los niños. Este espacio formará parte de la sección Otros y en él compartiré aprendizajes, pensamientos, reflexiones, anécdotas y curiosidades que adquiero a través de la interacción constante con niños y niñas. Esta será una forma de homenajear a la infancia, de hacer escuchar las voces de los niños con los que contacto (resguardando sus identidades) y sobretodo de no olvidar lo que me enseñan.

Sin más que agregar, comparto esta experiencia:

A mediados de diciembre del 2014 tuve la última sesión del año con una niña de 8 años, quien fue traída por su madre en octubre de ese mismo año, porque presentaba dificultades de atención en la escuela y rechazo a culminar tareas. Cuando comencé a relacionarme con Ana (nombre improvisado), noté que lo que más le afectaba no era su situación en la escuela sino la relación con su mamá. Así descubrimos que ella no tenía problemas de aprendizajes sino un vínculo madre-hija roto y hostil. Comenzamos a jugar y a conocernos, creamos un espacio para hablar sobre sus emociones y derechos, mientras paralelamente contamos con la fortuna de que su madre aceptó generar cambios en la crianza, la comunicación y el manejo emocional. En esa última sesión del año, le propuse a Ana hacer un dibujo donde expresara el antes y el después de acudir a la consulta, donde pudiera reconocer sus cambios y los de su madre. Ella dibujó en la primera mitad de la hoja, que representaba el antes, una mano que lanzaba una puerta y dijo “esta es mi mamá brava. ¿No le vas a mostrar este dibujo, verdad?”. En la otra mitad de la hoja, que representaba el después, dibujó una casa, a su mamá y a ella juntas con corazones alrededor.

Lo que más me impactó de este dibujo fue la mano y la puerta dibujadas, con intención de mostrar ruido y movimiento brusco. Me impactó lo que significaba para Ana esa mano lanzando la puerta. En ese dibujo Ana condensó la separación que sentía de su madre, la soledad, tristeza, hostilidad, incomprensión y el miedo que reinaba en la relación entre ambas. Entonces pensé, una vez más, en las diferentes maneras en que los adultos podemos lastimar a los niños. En cómo acciones que para nosotros pueden ser poca cosa para los niños representan rechazo, alejamiento, culpa, soledad.

Ese día no le mostré el dibujo de Ana a su madre como ella me lo pidió, pero sí felicité a su madre por el compromiso que había mostrado con la terapia, por sus cambios y por haberse atrevido a restablecer el vínculo afectivo con su hija. En ese momento la mamá de Ana lloró y en su llanto vi culpa mezclada con sentimiento de logro y alegría. Entonces me di cuenta que ella también estaba sufriendo por sus acciones y por la relación que tenía con Ana. Al final, la mamá de Ana me dijo: “a ella le encanta venir, siempre me pregunta que cuándo le toca ir con la chica de las emociones”. Me encantó saber que para Ana soy la chica de las emociones.