Psic. Anaís Barrios


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Qué hacer ante la revelación de abuso sexual


El abuso sexual es uno de esos temas que solemos temer, puesto que resulta perturbador pensar o enterarse que un niño ha sido víctima de esta forma grave de maltrato. En mi experiencia profesional, he podido conocer diferentes reacciones de los padres, maestros o especialistas ante la revelación de abuso. La mayoría de las veces las respuestas son impulsivas, desordenadas o ineficaces. Es natural que ante una noticia como esta se desate una crisis donde la desesperación, la impotencia o la incredulidad puedan tomar partido. No obstante, las investigaciones indican que una respuesta oportuna, sensible y respetuosa hace la diferencia al momento de atender una situación de abuso sexual, puesto que está orientada a proteger a la víctima, garantizando su seguridad y recuperación.

Para un niño que ha sido abusado es muy difícil verbalizar lo que le ha sucedido; la mayoría de las veces siente mucha vergüenza y temor a la reacción que tome la persona que escucha. El niño no sabe si le creerán, si le brindarán apoyo, si será juzgado o culpabilizado. Se necesita de mucho valor para contar una experiencia de abuso. Si un niño se nos acerca para contarnos lo que le pasó, posiblemente nos eligió porque confía en nosotros y espera que le ayudemos. Entonces tenemos la responsabilidad de estar disponibles para ese niño y de prestarle nuestro mejor apoyo.

Con lo que he estudiado y aprendido en el abordaje de casos de abuso sexual he podido ir definiendo aquellas reacciones más importantes y urgentes que se deben emprender ante cualquier revelación. En este sentido, comparto estas sugerencias con aquellos que tienen dudas sobre lo que se debe hacer ante la revelación de abuso sexual.

Qué hacer 

  • Trate con dignidad a la víctima, lo cual implica estar dispuesto a escuchar y sobre todo a creer en lo que el niño cuenta. Cuando dudamos o negamos lo que el niño dice lo victimizamos y mitigamos su voluntad de hablar. Los registros indican que los niños no suelen mentir ni fantasear alrededor de este tema.
  • Mantenga la calma. Si reaccionamos con alarma, indignación y rechazo asustaremos al niño y éste podría sentir culpa por creer que ha generado malestar en los otros con su relato.
  • Genere un clima de confianza y tranquilidad, comuníquele su apoyo con frases como: “Gracias por confiar en mí y contarme lo que te ha pasado”; “Has sido muy valiente al contar lo que ha ocurrido”; “Me duele que te haya pasado esto, pero buscaremos ayuda”.
  • Sea paciente y escuche con atención. A veces el niño se toma su tiempo para revelar su experiencia: se entrecorta su voz, tiembla, llora, queda en silencio. Escuche sin interrumpirlo, sin anticiparse poniendo palabras por él, sin corregir su lenguaje y sin hacer preguntas que lo hagan dudar (¿estás seguro que sucedió una sola vez?).
  • Informe que el abuso no debe suceder porque va en contra de sus derechos y que son acciones inadecuadas e incluso sancionables.
  • Explíquele que es necesario tomar medidas para que el abuso se detenga y quizás esas medidas impliquen algunos cambios en la vida cotidiana que no van interrumpir sus actividades más importantes.
  • Explíquele que otras personas deben saber lo que le pasó y que sólo lo sabrán aquellas que podrán ayudarlo.
  • Si el niño le hace preguntas sobre lo que sucederá responda con sinceridad y de forma concreta. Evite prometerle cosas que no sabe si podrá cumplir o inventar respuestas. A veces lo mejor es decir: “No sé, pero vamos a buscar ayuda”.
  • Mientras se emprenden los procesos legales o de asistencia es sumamente importante evitar que el niño tenga contacto con el agresor. Debemos resguardarlo de que el abuso se repita o se intensifique.
  • Busque ayuda especializada: psicólogos con experiencia en atención de abuso sexual, asesoría legal, apoyo por parte de ONGs o centros especializados en violencia. El abuso no se detiene ni se repara cuando queremos atenderlo a puerta cerrada (sólo entre familiares) sin recurrir a otras instancias.

