Psic. Anaís Barrios


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¿Qué es la crianza positiva?


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Es común escuchar en conversaciones entre adultos la creencia de que los niños de ahora no son iguales a los de antes, así como que la educación actual tampoco lo es. Bajo esta idea se asoma una especie de añoranza hacia esa educación “que sí era efectiva”, “donde los niños sí respetaban” y una especie de desconfianza hacia lo que se conoce actualmente como crianza positiva. Esta desconfianza es producto del desconocimiento y mala interpretación hacia lo que realmente promueve este modelo educativo. Es por ello que me animé a escribir al respecto, a fin de aclarar dudas y quizás de ganar algunos aliados.

No sabría decirles desde cuándo se empezó a hablar de crianza positiva. Es posible que este modelo de crianza haya surgido una vez comenzaron a reconocerse los derechos de los niños, debido a que está íntimamente relacionado con el buen trato, que ha sido uno de los principales puntos de atención en la creación de leyes y tratados. También es posible que a lo largo de la historia muchos padres se hayan atrevido a criar a sus hijos bajo métodos más positivos y respetuosos, aunque ello no fuese lo que reinase dentro de su sistema educacional y cultural. Un aplauso para ellos.

La crianza positiva es el establecimiento de límites y normas dentro de un contexto afectivo, donde el diálogo constante, la comprensión, el respeto y los acuerdos son los pilares de la relación padre-hijo y los medios más efectivos para lograr que los niños sean colaboradores, considerados y responsables de sus actos. La crianza positiva reconoce al niño como un sujeto de derechos y ajusta sus métodos al nivel de desarrollo evolutivo del niño, considerando siempre que éste siente, piensa, experimenta y aprende a su ritmo y a su manera.

Más que métodos, son formas de convivir y relacionarnos; constituyen un estilo de vida que adoptamos con la apertura de estar dispuestos a aprender constantemente a ser mejores padres. Nada tiene que ver con quedarnos en un lugar cómodo donde lo nuevo es rechazado, donde nos conformamos con lo que aprendimos de la crianza que recibimos de nuestros padres y con lo que nosotros consideramos que es correcto. Criar de forma positiva implica estar actualizados, prepararnos continuamente y hacer monitoreo constante de nuestros objetivos de crianza, así como de nuestra conducta. Ello en tanto que esta forma de criar tiene que ver con el sano desarrollo y crecimiento de los hijos tanto como el de los padres.

Para algunos la crianza positiva es una especie de utopía, creyendo que es inalcanzable o inaplicable. Quizás lo más difícil de este método es el conjunto de destrezas y habilidades que los padres deben desarrollar, lo cual implica esfuerzo y voluntad. Esto último es algo que pocos quieren asumir. Lo segundo más difícil es convencerlos de que eso que han escuchado o interpretado de la crianza positiva nada tiene que ver con la misma. A modo de aclarar confusiones o ideas distorsionadas aquí les dejo algunos puntos a considerar:

Qué NO es la crianza positiva 

  • No es permisiva ni indulgente. Esto quiere decir que no promueve el que los padres dejen hacer a los niños lo que desean, sin ponerles límites y llamarles la atención. Así como se basa en los derechos, la crianza positiva se basa en los roles definidos y en los deberes de cada quien.
  • No es cómoda o negligente. No trata de permitir que los niños se críen solos, mientras el padre hace poco por cuidarlos y educarlos. Por otro lado, el padre se apoya de otros para criar pero no delega sus responsabilidades en los demás.
  • No es represiva ni autoritaria. No usa el castigo físico, las amenazas, la intimidación, la imposición de normas, los gritos y la humillación. No está dirigida a controlar a los hijos sino a acompañarlos, invitando a los padres a establecer otras maneras de relacionarse con sus hijos.
  • No es un modelo romántico. Este modelo de crianza está basado en diferentes disciplinas sobre el desarrollo humano, como la psicología, la pedagogía, el derecho, la antropología y la sociología. Es un modelo exigente para padres que desean criar sin violencia, promoviendo el desarrollo integral de sus hijos. 

