Psic. Anaís Barrios


9 comentarios

¿Qué es la crianza positiva?


love-1111815_1280

Es común escuchar en conversaciones entre adultos la creencia de que los niños de ahora no son iguales a los de antes, así como que la educación actual tampoco lo es. Bajo esta idea se asoma una especie de añoranza hacia esa educación “que sí era efectiva”, “donde los niños sí respetaban” y una especie de desconfianza hacia lo que se conoce actualmente como crianza positiva. Esta desconfianza es producto del desconocimiento y mala interpretación hacia lo que realmente promueve este modelo educativo. Es por ello que me animé a escribir al respecto, a fin de aclarar dudas y quizás de ganar algunos aliados.

No sabría decirles desde cuándo se empezó a hablar de crianza positiva. Es posible que este modelo de crianza haya surgido una vez comenzaron a reconocerse los derechos de los niños, debido a que está íntimamente relacionado con el buen trato, que ha sido uno de los principales puntos de atención en la creación de leyes y tratados. También es posible que a lo largo de la historia muchos padres se hayan atrevido a criar a sus hijos bajo métodos más positivos y respetuosos, aunque ello no fuese lo que reinase dentro de su sistema educacional y cultural. Un aplauso para ellos.

La crianza positiva es el establecimiento de límites y normas dentro de un contexto afectivo, donde el diálogo constante, la comprensión, el respeto y los acuerdos son los pilares de la relación padre-hijo y los medios más efectivos para lograr que los niños sean colaboradores, considerados y responsables de sus actos. La crianza positiva reconoce al niño como un sujeto de derechos y ajusta sus métodos al nivel de desarrollo evolutivo del niño, considerando siempre que éste siente, piensa, experimenta y aprende a su ritmo y a su manera.

Más que métodos, son formas de convivir y relacionarnos; constituyen un estilo de vida que adoptamos con la apertura de estar dispuestos a aprender constantemente a ser mejores padres. Nada tiene que ver con quedarnos en un lugar cómodo donde lo nuevo es rechazado, donde nos conformamos con lo que aprendimos de la crianza que recibimos de nuestros padres y con lo que nosotros consideramos que es correcto. Criar de forma positiva implica estar actualizados, prepararnos continuamente y hacer monitoreo constante de nuestros objetivos de crianza, así como de nuestra conducta. Ello en tanto que esta forma de criar tiene que ver con el sano desarrollo y crecimiento de los hijos tanto como el de los padres.

Para algunos la crianza positiva es una especie de utopía, creyendo que es inalcanzable o inaplicable. Quizás lo más difícil de este método es el conjunto de destrezas y habilidades que los padres deben desarrollar, lo cual implica esfuerzo y voluntad. Esto último es algo que pocos quieren asumir. Lo segundo más difícil es convencerlos de que eso que han escuchado o interpretado de la crianza positiva nada tiene que ver con la misma. A modo de aclarar confusiones o ideas distorsionadas aquí les dejo algunos puntos a considerar:

Qué NO es la crianza positiva 

  • No es permisiva ni indulgente. Esto quiere decir que no promueve el que los padres dejen hacer a los niños lo que desean, sin ponerles límites y llamarles la atención. Así como se basa en los derechos, la crianza positiva se basa en los roles definidos y en los deberes de cada quien.
  • No es cómoda o negligente. No trata de permitir que los niños se críen solos, mientras el padre hace poco por cuidarlos y educarlos. Por otro lado, el padre se apoya de otros para criar pero no delega sus responsabilidades en los demás.
  • No es represiva ni autoritaria. No usa el castigo físico, las amenazas, la intimidación, la imposición de normas, los gritos y la humillación. No está dirigida a controlar a los hijos sino a acompañarlos, invitando a los padres a establecer otras maneras de relacionarse con sus hijos.
  • No es un modelo romántico. Este modelo de crianza está basado en diferentes disciplinas sobre el desarrollo humano, como la psicología, la pedagogía, el derecho, la antropología y la sociología. Es un modelo exigente para padres que desean criar sin violencia, promoviendo el desarrollo integral de sus hijos. 

Qué beneficios conlleva 

  • Una relación sólida entre padres e hijos, donde predomina el respeto, la confianza y la consideración por el otro.
  • Los padres aprenden a educar de forma sensible y consciente y los hijos a obedecer de forma crítica y responsable.
  • Fortalece la autoestima de los hijos, así como la de los padres. Con ello, no me refiero a padres e hijos perfectos, sino a seres humanos que aceptan sus defectos, aprenden de sus errores y saben cuándo deben pedir disculpas.
  • El clima familiar es armónico y afectuoso, teniendo herramientas para afrontar las situaciones de estrés o sabiendo pedir ayuda cuando es necesario.
  • El vínculo afectivo permanece a lo largo del tiempo.
  • Es un modelo que fomenta habilidades para la vida, las cuales harán de los hijos adultos capaces para valerse de sí mismos y construir relaciones sanas. 