Lo que NUNCA debemos hacer

  • Confrontar a la víctima con el agresor para corroborar versiones. No debemos colocar al niño en una posición donde deba defender su relato.
  • Creer que el niño miente, fantasea o ha provocado el abuso.
  • Castigar o regañar al niño porque no dijo a tiempo lo que le pasó o porque no se defendió. Muchas veces los niños son engañados o amenazados para que no hablen. La víctima nunca es culpable.
  • Hacer interrogatorios constantes al niño o permitir que otros miembros de la familia aborden al niño para que vuelva a contar lo sucedido. Esto genera estrés puesto que el niño para poder contar debe recordar situaciones dolorosas o desagradables. Esto lo revictimiza, lo cual profundiza los síntomas traumáticos.
  • Tratar al niño de forma especial o sobreprotegerlo. Se le debe acompañar y cuidar, tanto como empoderar: que conozca sus derechos, que conozca su cuerpo y aprenda a cuidarlo, que sepa identificar y actuar ante situaciones de riesgo.
  • Expresarse de forma despectiva u ofensiva o expresar acciones de venganza hacia al agresor puesto que para el niño éste puede ser una persona importante a la que le tiene afecto. No debemos resolver un asunto de violencia con violencia, debemos seguir los canales regulares: buscar asesoría legal y denunciar.
  • Dejarnos dominar por nuestras emociones sin atender las necesidades del niño. A veces nos preocupamos más por descargar nuestra ira o indignación, descuidando la atención que el niño merece.
  • Obligar al niño a mostrar sus lesiones a otras personas, familiares o profesionales. Sólo un médico forense autorizado puede evaluar las lesiones. Si un médico forense debe revisar al niño, debemos explicarle con anticipación este procedimiento y generarle calma y seguridad.
  • Mostrar una actitud pesimista, catastrófica o desalentadora sobre el porvenir del niño. Evite expresiones como estas: “Te arruinaron la vida”; “Nunca podremos superar esto”; “Ahora no confiaremos en nadie”; “Te han marcado para siempre”.
  • Decir o prometer al niño que con el tiempo va a olvidar lo sucedido. El abuso sexual es una experiencia traumática; por lo tanto no se olvida, y en especial si sucedió de forma crónica. Con ayuda especializada se puede ayudar al niño a que su recuerdo sea menos doloroso y atemorizante; se le puede ayudar a resignificar su experiencia pero no a olvidarla.
  • Aplicar nuestros conocimientos profesionales a un familiar que ha sido abusado. Esta es una conducta antiética que perjudica al niño y va en contra de un proceso adecuado de asistencia. Este tipo de acciones también contamina los procesos legales. Absténgase de aplicar pruebas psicológicas, hacer entrevistas, hacer intervenciones o conciliaciones familiares, hacer exámenes médicos o medicar al familiar abusado. Podemos acompañar y apoyar a un familiar abusado, mas no atenderlo como profesionales. Lo ideal es referir al niño a los especialistas competentes.
  • Recibir una revelación de abuso sexual y no hacer nada o promover el silencio. Si hacemos esto somos cómplices de violencia y reforzamos la desconfianza y desesperanza del niño hacia los otros, lo cual deviene en un sentimiento de soledad y desamparo.

Es abrumador escuchar una revelación de abuso sexual, pero más abrumador es para el niño que nosotros no sepamos cómo tratarle y qué hacer para ayudarle. En estas sugerencias encontramos esos primeros pasos que debemos emprender para poder actuar de forma preventiva y competente, espero les sean de utilidad.

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Zorro: la pérdida, la maldad y la amistad


By Anaís Barrios

En la elección de cuentos para los niños es frecuente ver a padres y maestros prefiriendo historias con finales felices o con contenido moralizante. Le huyen a esos libros que abordan temas tabúes o que presentan emociones humanas tan complejas como la tristeza, la envidia, la soledad, el duelo, el rencor, la traición o la desgana de vivir. Este tipo de historias suelen ser tildadas de aburridas o demasiados tristes para un infante y es así como se pierde la oportunidad de ampliar el repertorio emocional de los niños y de ampliar su visión de la vida y la humanidad. De algo de esto último trata el libro que hoy les presento.

