Psic. Anaís Barrios


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Regreso a clases: el reto de empezar en una escuela nueva


Bus escolar

Es momento de restablecer la rutina de ir a la escuela, pero en esta ocasión su hijo empezará el nuevo año escolar en otra institución. Por distintas razones, a veces los padres deben cambiar de colegio a sus hijos, lo cual es una decisión difícil que les llena de expectativas sobre cómo será la adaptación del niño al cambio.

Es natural que los cambios nos generen un poco de ansiedad y temor; sin embargo desde mi experiencia he podido notar que los chicos se adaptan mucho mejor a los cambios que los adultos, puesto que tienden a ser más optimistas, no se preocupan tanto por tener todo bajo control y se les hace más natural hacer amigos. Todo dependerá del contexto que rodee al infante, el cual debe ser de preparación, comunicación y apoyo; así como dependerá de la autoestima y las habilidades sociales que el niño posea.

Aunque son muchas las variables familiares, individuales y contextuales que deben considerarse para favorecer un cambio de colegio, aquí les quiero compartir algunas recomendaciones para que el tránsito se dé lo más favorablemente posible. No puedo garantizarles éxito en la integración de su hijo a la nueva escuela, pero sí puedo invitarlos a actuar de forma sensible y precavida. Tomen de aquí lo que les resulte apropiado.

1.- Comunique e involucre: si ha sido necesario cambiar de escuela es importante comunicarle al niño con anticipación e involucrarlo en el proceso de elección de otra escuela. Consulte con el niño qué le gustaría encontrar en el nuevo lugar y compárelo con las opciones que tienen: un salón más ventilado, una cancha deportiva más bonita, actividades extracurriculares o un mejor trato. Si es posible, y el niño lo desea, prepare una despedida en su escuela anterior, así como llévelo a conocer los espacios de la nueva escuela para que se vaya familiarizando.

2.- Valore y monitoree las emociones: durante todo el proceso es crucial crear un ambiente de diálogo para hablar sobre los sentimientos. Ante el cambio de escuela los niños pueden sentir tristeza, rabia, temor, alegría o rechazo; emociones que influirán sobre sus fantasías o expectativas frente a lo nuevo. La reacción del niño dependerá en gran parte de las experiencias que haya tenido en su escuela anterior: si éstas fueron agradables o desagradables. Haya sido de una forma o de la otra, el niño se sentirá más tranquilo y confiado si siente que puede expresar de forma abierta sus sentimientos y recibirá de nosotros escucha, comprensión y apoyo.

3.- Muestre una actitud segura y positiva: si usted se enfrenta al cambio con temor o expectativas de fracaso no trasmitirá confianza. Aunque no diga nada, los niños son muy intuitivos y, si su hijo nota su preocupación o ansiedad, él también sentirá estos sentimientos. Está bien reconocer que se tienen expectativas ante lo nuevo, pero se debe ser optimista, haciendo énfasis en lo que se gana con el cambio y no en lo que se pierde. Pero todo con equilibrio; evitemos un optimismo exagerado donde no se reconozcan los riesgos ni los temores o donde el niño se sienta presionado por creer que para sus padres es importante su éxito en la nueva escuela. 

4.- Prepare al niño para el cambio: la facilidad con la que el niño se ajuste a la nueva dinámica escolar dependerá de lo informado que esté. El niño debe saber sobre sus horarios de clase, quién lo llevará y buscará a la escuela y cómo se integrarán las prácticas extracurriculares. Así mismo, el niño debe saber quién será su docente, cómo está distribuida la escuela, cómo llegar a su salón, a quién puede pedir ayuda. A los niños les hace sentir más seguros cuando tienen claro lo que deben hacer y cómo responder antes ciertas situaciones. Podría conversar con su hijo sobre lo que para él sería lo peor o lo mejor que podría pasar en la primera semana de clases y de este modo planear formas en las que su hijo puede actuar o afrontar esas situaciones.

6.- Evite iniciar con estrés: organícense para que los primeros días de clase el niño llegue a su escuela relajado. Para ello, debemos involucrar a la familia en lo que se debe hacer antes de salir a la escuela, de manera que se distribuyan los quehaceres a fin de salir a tiempo. Es bueno tener planificado un menú del desayuno y la merienda escolar para toda la semana, así podemos tener los ingredientes a mano y quizás dejar algunas cosas preparadas la noche anterior. Igual es importante dejar arreglados los útiles escolares y el uniforme. Por otra parte, debemos garantizar que el niño descanse durante la noche para que se despierte con energía. Es posible que durante las vacaciones el horario de ir a dormir y levantarse se haya flexibilizado, entonces una semana antes de iniciar la escuela es importante regular el horario de sueño. Por último, debemos recordar que no siempre podemos anticiparnos a todo y que habrá situaciones inesperadas que no podremos controlar a plenitud; entonces es necesario tomárselo con calma y humor. Seamos fuente de entusiasmo y no de estrés, así que ejercitemos el manejo de nuestras emociones. 

7.- Observe y sea paciente: quizás durante el primer mes de escuela el niño muestre cierto recelo, desmotivación o dificultad de socialización; así como puede pasar que durante el primer trimestre el niño presente bajo rendimiento escolar. Todas estas son reacciones naturales ante la adaptación, la cual es un proceso que se va dando de forma progresiva. Por eso, debemos ser observadores de la conducta del niño y muy pacientes con su proceso adaptativo. La observación y el diálogo constante nos permitirán saber cómo el niño se siente y asume lo nuevo. Si observamos algo de lo mencionado arriba u otra conducta irregular frente a la escuela es importante buscar apoyo en los docentes o el departamento de orientación. Si aun así ha pasado el primer trimestre de clases y todavía nuestro hijo muestra dificultad de integración escolar, entonces será necesario buscar la ayuda de un psicólogo. 