Como pueden ver, más que una actitud, la crianza positiva es un compromiso, un plan de vida. ¿Quieren asumirlo? Si se animan, este es el inicio de una serie de escritos que estarán dedicados a ofrecer a los padres herramientas útiles para criar positivamente. Dichos escritos estarán divididos en lo que considero los cuatro pilares de la crianza positiva, a saber.

  1. El manejo emocional de los padres
  2. Establecer límites firmes y consistentes
  3. La comunicación asertiva
  4. El abordaje de las conductas difíciles

Los invito entonces a estar atentos a las próximas publicaciones y en general a leer el contenido de este blog, el cual está orientado a la promoción de la crianza positiva.

¿Tienes alguna duda u objeción sobre la crianza positiva? No dejes de compartirla en los comentarios.

Anuncios


Deja un comentario

Lucas, la valentía de ser diferente


 

81y-skJuRcL

Los libros de cuentos son instrumentos excelentes para acceder al vasto mundo de los niños. Por eso, los utilizo en la consulta psicológica para trabajar junto a los chicos sus historias personales. Siempre elijo cuentos con los que creo el niño se va a identificar. En el caso particular de hoy, les hablaré sobre un cuento que despierta las pasiones reivindicativas de los niños.

Lucas fue escrito por Tony Bradman, ilustrado por Tony Ross y publicado por la editorial Océano Travesía. Este breve cuento está narrado en un lenguaje sencillo y lúdico, viniendo acompañado de grandes ilustraciones que reflejan con humor las características particulares del protagonista. Como el título del libro lo indica, la historia trata sobre Lucas. Un niño que debe enfrentarse al desaliento y la incomprensión de sus maestros.

Parece que ser diferente es un problema o por lo menos así lo creen los maestros de Lucas ante sus conductas e intereses poco usuales. Lo interesante es que Lucas es muy valiente al no detener el proyecto que se traía entre manos, pasando por encima del poco éxito que le pronosticaban sus maestros.

Esta historia no sólo nos habla de lo difícil que es ser diferentes en un mundo que está cómodo con todo aquello que se considera normal, frecuente, convencional, aceptable o esperado. También nos habla de la rigidez que aún persiste dentro del sistema educativo ante la diversidad y los talentos de los niños. Asimismo, nos habla de la confianza personal, de la tenacidad y el trabajo que implica alcanzar nuestros sueños o metas.

Lo mejor de este libro es el final, pues no sólo sorprende al lector, sino que arranca expresiones de reclamo a favor del protagonista, un reclamo que también funciona para defenderse uno mismo. Para mí, es un libro cuyo final indigna a muchos niños, pues muchos ven en la historia de Lucas su propia historia: la de ser señalados, criticados, incomprendidos, etiquetados y desalentados. Se podría decir que el final es humor negro del bueno.

Con este libro he tenido grandes experiencias, pues me ha servido para hablar con los niños sobre el trato que han recibido de los demás por sus conductas y sobre la autoconfianza. Recuerdo una oportunidad cuando lo leí con un grupo de niños que presentaban problemas académicos y conductuales, todos levantaron su puño y se quejaron al escuchar el final del cuento. De estos niños aprendí que estaban más preparados para defenderse de los ataques de los adultos que preparados para recibir los elogios. Ojalá los niños diferentes fuesen acogidos en un mundo más tolerante y optimista.

lucas-2


8 comentarios

Lo que aprenden los niños del castigo físico


 

Imagen 09

Untitled by Colby Stopa

“Te pego para que aprendas”.

“A ese niño le falta un buen correazo para que sepa respetar”.

“Si mi hijo me habla así, ten por seguro que se gana unas cachetadas”.

“Un correazo a tiempo no le hace mal a nadie”.

“Si no te pego, no aprendes”.

“Te pego porque soy tu mamá y tienes que aprender a hacer caso”.

“Tendrás que aprender a los golpes”.