Zorro es un cuento de la autora Margaret Wild, ilustrado por Ron Brooks y publicado por Ediciones Ekaré. En un primer contacto, el título de este libro parece simple y poco tentador, pero una vez lees la historia toma todo su peso y carga simbólica. De forma exageradamente resumida, podría decir que el cuento trata de la amistad entre una urraca y un perro, y la envidia de un zorro. Aunque para mí la protagonista es la urraca, es el zorro quién moviliza las acciones y hace que Urraca cuestione su situación. Zorro no sólo afecta a Urraca, también llega a nosotros a través de su mirada, que nos interroga y nos hace conscientes de nuestra vulnerabilidad. Esta es una historia económica en palabras, pero muy sugerente y llena de emociones profundas y complejas que, junto a las hermosas ilustraciones que la acompañan, terminan envolviéndote en una atmósfera de tristeza, ternura, tensión, miedo y lucha. Para mí es claro que lo mejor de esta historia no es el reconocimiento de la maldad del otro sino las ganas de luchar y de encontrar en la amistad una razón de vivir.

Lo que me fascina de este libro es que condensa diferentes temas para ser conversados con los niños: la pérdida de una parte de nosotros, la búsqueda de sentido, el reconocimiento del peligro, la asimilación del riesgo, el amor por el otro que también es amor por uno mismo. Me fascina la dualidad que encierra el zorro, cuyo aullido no se sabe si es de triunfo o desesperación. Expone temas intrínsecamente humanos, situaciones a las que los niños no necesariamente permanecerán ajenos siempre.

Los niños que no han experimentado experiencias como estas pueden adquirir de este cuento nuevos significados que les permitan estar alerta y afrontar en el futuro situaciones adversas. Los niños que sí han experimentado experiencias similares pueden encontrar en este libro alguna respuesta a sus preguntas o quizás un poco más de empuje para seguir viviendo a pesar de todo.

Es necesario decir que el libro no hace solo el trabajo, es el adulto que lee con el niño el que debe crear un espacio de cálida compañía para que juntos se atrevan a conocer a Zorro, un personaje que no nos dejará salir ilesos.


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El reto de criar y trabajar -parte 2-


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En la primera parte de este artículo encontramos las primeras cinco consideraciones que pueden ser importantes para equilibrar la responsabilidad de criar y trabajar. Hoy les comparto las cinco restantes, esperando puedan encontrar en ellas alguna guía que les permita tener éxito en sus proyectos de familia y desarrollo profesional. Esta no es una receta que deba cumplirse al pie de la letra. Tomen de aquí aquello que se ajuste a ustedes e intégrenlo con creatividad dentro de sus objetivos parentales. ¡Continuemos, pues!

Tacto y límites al momento de delegar

Cuando somos padres trabajadores es posible que nos toque delegar el cuidado de nuestros hijos a otros, en los momentos que no podemos encargarnos nosotros mismos por el deber de cumplir con compromisos u horarios laborales. Aquí tenemos que tener mucho cuidado. Deleguemos lo necesario y busquemos la ayuda de personas que sepan cuidar a nuestros hijos y respetar nuestros métodos de crianza. Está bien apoyarse de una niñera, la escuela u otro familiar para que temporalmente cuiden de los niños, pero no está bien creer que estas figuras deben encargarse de ellos mientras nosotros nos sumergimos en nuestro mundo laboral. Me ha tocado ver hijos que conciben a otro miembro de la familia u otra persona como figura parental, mientras los verdaderos padres son para ellos un miembro de la familia más o simples figuras proveedoras. Una cosa es delegar, confiar y buscar apoyo en los demás y otra abandonar.

Una disciplina articulada entre padres y cuidadores

La crianza contempla el afecto, el cuidado físico, la educación en valores y en habilidades para la vida, así como la disciplina. Lo ideal es que la disciplina entre madre y padre esté articulada, tanto como la disciplina entre padres y cuidadores. Unos métodos de crianza consensuados y coherentes brindan un ambiente seguro al niño donde está definido qué se espera de él, cómo debe responder ante ciertas situaciones, hasta qué punto se le permitirán ciertas conductas y qué consecuencias positivas o negativas obtendrá por sus acciones. Cuando la disciplina no está articulada se generan normas y límites contrapuestos, ambiguos e inestables que llenan de confusión al niño y afectan el sano desempeño de su conducta. En muchas ocasiones ha sido necesario que los cuidadores asistan a mi consulta psicológica para que reciban el mismo entrenamiento y las mismas herramientas de disciplina que reciben los padres. Así los adultos trabajan en equipo y el niño crece en un ambiente estable de contención y afectividad. Si un cuidador no está dispuesto a colaborar con una disciplina articulada y nutritiva, entonces debemos agradecerle su intención de cuidar pero debemos elegir otra persona para que nos ayude a hacerlo.