8.- Actúe con prevención y no con improvisación: supongamos que en la escuela anterior el niño presentó dificultades académicas o problemas conductuales, recibió bullying, maltrato de su docente o poca estimulación pedagógica, entre otras experiencias negativas. Entonces se cree que la escuela nueva será algo como borrón y cuenta nueva. Creemos que el cambio de escuela será suficiente para subsanar lo ocurrido y no tomamos acciones preventivas. Incluso algunos padres ocultan información en la escuela nueva, por temor a que etiqueten o traten de otra forma a su hijo. Todo ello puede afectar la integración del niño al nuevo entorno. Lo mejor es buscar la orientación necesaria para garantizar que el cambio de escuela sea realmente una oportunidad de experimentar satisfacción escolar. Para ello, lo ideal es buscar ayuda especializada que les permita estimar las habilidades del niño, descartar alguna dificultad de aprendizaje o algún trastorno conductual, ofrecerle apoyo y empoderamiento para superar el maltrato recibido, propiciar la nivelación académica a través de ayuda psicopedagógica y/o recibir estrategias de afrontamiento familiar. No dejemos que se repitan las situaciones anteriores, creyendo en soluciones mágicas. Debemos abocarnos a las necesidades de nuestro hijo y atender las consecuencias de las experiencias pasadas para proteger su autoestima y garantizar su bienestar. 

9.- Involúcrese con la escuela: establecer una relación cercana con la escuela es una forma de favorecer la integración de nuestro hijo. Manténgase en comunicación constante con el docente, evitando tener roces y que el docente sienta que su trabajo está siendo vigilado o evaluado; más bien genere un clima de confianza y respeto donde el interés sea el sano desenvolvimiento del hijo en la escuela. Asista a las reuniones y los eventos escolares, así como esté informado sobre las acciones del centro o comité de padres. Asimismo, debemos conocer el reglamento escolar y los procedimientos para plantear quejas o sugerencias. Todas estas acciones nos permitirán estar informados y conocer a profundidad el funcionamiento del colegio donde estudia nuestro hijo.

Estas serían mis recomendaciones para propiciar una integración satisfactoria a la nueva escuela. Es posible que haya puntos que dejé de abordar. En ese caso, te invito a preguntar en la sección de comentarios. Si este artículo te gustó no dejes de compartirlo por tus redes sociales.


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El juego como terapia


Niña con peluche

Jugar es una de las actividades fundamentales en el desarrollo de los niños. El niño es niño porque juega. Su naturaleza lúdica es inherente a su interés por crecer y desarrollarse, y la emplea para la autoexpresión, la descarga, la exploración y el aprendizaje. 

Mediante la actividad lúdica el infante construye, destruye y reconstruye su realidad; elabora conceptos y significados; socializa, desarrolla habilidades y aprende a descubrir sus limitaciones; inventa y se ajusta a reglas. Jugando se integra a la cultura donde crece y configura su identidad y personalidad.

El juego le permite al niño elaborar lo que vive, bien sea recreando o representando situaciones placenteras o desagradables, llevando a la acción por medio de su fantasía e imaginación lo que siente, le preocupa, alegra, incomoda, perturba, anhela y necesita. Es la manera más natural y espontánea que el niño emplea para relacionarse y comunicarse; es su lenguaje más efectivo.

Un adulto puede conocer a un niño o niña si lo observa jugar, y puede acercarse y comunicarse de manera más efectiva si se involucra en sus juegos o lo invita a jugar, en vez de intentar emplear sólo conversaciones sin ninguna acción que los integre y ponga en contacto. A veces los padres creen que al niño le gusta venir a la consulta psicológica por la cantidad de juguetes que tengo en mi espacio de trabajo, pero en realidad lo fascinante para el niño es encontrarse con un adulto que se atreve a involucrarse de forma activa e imaginativa en su juego. Al niño le gusta venir a consulta por la relación de confianza y cercanía que construimos a través del juego.

Para el niño jugar es algo serio, importante. La mayoría de los adultos no entienden esto, y suelen subestimar, transgredir e irrespetar los momentos de juego del niño, bien sea porque le dicen cómo debe hacerlo, cómo debe tratar los juguetes, o porque se involucra sin su consentimiento, se burla de su fantasía o lo saca del momento de juego sin previo aviso.

Por todo lo expuesto, el juego es empleado por terapeutas como un modo de terapia, en donde se dispone un espacio para que el niño, a través de sus juegos, libere y descargue lo que le afecta, se conozca a sí mismo y aprenda a afrontar y resolver conflictos. Incluso dentro de mis recomendaciones terapéuticas sugiero a los padres que comiencen a jugar más con sus hijos, a fin de estimular los vínculos afectivos y la comunicación. Cuando esto ocurre los niños dan un giro conductual, se vuelven más colaboradores, respetuosos, afectuosos, motivados y alegres, puesto que se sienten considerados y valorados.

Jugar implica una participación activa en el mundo que facilita saborear la vida, conocerla. Cuando jugamos hacemos uso de nuestra capacidad creativa por medio de la cual experimentamos libertad y podemos transformar las reglas injustas, los convencionalismos, el dolor, el miedo y la rabia en otras posibilidades. Cuando jugamos nos reinventamos y reconciliamos con nosotros mismos. De este modo el juego representa una herramienta liberadora de autocuración y autoconocimiento.