Qué beneficios conlleva 

  • Una relación sólida entre padres e hijos, donde predomina el respeto, la confianza y la consideración por el otro.
  • Los padres aprenden a educar de forma sensible y consciente y los hijos a obedecer de forma crítica y responsable.
  • Fortalece la autoestima de los hijos, así como la de los padres. Con ello, no me refiero a padres e hijos perfectos, sino a seres humanos que aceptan sus defectos, aprenden de sus errores y saben cuándo deben pedir disculpas.
  • El clima familiar es armónico y afectuoso, teniendo herramientas para afrontar las situaciones de estrés o sabiendo pedir ayuda cuando es necesario.
  • El vínculo afectivo permanece a lo largo del tiempo.
  • Es un modelo que fomenta habilidades para la vida, las cuales harán de los hijos adultos capaces para valerse de sí mismos y construir relaciones sanas. 

Como pueden ver, más que una actitud, la crianza positiva es un compromiso, un plan de vida. ¿Quieren asumirlo? Si se animan, este es el inicio de una serie de escritos que estarán dedicados a ofrecer a los padres herramientas útiles para criar positivamente. Dichos escritos estarán divididos en lo que considero los cuatro pilares de la crianza positiva, a saber.

  1. El manejo emocional de los padres
  2. Establecer límites firmes y consistentes
  3. La comunicación asertiva
  4. El abordaje de las conductas difíciles

Los invito entonces a estar atentos a las próximas publicaciones y en general a leer el contenido de este blog, el cual está orientado a la promoción de la crianza positiva.

¿Tienes alguna duda u objeción sobre la crianza positiva? No dejes de compartirla en los comentarios.

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Zorro: la pérdida, la maldad y la amistad


By Anaís Barrios

En la elección de cuentos para los niños es frecuente ver a padres y maestros prefiriendo historias con finales felices o con contenido moralizante. Le huyen a esos libros que abordan temas tabúes o que presentan emociones humanas tan complejas como la tristeza, la envidia, la soledad, el duelo, el rencor, la traición o la desgana de vivir. Este tipo de historias suelen ser tildadas de aburridas o demasiados tristes para un infante y es así como se pierde la oportunidad de ampliar el repertorio emocional de los niños y de ampliar su visión de la vida y la humanidad. De algo de esto último trata el libro que hoy les presento.

Zorro es un cuento de la autora Margaret Wild, ilustrado por Ron Brooks y publicado por Ediciones Ekaré. En un primer contacto, el título de este libro parece simple y poco tentador, pero una vez lees la historia toma todo su peso y carga simbólica. De forma exageradamente resumida, podría decir que el cuento trata de la amistad entre una urraca y un perro, y la envidia de un zorro. Aunque para mí la protagonista es la urraca, es el zorro quién moviliza las acciones y hace que Urraca cuestione su situación. Zorro no sólo afecta a Urraca, también llega a nosotros a través de su mirada, que nos interroga y nos hace conscientes de nuestra vulnerabilidad. Esta es una historia económica en palabras, pero muy sugerente y llena de emociones profundas y complejas que, junto a las hermosas ilustraciones que la acompañan, terminan envolviéndote en una atmósfera de tristeza, ternura, tensión, miedo y lucha. Para mí es claro que lo mejor de esta historia no es el reconocimiento de la maldad del otro sino las ganas de luchar y de encontrar en la amistad una razón de vivir.

Lo que me fascina de este libro es que condensa diferentes temas para ser conversados con los niños: la pérdida de una parte de nosotros, la búsqueda de sentido, el reconocimiento del peligro, la asimilación del riesgo, el amor por el otro que también es amor por uno mismo. Me fascina la dualidad que encierra el zorro, cuyo aullido no se sabe si es de triunfo o desesperación. Expone temas intrínsecamente humanos, situaciones a las que los niños no necesariamente permanecerán ajenos siempre.