¿Les resultan familiares estás frases? Es posible que muchos de nosotros hayamos escuchado que el castigo físico es necesario para educar a los hijos. Los menos ortodoxos creen que el castigo físico es necesario sólo en algunos momentos, pero no siempre, o que está bien pegar pero sin dejar marcas físicas en los niños. Lo cierto es que, aunque cada vez hay más padres que han optado por ofrecer a sus hijos una crianza basada en el buen trato, todavía existe una gran mayoría de personas que tienen una fe irracional, elogian y reconocen al castigo físico como método de crianza. En especial, parece que muchos concuerdan que este método es necesario cuando la conducta del niño o adolescente se ha vuelto realmente problemática y el único método “efectivo” de detenerla es pegarles.

Sé por experiencia que la mayoría de los padres o cuidadores que usan el castigo físico tienen el objetivo de enseñarles algo a sus hijos, pero ¿qué es eso que están enseñando? Es claro que de las acciones de los padres los niños aprenden, pero ¿qué aprenden del castigo físico? Hoy les voy contar lo que he podido observar en la consulta sobre lo que los niños aprenden de la correa, la cachetada, el chancletazo, el jalón de oreja, el pellizco, el puñetazo, la nalgada, el empujón, el zarandeo, el apretón…

Aprenden a obedecer por temor

El castigo físico no sólo genera dolor físico sino también dolor emocional, así como siembra el temor de los hijos a la disciplina del padre. Es así como los niños aprenden a obedecer por temor y no por respeto, por temor y no por sentido de responsabilidad, por temor y no por razón. Algunos padres se inflan de orgullo diciendo que sus hijos son obedientes porque les tienen miedo. Cuando uno de los pilares de la crianza es que el niño sienta miedo del padre, se está reduciendo significativamente la relación padre-hijo al construir un vínculo falto de confianza, respeto, afecto, comunicación y consideración. Creo que es más bonito que los hijos nos obedezcan porque nos admiran y respetan y no porque nos temen. Si preferimos que la relación con nuestros hijos esté basada en el temor, eso quiere decir que estamos muy carentes de habilidades para establecer relaciones sanas. 

Aprenden a sentirse culpables

Cuando un padre pega a su hijo suele justificar su acción haciendo ver que fue culpa del niño. Pocas veces se detiene a pensar qué ha hecho como padre o qué condiciones ha favorecido para que el niño se comporte de forma negativa, puesto que es más cómodo culpar al niño que hacer una revisión de los métodos de crianza y las conductas propias. En este contexto, el niño aprende a sentirse responsable de los problemas que ocurren en la relación con sus padres y aprende a culpabilizarse por su conducta. Una cosa es enseñar a los niños a ser responsables y conscientes de sus conductas y otra es que aprendan a sentirse culpables por las decisiones, reacciones y sentimientos que como padres asumimos ante las situaciones de crianza. Esto pudieran extrapolarlo en el futuro en sus otras relaciones.

Aprenden a creer que son malos

Al hacerles sentir culpables y merecedores de castigo físico también les enseñamos a creer que son niños malos. ¿Cómo enseñamos esto? Cuando le decimos que se portan mal, que son insoportables, que nadie los puede controlar, que se ganan que les peguen, que son un problema, que hacen que los demás pierdan la paciencia… Es decir cuando les ayudamos a construir un autoconcepto negativo de sí mismos, no les damos oportunidad para equivocarse y no les entrenamos para que aprendan a enmendar y mejorar sus conducta.

Aprenden que los golpes son una forma de resolver problemas 

Cuando nos valemos del castigo físico les estamos enseñando que la agresión es una forma de resolver problemas y que la impulsividad no merece ser educada. En este sentido, el niño aprende que cuando se encuentra ante una situación de desventaja, ante un malentendido, desacuerdo o cuando algo va en contra de sus deseos la opción más fácil es recurrir a la violencia. Después, nos ganamos la medalla de la incongruencia, cuando les castigamos por golpear a sus hermanos, amigos o compañeros de clase en los momentos que han tenido problemas con ellos. Hacemos niños emocionalmente más inteligentes cuando les enseñamos a resolver problemas sin pegar, pellizcar, morder, patear, gritar, amenazar, chantajear o manipular. Un reto que pocos queremos asumir porque tendríamos que aprender primero a dejar de emplear esas conductas.

Aprenden que el maltrato es normal e incluso válido

A pesar de que los niños sufren cuando reciben castigo físico, he podido escucharles decir que se lo merecían, que es normal que los padres peguen y que está bien que les peguen. Es decir, reproducen las justificaciones de los padres. Para aquellos que reciben castigo físico de forma intensa, su mayor deseo no es que les dejen de pegar sino que por lo menos no les peguen en la calle o delante de los demás. Esto es realmente deprimente e injusto. Nadie debería crecer con la creencia de que merece ser golpeado por la persona que lo educa o lo ama. Ningún tipo de agresión tiene justificación, en especial cuando agredir se ha tipificado como una transgresión a los derechos personales. Bajo estas condiciones se favorece que en el futuro los niños se conviertan en víctimas de maltrato o en victimarios.