Comunicación constante

Suena a disco rayado pero la comunicación es la base de las relaciones. A través de la comunicación se crean los vínculos, la intimidad, la cercanía, el conocimiento del otro, la colaboración y la comprensión: la afectividad. Es doloroso ver cómo muchos padres olvidan este medio tan importante para relacionarse con sus hijos. Muchos creen que se comunican pero en realidad no lo hacen. Lo que he aprendido en estos años de trabajo es que los adultos pocas veces se detienen a hablar con los niños de forma abierta y comprensiva; lo que sí hacen es juzgarlos, reprocharles, culpabilizarlos, ocultarles información, mentirles, prometerles cosas que no cumplen, silenciarlos, tomar decisiones inconsultas y disimular sus propios sentimientos. Entonces los niños van llevados por las dinámicas de la familia, construyendo sus propias explicaciones o confundidos por lo que pasa o les rodea. He podido ver cómo los niños comienzan a ser colaboradores, agradecidos, maduros, sinceros y espontáneos cuando sus padres generan espacios de comunicación. Si vamos a dividir nuestro tiempo entre el trabajo y la familia, que la comunicación sea el puente hacia los hijos, que se vuelva una forma de protegerlos, de fortalecerlos, de nutrirlos, de mantenerlos cerca. Para comunicarse se requiere paciencia, tiempo oportuno, manejo de emociones, sinceridad, apertura, tolerancia, deseos de conocer y mirar al otro.

No es la cantidad es la calidad

Entre el trabajo, la escuela, los quehaceres de la casa, las actividades extracurriculares, el gimnasio y las compras, el tiempo de calidad en familia queda disuelto. Es así como para algunas familias compartir es sólo cenar mientras ven televisión. Para otras familias el tiempo donde coinciden padres e hijos, que suele ser al final del día, tiende a ser un espacio lleno de estrés, caracterizado por el conflicto y la incomunicación. Aquí entra otra de las cosas que he aprendido trabajando con niños y es que en realidad los niños no esperan que los adultos reservemos todo nuestro tiempo para ellos; sólo esperan ser tomados en cuenta, sentir que forman parte de la familia, que se les quiere y valora. No es la cantidad de tiempo que pasa junta una familia, es la calidad del tiempo compartido. Esas dosis de caricias, miradas, juegos, paseos, actividades conjuntas e historias compartidas son las que potencian el valor de estar juntos y de tenerse el uno para el otro. Los niños disfrutan de contar con un tiempo exclusivo para ellos donde se les escucha, atiende y acompaña. Y ese tiempo exclusivo no implica 12 horas del día, puede ser una rutina de ejercicios al aire libre, cocinar juntos, jugar un juego de mesa, leer cuentos antes de dormir, hacerse cosquillas, contarse las anécdotas del día, ver una película elegida entre todos, prepararse una merienda, darse un masaje. Siempre recomiendo a los padres que acuerden con sus hijos actividades conjuntas donde puedan aprovechar de forma gratificante el tiempo, que comuniquen las limitaciones de su disponibilidad y que compensen cuando no han podido cumplir con los planes recreativos.