Los niños que no han experimentado experiencias como estas pueden adquirir de este cuento nuevos significados que les permitan estar alerta y afrontar en el futuro situaciones adversas. Los niños que sí han experimentado experiencias similares pueden encontrar en este libro alguna respuesta a sus preguntas o quizás un poco más de empuje para seguir viviendo a pesar de todo.

Es necesario decir que el libro no hace solo el trabajo, es el adulto que lee con el niño el que debe crear un espacio de cálida compañía para que juntos se atrevan a conocer a Zorro, un personaje que no nos dejará salir ilesos.


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El respeto no se exige, se infunde


FamiliaEs común escuchar a padres y maestros hablar sobre el comportamiento irrespetuoso del niño, niña o adolescente, como un valor perdido, como una distorsión en el comportamiento social que cada vez se intensifica y generaliza.

Desde mi perspectiva, pareciera que los chicos a través de sus comportamientos desafiantes, oposicionistas, poco cooperativos o irritables demandaran nuevas formas de establecer relaciones, nos obligaran a reflexionar sobre nosotros mismos y nuestros actos, nos invitaran a reconceptualizar el respeto como base ética de las relaciones humanas. Una cosa es el respeto desde la crianza autoritaria–represiva de la que venimos muchos y otra el respeto desde la crianza positiva que se plantea en la actualidad.

He podido escuchar incontables veces entre los adultos cosas como: “Antes bastaba una mirada de los padres para uno quedarse tranquilo, derechito”, “Antes había más respeto; ahora los niños contestan y hasta te desafían”; “Uno hacía caso porque sí”. Lo que me lleva a preguntarme: en ese antes tantas veces nombrado, ¿respetar era igual a temer? Porque estos elogios al pasado siempre vienen acompañados de historias de dolor, terror, silencio e impotencia. Pues antes había un respeto basado en el miedo a que se impusiera, con todo su poder y fuerza, la autoridad del padre. Lo peor es que todavía hay niños reconocidos como “obedientes”, cuando en realidad son niños atemorizados.

Los chicos de ahora por lo general no temen expresarse, y lo hacen de manera asertiva, agresiva o desafiante, y a esto último le llamamos falta de respeto. El problema no está en que un niño o adolescente nos hable de manera inadecuada, pues existen muchos factores que promueven a que el chico se exprese de esa manera. Lo más importante es cómo nosotros los padres, maestros o adultos manejamos su “comportamiento irrespetuoso”, de qué manera respondemos a ello. Muchas veces el otro es un reflejo de nosotros mismos, así como muchas veces nuestro comportamiento refuerza el del otro.

No es posible que haya respeto en una relación cuando se pide no me grites, gritando; no me amenaces, amenazando; no me ofendas, ofendiendo. Existen infinitas maneras de transgredir el respeto de un niño o adolescente. Solemos hacerlo sin darnos cuenta, pues desde nuestra postura de adultos creemos saber que es lo correcto o lo que nuestros hijos o alumnos necesitan, sin antes procurar ser empáticos ni facilitar el diálogo. El respeto no se exige, nace en nosotros y se trasmite. Es como un bumerán: si se arroja, se devuelve.

El reconocimiento, valoración, aceptación y aprecio de las cualidades y derechos de los otros, y los propios, corresponden al respeto. Este valor moral lo vamos desarrollando a lo largo de la vida y depende de nosotros sí lo convertimos en un elemento para alimentar y mantener nuestras relaciones. Es preciso ser siempre reflexivos, autoevaluarnos, para lograr un conocimiento de nosotros y de los otros que nos permita crear vínculos satisfactorios y duraderos. El simple hecho de ser padres, maestros o adultos no nos ofrece un terreno sembrado de respeto. Tenemos nosotros que trabajarlo y sembrar las semillas para después cosechar.