Aprenden que basta tener un rol de poder para agredir

Cuando el padre se vale de su rol para usar el castigo físico, le enseña al niño que el poder da concesiones para agredir a los demás. Sólo basta tener un rol de poder para tener ventaja sobre los otros. Con ello, se enseña que los roles y el poder que éstos nos ofrecen pueden fácilmente ser corruptibles, si así nosotros los deseamos. Esta es un arma de doble filo, pues los padres no tienen para siempre el poder; los hijos crecen y a veces deben encargarse de sus padres. En este intercambio de roles, ¿cómo usarán los hijos su poder?

Aprenden a descargar sus frustraciones con los demás

He podido notar que cuando los padres recurren al castigo físico la emoción que reina es la frustración. Deciden reprender físicamente a sus hijos cuando sienten frustración por no obtener de ellos obediencia, colaboración o consideración. Entonces, el castigo físico se vuelve una técnica de descarga emocional más que de crianza. También pasa muy frecuentemente que a la frustración con el hijo se le unen otras frustraciones personales y el niño termina recibiendo una descarga de golpes y humillaciones que no necesariamente tienen que ver con su conducta. De esta forma, el niño aprende a patear a su perro, lanzar los objetos, golpear o gritar a los demás cuando se encuentra frustrado.

Aprenden a mentir

Muchos niños mienten para evitar las represalias de sus padres, volviéndose unos expertos en ocultar o distorsionar sus acciones. Aquí volvemos al primer punto, donde el castigo físico genera más temor que respeto. Pero no sólo mienten para evitar ser castigados, sino que también mienten para que el castigo sea corto y menos doloroso. Recuerdo cuando un niño me dijo que solía gritar y llorar más de la cuenta cuando su madre le pegaba para que ésta dejara de hacerlo. En este caso, la mentira se volvió en un recurso de supervivencia. Ojalá los niños no tuvieran necesidad de mentir y pudieran asumir con sinceridad y responsabilidad sus conductas, pues en vez de recibir reprimendas físicas reciben comprensión y pautas para mejorar su conducta.

Aprenden a guardar rencor y buscar vengarse

No todos los niños son iguales y asumirán con sumisión la conducta represiva de sus padres. Algunos asumen el castigo físico como una lucha de poder, lo cual los impulsa a buscar formas de venganza o de sacar de las casillas a sus castigadores. Todo esto se vuelve en una fuente de rencor y rivalidad para el niño, sentimientos contrapuestos a una verdadera relación padre-hijo.

Estos son algunos de los aprendizajes que pueden obtener los niños del castigo físico. Yo tengo mi opinión sobre el castigo físico, pero dejaré que ustedes saquen sus propias conclusiones sobre la efectividad educativa de este método de disciplina y crianza.

Comparte tu opinión en los comentarios.


4 comentarios

Reto del año: escuchar más a los niños


Family-communication.

¿Por qué no iniciar el año con un reto? Antes les cuento dos anécdotas.

La primera tiene que ver con una conversación que tuve con mi sobrino de 10 años. Una tarde se acerca y me pregunta dónde están las glándulas salivales. Traté de responderle lo mejor posible, pero la respuesta fue un poco precaria, gracias a mis escasos conocimientos de anatomía. Para compensar la cosa, y aprovechando que estaba hablando de la salivación, le conté sobre el experimento de Pavlov con los perros. Al verlo interesado por el tema, fui más allá y le hablé sobre cómo ese experimento sirvió de base para crear la teoría del aprendizaje por condicionamiento y para ser más ilustrativa le expliqué una técnica sencilla de condicionamiento para ayudar a los niños a concentrarse, en este punto me interrumpe y me dice que esa técnica le puede servir a su maestra para ayudar a un compañero que se distrae mucho en la escuela. Entonces yo le sugiero que hable con la maestra y le cuente sobre lo que hemos hablado. Las respuestas que dio mi sobrino a continuación fueron las que motivaron este artículo. Me dijo, en tono resignado y desesperanzado: “tía, ella no me va a creer”. Cuando le pregunto por qué dice eso, me dice: “no creo que me escuche y si le cuento de la técnica, no me va a creer. Es mejor que se lo digas tú”, dándome a entender que este tipo de información es más creíble que la dé un adulto que un niño.