Deténgase

Que del apuro no quede el cansancio o una familia sostenida en una base de naipes. La vida se presenta como una vorágine donde confluyen muchas distracciones y necesidades ficticias. Es por ello que debemos detenernos cada cierto tiempo para hacer un inventario de nuestra vida, para evaluar cómo vamos avanzando en los objetivos de crianza, para elaborar situaciones, para resignificar experiencias, para determinar cómo nos sentimos como padres y profesionales, cómo se sienten y se han venido desarrollando nuestros hijos. Muchas personas que terminan en la consulta médica o psicológica han sido personas que no se han detenido a escuchar, a mirar o a hablar. Que han pasado por encima de los problemas, que han ignorado las señales de alerta, que han dejado su vida en manos de un milagro o que han esperado que otros se encarguen de sus asuntos. Debemos buscar momentos para detenernos y revaluar los pasos que damos, para soltar lo que ya no nos sirve y redefinir. Si no lo hacemos la vida nos arropará y nos obligará de forma dolorosa a detenernos en un momento donde quizás pueda ser demasiado tarde. Espero que éste no sea su caso.

Estas serían las recomendaciones y observaciones que comparto con aquellos padres que crían y trabajan. Si he dejado algún cabo suelto, un punto sin tratar o tienen algún comentario o aporte no dejen de compartirlo.


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El reto de criar y trabajar -parte 1-


Con este artículo no sólo le quito las telarañas al blog (lo tenía un poco abandonado), sino que también cumplo con la petición que me hizo unos meses atrás Crianza Querétaro al sugerirme que escribiese algo sobre la crianza cuando los padres trabajan fuera de casa. Cumplo con gusto esta tarea por ser la primera petición de un seguidor y por ser un tema acorde a las demandas actuales de la familia. También aprovecho para invitarlos a leer el blog Crianza Querétaro que contiene información muy práctica y valiosa para los padres, todo explicado de forma muy amena.

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Dentro de la dinámica de vida actual para nadie es extraño el hecho de que ambos padres deban trabajar para sostener el hogar. Incluso el reto mayor está en equilibrar el anhelo por el merecido desarrollo profesional o la estabilidad económica y la crianza de los hijos.

Casi todos los padres crean, alimentan y guardan un conjunto de expectativas y metas que desean ver consolidadas en la adultez de sus hijos. Pero una cosa es lo que deseamos y otra lo que alcanzamos, más cuando se trata de uno de los proyectos más importante que solemos emprender: la familia.

A muchos padres les resulta difícil alcanzar el ideal equilibrio familia-trabajo y terminan perdidos dentro de las múltiples demandas y responsabilidades que deben atender, lo cual se ve negativamente reflejado en la conducta, los logros y la forma de relacionarse de sus hijos. En este artículo encontrarán las primeras cinco pautas o consideraciones generales para asumir el gigante reto de criar y trabajar. Lo he desarrollado integrando lo que he podido ver en la atención a niños y padres acerca de esta materia. Sin más, aquí les dejo estas primeras consideraciones que sólo pretenden hacernos reflexionar sobre los roles que nos corresponden asumir y la importancia de encargarnos de nuestros hijos y de nosotros mismos.

Tener claro los objetivos de la crianza

Las buenas intenciones no son suficientes; es importante establecer metas reales de crianza ajustadas a cada periodo evolutivo de nuestro hijo. Cuando digo metas reales, me refiero a metas construidas en base a los recursos que tenemos, así como a las necesidades, los intereses y los rasgos de personalidad de nuestro hijo. Una vez sepamos cómo deseamos criar y qué deseamos obtener de ello, debemos emprender acciones coherentes, siendo siempre modelos a seguir. No vale desear un hijo respetuoso y obediente cuando nosotros somos groseros y cometemos faltas a las reglas. No vale enseñar habilidades sociales para que nuestro hijo sea súper sociable, sin considerar su personalidad introvertida. Otro aspecto importante, es el entrenamiento, la guía y la compañía que debemos ofrecer. No demos nada por sentado. Debemos estar allí brindando pautas con amor, acompañando. Igualmente, debemos estar dispuestos a informarnos, actualizarnos y buscar la ayuda cuando sea necesario.

Conocer las necesidades del hijo según su edad

Cada edad tiene sus propias características y necesidades. Un niño pequeño necesita más de nuestra supervisión y cercanía que un adolescente. Cuando no tenemos claras estas necesidades evolutivas podemos ser negligentes o demasiado exigentes, esperando cosas de nuestros hijos que no están preparados para cumplir por factores de madurez. Entonces a veces creemos que nuestro hijo puede esperar a que nosotros tengamos tiempo para compartir; y, cuando estamos dispuestos a ello, ya no lo necesita, bien sea porque ha aprendido a vivir sin ello o porque ha llenado esa necesidad con otra persona. Las necesidades caducan y surgen otras ajustadas al desarrollo del hijo. Esforcémonos por no llegar demasiado tarde a satisfacerlas, lo que sumará en el fortalecimiento de su integridad personal. Evitemos que nuestro hijo crezca con la sensación de que en el momento donde más nos necesitó nosotros estuvimos sumergidos en el trabajo.