El respeto es la condición base de una relación sana, pues de él devienen la confianza, la comunicación, la colaboración, la admiración, la convivencia. Todas éstas son condiciones asociadas al bienestar, a la felicidad. ¿Acaso no deseamos esto para nosotros?


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No sé jugar con mi hijo


7. Mother daugther scooter

Para algunos padres es difícil comprender el pensamiento lúdico de sus hijos. Entrar en el escenario del juego les hace sentir incómodos y paralizados; algo así como incompetentes. Es posible que en ese momento sus mentes se llenen de preguntas e ideas poco estimulantes: “¿qué hago?”, “¿qué debo decir?”, “¿esto es necesario?”, “me veo tonto”, “tengo mala imaginación”, “ya no estoy para esto”.

A los niños les encanta jugar con otros niños, pero disfrutan mucho cuando los adultos somos capaces de detenernos e involucrarnos en su mundo. Para ello, hay que aflojar un poco el rol de padres-adultos y agacharse, sentarse en el piso, burlarse de uno mismo, imaginar mundos inverosímiles, correr, saltar, rodar, gatear, pintar, ensuciarse, sudar, experimentar, inventar, cambiar las reglas y divertirse mucho. En otros escenarios de nuestra vida somos capaces de hacer estas cosas, entonces, ¿por qué no hacerlas con los niños de la casa?

Lo mejor de todo son los beneficios que trae jugar juntos. Los vínculos afectivos se estrechan, porque el juego facilita la expresión de emociones y afectos, el sentido de compañía, el sentido de camaradería, la creación de un lenguaje común, la comprensión mutua, el respeto, el humor, el esfuerzo por el otro, la alianza. Cuando jugamos con ellos, los niños se sienten agradecidos, comprendidos, acompañados.

Casi siempre pregunto a los niños que llegan a mi consulta si algún adulto de la casa juega con ellos. Las respuestas que recibo son poco alentadoras; y cuando les propongo a los padres que empiecen a jugar con sus hijos como parte del proceso psicoterapéutico hacen gestos como si les hubiese pedido subir el Himalaya. Por eso, me propuse escribir este artículo, para alentar a los padres a jugar y mostrarles los pasos que les permitan arrancar y superar ese bloqueo que genera el decir “no sé jugar con mi hijo”.

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1. Observa a tu hijo jugar 

Primero debes saber qué tipos de juego disfruta más tu hijo o cuáles le resultan más interesantes. Trata de observarlo jugar sin que se sienta vigilado o controlado. La observación te permitirá saber cómo fluye su imaginación, qué palabras usa para llamar a sus juguetes o asignarle acciones a las cosas, cómo construye sus historias, qué finales caracterizan su juego, qué rol le gusta ejercer (héroe, villano, aventurero, recatado, temerario, cuidadoso, líder o seguidor), qué le gusta jugar cuando está solo y qué cuando está acompañado, si prefiere juegos activos o pasivos, cómo construye las reglas de su juego. La observación te proporcionará datos valiosos.

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2. Empieza por lo menos exigente

Una vez sepas qué le gusta jugar a tu hijo, empieza por los juegos sencillos y luego te arriesgas a experimentar con los juegos más complejos y demandantes. Podemos empezar con un juego de mesa, cantando una canción, jugando al escondite, leyendo un cuento, haciendo o coloreando un dibujo. Nada del otro mundo, ¿verdad? Cuando ya estés familiarizado puedes acercarte a los juegos que yo llamo narrativos, pues implican construir una historia y asumir roles diferentes. Son esos juegos donde los juguetes son los protagonistas principales y requieren que construyamos escenarios para que tengan una vida, un rol, una voz, una función o una acción. Así nos tocará ser el señor que vende frutas en el mercado e inmediatamente después un bebé que pide sopa. O seremos la voz del malvado robot de legos que vino a destruir la ciudad.

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3. Déjate guiar. 