Esto me hizo pensar en los diferentes momentos en que los niños desean expresar una idea, un sentimiento, una creencia, un conocimiento, su versión de una situación y nosotros los adultos subestimamos, desvalorizamos, ignoramos o desechamos estas expresiones al llegar a creer que los niños suelen ser fantasiosos, inventadores, no tan inteligentes e incluso mentirosos. Así fue como recordé a Luisa (nombre ficticio), la niña que forma parte de la segunda anécdota que les quiero contar.

Luisa es una niña que estaba asistiendo a mi consulta junto a su madre. Un día la madre llega muy molesta a la consulta mostrándome una nota que la maestra había dejado en el cuaderno de Luisa donde relata un incidente ocurrido en la escuela. Al leer la nota me pareció un poco exagerado el tono de alarma y acusación hacia la conducta de Luisa, sin mostrar matices y explicaciones de cómo sucedió todo lo narrado. Trato de calmar a la madre y le pido que me permita hablar con Luisa. Cuando le pido a Luisa entrar al consultorio, la noto avergonzada y apenas cierro la puerta comienza a llorar diciéndome que su mamá la había regañado muy fuerte en el carro. La consuelo y le digo que quiero escuchar su versión de la situación. Cuando me comienza a contar puedo notar algunas cosas irregulares y comienzo a indagar más. Así me entero que la conducta de Luisa que había horrorizado ese día a las maestras, la había aprendido de ellas. Luisa había intentado abrir la puerta del patio de receso con un cuchillo de plástico porque antes había visto a sus maestras abrir dicha puerta con cuchillos u otros objetos y no con las llaves. Con esta nueva información, hablo con la madre de Luisa. Le pregunto si cuando leyó la nota le pidió a Luisa que le contara lo que había sucedido; la madre confiesa que no le preguntó nada, que en realidad se molestó mucho por la nota y enseguida regañó a la niña. Cuando le comento lo que Luisa me contó y las preguntas que le hice, la madre cambia de semblante y nota que se dejó llevar por las emociones que suscitó la nota sin antes detenerse a conversar e indagar más al respecto.

A través de la primera anécdota pude apreciar la sensación que puede tener un niño de que pocos le escuchan o pocos creen lo que dice y de la segunda anécdota rescato esa actitud que solemos adoptar los adultos de creer más en lo que dicen los demás, sin preguntar y esperar escuchar lo que el niño tiene que decir. También de la historia de Luisa resalto esa respuesta impulsiva y exagerada que podemos presentar los adultos ante algo que el niño ha hecho o dicho, diciendo y haciendo cosas sin gestionar nuestras emociones. En este contexto, donde poco nos detenemos a escuchar, creer y conversar con los niños, podemos llegar a ser capaces de reprocharles cuando en el futuro no nos cuentan sus cosas.

El reto

Ya contada ambas anécdotas es momento de hablarles sobre el reto. Les propongo que se detengan a escuchar y conversar con los niños que tienen cerca. Bien sea sus hijos, sobrinos, vecinos, alumnos, nietos, pacientes o un niño que acaban de conocer. Deténganse a escucharlos. Se sorprenderán de todo lo que tienen que decir y de lo valiosas que pueden ser sus opiniones al momento de comprender una situación, aclarar un problema, idear soluciones y establecer acuerdos. Adicionalmente, con ello enseñamos a los niños a hacer valer sus opiniones, fortalecemos su autoconfianza y estimulamos sus habilidades de comunicación y de socialización.

El reto implica preguntar más y juzgar menos, creer más y desconfiar menos, valorar más y subestimar menos, acercarse más y alejarse menos. Implica estar dispuestos a buscar soluciones ante las situaciones difíciles o los eventos cotidianos no deseados, en vez de magnificarlos o empeorarlos con incomunicación o el silenciamiento de los niños. Implica generar un espacio de escucha no sólo para hablar de los problemas sino también de las cosas buenas que suceden, de los sueños, de las metas, de los intereses, de las motivaciones, de los afectos.

Cuando nos escuchamos nos conocemos, cuando nos conocemos nos comprendemos, cuando nos comprendemos nos colaboramos. En resumen, cuando nos escuchamos aprendemos a amarnos. Si escuchan más a los niños que tienen cerca serán merecedores de su confianza y permanecerán por mucho tiempo en sus afectos. ¿Acaso no desean todo esto? ¿Están dispuestos a cumplir este reto? Ahí se los dejo.

Si mi propuesta les ha resultado atractiva, pero no saben muy bien cómo llevarla a cabo les invito a seguir leyendo los posts que estaré publicando en las próximas semanas sobre crianza positiva.

____________________________________

¿Recuerdan quién les escuchó más cuando fueron niños?