Conocer las necesidades propias 

Así como es importante conocer las necesidades del hijo, es importante conocer las nuestras para colocar todo en una balanza. El padre tiene derecho a desarrollarse como profesional, a tener vida social y espacios de recreación, pero el hijo tiene derecho a recibir el cuidado y la atención del padre. Encargarnos de nuestro hijo no significa decirle adiós a nuestras necesidades. Lo que sí implica es saber determinar cuál es momento para satisfacerlas, en qué aspectos coinciden nuestras necesidades con las de nuestro hijo y cuándo debemos postergar o renunciar; postergar es esperar el momento a que pueda ser satisfecha, renunciar es aceptar que no podremos satisfacerla. Si en algún momento nos toca renunciar a una necesidad, hagámoslo bajo el reconocimiento de que fue decisión nuestra ser padres, con el orgullo de estar asumiendo con compromiso esa responsabilidad y con la confianza de que la renuncia no será infértil, pues seguro desprenderemos de ella deliciosos frutos. Por otra parte, las necesidades satisfechas se traducen en bienestar, si logramos equilibrar nuestras necesidades con la de los hijos, seremos ejemplo para que ellos aprendan a gestionar su vida. Si nos toca renunciar responsablemente, seremos ejemplo de compromiso y de amor. Los hijos tarde o temprano agradecen nuestros esfuerzos.

Organización del tiempo, priorizar

Habiendo definido nuestros objetivos de crianza e identificado las necesidades de nuestro hijo y las propias es crucial organizar nuestro tiempo de acuerdo a las rutinas de cada uno. La falta de organización es un error frecuente en muchos padres activamente trabajadores, lo cual no les permite optimizar el tiempo y hacer una distribución adecuada de los quehaceres y las responsabilidades. Esto hace que los padres lleven trabajo a casa, pierdan las reuniones o eventos de la escuela de sus hijos, vivan constantemente estresados y desaprovechen oportunidades cotidianas para el compartir familiar. Es importante establecer una lista de prioridades donde definamos qué es lo primordial en la crianza del hijo, qué es lo primordial en la consolidación de la familia y qué es lo primordial en el trabajo. Cuando tenemos claras las prioridades es más fácil gestionar el tiempo y cumplir satisfactoriamente con nuestros roles. Cuando no tenemos prioridades nos distraemos, perdemos o dejamos llevar por otras cosas que parecen importantes, pero en esencia no aportan nada para el presente o futuro de nuestros hijos y nuestro trabajo. Así tenemos padres que consideran necesario trabajar más para pagar las consultas psicológicas de sus hijos, cuando en realidad si comenzaran a emprender algunas acciones de crianza no necesitarían trabajar tanto ni depender por mucho tiempo de la atención psicológica.

Equidad en la distribución de quehaceres y responsabilidades

El equilibrio entre crianza y trabajo se consigue también desde un clima familiar de equidad, donde ambos padres trabajan y aportan económicamente tanto como se involucran y cuidan a los hijos. La demanda actual exige la participación de ambas figuras en la vida del niño, donde tanto madre como padre asumen responsabilidades por igual, sin diferenciar por género lo que debe hacer uno y lo que debe hacer el otro. Ambos padres están obligados a aprender a criar y a estar comprometidos con el sano desarrollo de los hijos. No es justo que uno tenga más demandas de crianza que otro, a pesar de que ambos tienen parecidas responsabilidades laborales. Cuando no hay equidad, la crianza se vuelve una cuesta arriba y uno de los padres se ve obligado a elegir entre desarrollo profesional e hijos. Si eres madre o padre soltero quizás este punto no aplique a ti, pero los anteriores y los que siguen sí.

Si le has sacado provecho a esta primera parte, no dejes de leer la siguiente parte, que ya salió publicada.