Los niños son los mejores directores de su juego. Si tienes dudas sobre lo que debes hacer, pregúntale a tu hijo: “¿qué quieres que haga?”, “¿qué le digo?”, “¿te parece si hacemos…?”, “¿está bien si le llamamos así?”. Apenas asomemos nuestras narices en el juego, el mismo tendrá su propia fluidez y nosotros sólo debemos seguirla. Si una niña o un niño juega como si estuviese cocinando carne en su sartén de plástico, sólo basta con decir: “Huele delicioso. Me está dando mucha hambre. ¿Me preparas un poco a mí?” y la niña o el niño sabrá que estamos jugando y hablando el mismo lenguaje.

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4. Los juguetes, las cosas y los espacios pueden tener diferentes funciones. 

Es cuestión de imaginación: una regla es una espada, una manzana habla y pide no ser comida, un carro vuela, unos tacos de madera son murallas o calles, una comida mágica hecha de plastilina nos vuelve brujos, un trozo de hilo azul demarca un lago donde pueden nadar los peces de madera, un rincón es una cárcel, una caja una casa, debajo de una silla se guardan los carros como un estacionamiento. A veces creemos que necesitamos muchas cosas para jugar, y no es así. En un juego, lo que no está se inventa y el niño lo toma en serio. Así como cuando el aviador dibujó una caja en vez de un cordero al Principito, éste se sentía satisfecho porque dentro de la caja podía imaginar el cordero que quería.

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5. No censures, ni racionalices. 

Para que el punto de arriba se cumpla es importante no censurar o racionalizar el juego. Un error que cometen los padres es dar charlas morales o exponer argumentos lógicos en pleno juego. No se vale decir: “las ranas no comen torta” o “no existen perros con alas”. El juego debe ser libre y en este el mundo se puede poner de cabeza y se pueden hacer cosas que en la vida real no hacemos. Se puede matar, desaparecer, enterrar, destruir, mojar, esconder, tanto como revivir, aparecer, desenterrar, armar, secar y descubrir. Lo único que nos puede llevar a interrumpir un juego es que el niño se esté lastimando, esté lastimando a otro o dañando algún objeto o mascota. O cuando el niño esté trasgrediendo de forma severa alguna norma del hogar.

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6. Involúcrate y concéntrate 

Para jugar hay que meterse y patear la pelota o ensuciarse las manos de barro. No se juega colocándose a un lado para sólo mirar, guiñar el ojo o dar comentarios aislados. Así mismo, todo juego demanda concentración de parte de nosotros para poder seguir su dinámica o secuencia. Otro error que comenten los padres es creer que pueden jugar con sus hijos mientras contestan llamadas, escriben un correo, reparan el carro o voltean panquecas. Cuando hacemos esto irrespetamos al niño y el compromiso que él siente con su juego. En muchas ocasiones podemos decepcionarlo. Lo mejor es apartar el tiempo para jugar, aunque no sea mucho, pero que el niño sienta que hay un tiempo de dedicación exclusiva para él. Apaguemos la TV o la radio, desconectemos la PC y dejemos el celular a un lado para jugar. Cuando hacemos esto, los niños nos aman.

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7. Conéctate con tu infancia. 

Sin duda, algunos tuvieron una infancia más privilegiada que otros, pero eso no es impedimento para recordar lo que disfrutábamos o deseamos hacer de pequeños. Recuerdo en una ocasión que fui a comprar algo en una bodega y salió a atenderme un niño de 9 años aproximadamente. Apenas lo vi me acordé cuando de pequeña jugaba a la bodega con mis amigos. Entonces le dije: “Por favor, señor, me da un kilo de harina”, y el niño extrañado busca la harina, mientras le digo: “¿Tiene para entregarme vuelto, señor?”. En este segundo comentario, el niño entendió que estaba jugando y en un intercambio de miradas simpáticas me siguió el juego. Al final le dije: “Gracias, señor” y él me respondió con el pecho henchido, el ceño fruncido y una discreta sonrisa: “De nada, señora”.

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8. Alimenta al niño que fuiste y aquel que te puedes permitir ser. 

Cómprate juguetes (más allá de videojuegos), cuentos infantiles, calcomanías, ropa colorida, colores, prepara la merienda que solías comer de pequeño. Permítete hacer muecas en el espejo del ascensor, caminar sin pisar las rayas de las baldosas, hacer bombitas de saliva, saltar sobre un charco, cantar en el baño a alto volumen. Yo por ejemplo: pinto mandalas, colecciono libros infantiles, balanceo mis pies cuando me siento en una silla alta, le cambio la letra a las canciones, tengo un caleidoscopio y juegos de mesa, entre otras cosas. Esto nos mantendrá estimulados y con la mente atenta para detectar cualquier oportunidad de juego con los niños.

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Espero que estos pasos le sirvan para involucrarse con sus hijos y puedan descubrir que el juego puede llegar a ser una infinita fuente de placer y afecto.


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¿De dónde viene la mala conducta de los niños?


6. Cara de Mau

Muchos niños llegan a consulta psicológica porque, según sus padres y/o maestros, presentan mala conducta y ya no les pueden “controlar”.

Es importante saber que un niño no se porta mal porque quiere, porque le gusta que le peguen o regañen, como suelen pensar algunos padres desesperados. El comportamiento disruptivo de un niño y su dificultad para integrarse socialmente son señales de que algo en alguna de las áreas de su vida no marcha bien. Un niño se porta mal para demandar, a través de su comportamiento, la satisfacción de una necesidad. Los niños, a diferencia de los adultos, no poseen la capacidad para verbalizar sus necesidades y problemas. Muchos de sus comportamientos inadecuados forman parte de su inmadurez y constituyen la única herramienta que tienen para decir “no me siento bien, algo ocurre”.

Detrás de su agresividad, oposicionismo, berrinches, intolerancias, groserías o problemas académicos pueden estar demandando una necesidad de seguridad, atención, afecto, comprensión, autonomía, límites, respeto u otra. Algunas veces, reclaman saber algo que se les esconde, como en el caso de niños adoptados o de aquellos cuyos padres tienen otra familia paralelamente, lo mismo que aquellos que no conocen a alguno de sus padres. Otras veces demandan que descubramos algo que les ha pasado y los ha lastimado o lastima, como cuando han recibido algún maltrato en la escuela o de parte de la familia. Y en la mayoría de las ocasiones su mal comportamiento es reflejo de nuestras improvisaciones, incongruencias, inconsistencias y ausencias al momento de criarlos, aunque parezca fuerte decirlo.

Es por ello que los padres deben estar muy atentos respecto a las manifestaciones del niño, aun cuando “siempre se ha portado así”, o cuando de un momento a otro cambia su comportamiento de manera negativa. Antes de juzgarlos y desesperarse por no poder manejar su conducta, es necesario observar bien el entorno del niño y ver si está necesitando algo en su vida. La observación constante (que no tiene que ver con la vigilancia y el control) y el acercamiento afectivo hacia el niño desarrollarán la intuición que como padres necesitamos para saber en qué momento nuestro hijo espera ayuda de nosotros o cuándo los que requerimos esa ayuda, porque no lo estamos haciendo del todo bien, somos nosotros.

El mundo psicológico del niño es muy sensible y vulnerable, sobre todo si vive en entornos o situaciones donde sus necesidades y derechos están siendo olvidados, desatendidos o violados. Muchas veces detrás de un niño con “mala conducta” se encuentra un grito silencioso de auxilio, que si desatendemos puede marcar desfavorablemente su vida y felicidad.

Estar atentos y abiertos a comunicarnos con nuestros hijos, aprender a observarlos (a observarnos a nosotros mismos), comprenderlos y aceptarlos es trazar un camino de prevención, una manera de evitar que ese mal comportamiento, que debería ser pasajero, termine por formar parte de su personalidad y, lamentablemente, se llegue a un punto sin retorno.