Psic. Anaís Barrios

El reto de criar y trabajar -parte 2-

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business mother

En la primera parte de este artículo encontramos las primeras cinco consideraciones que pueden ser importantes para equilibrar la responsabilidad de criar y trabajar. Hoy les comparto las cinco restantes, esperando puedan encontrar en ellas alguna guía que les permita tener éxito en sus proyectos de familia y desarrollo profesional. Esta no es una receta que deba cumplirse al pie de la letra. Tomen de aquí aquello que se ajuste a ustedes e intégrenlo con creatividad dentro de sus objetivos parentales. ¡Continuemos, pues!

Tacto y límites al momento de delegar

Cuando somos padres trabajadores es posible que nos toque delegar el cuidado de nuestros hijos a otros, en los momentos que no podemos encargarnos nosotros mismos por el deber de cumplir con compromisos u horarios laborales. Aquí tenemos que tener mucho cuidado. Deleguemos lo necesario y busquemos la ayuda de personas que sepan cuidar a nuestros hijos y respetar nuestros métodos de crianza. Está bien apoyarse de una niñera, la escuela u otro familiar para que temporalmente cuiden de los niños, pero no está bien creer que estas figuras deben encargarse de ellos mientras nosotros nos sumergimos en nuestro mundo laboral. Me ha tocado ver hijos que conciben a otro miembro de la familia u otra persona como figura parental, mientras los verdaderos padres son para ellos un miembro de la familia más o simples figuras proveedoras. Una cosa es delegar, confiar y buscar apoyo en los demás y otra abandonar.

Una disciplina articulada entre padres y cuidadores

La crianza contempla el afecto, el cuidado físico, la educación en valores y en habilidades para la vida, así como la disciplina. Lo ideal es que la disciplina entre madre y padre esté articulada, tanto como la disciplina entre padres y cuidadores. Unos métodos de crianza consensuados y coherentes brindan un ambiente seguro al niño donde está definido qué se espera de él, cómo debe responder ante ciertas situaciones, hasta qué punto se le permitirán ciertas conductas y qué consecuencias positivas o negativas obtendrá por sus acciones. Cuando la disciplina no está articulada se generan normas y límites contrapuestos, ambiguos e inestables que llenan de confusión al niño y afectan el sano desempeño de su conducta. En muchas ocasiones ha sido necesario que los cuidadores asistan a mi consulta psicológica para que reciban el mismo entrenamiento y las mismas herramientas de disciplina que reciben los padres. Así los adultos trabajan en equipo y el niño crece en un ambiente estable de contención y afectividad. Si un cuidador no está dispuesto a colaborar con una disciplina articulada y nutritiva, entonces debemos agradecerle su intención de cuidar pero debemos elegir otra persona para que nos ayude a hacerlo.

Comunicación constante

Suena a disco rayado pero la comunicación es la base de las relaciones. A través de la comunicación se crean los vínculos, la intimidad, la cercanía, el conocimiento del otro, la colaboración y la comprensión: la afectividad. Es doloroso ver cómo muchos padres olvidan este medio tan importante para relacionarse con sus hijos. Muchos creen que se comunican pero en realidad no lo hacen. Lo que he aprendido en estos años de trabajo es que los adultos pocas veces se detienen a hablar con los niños de forma abierta y comprensiva; lo que sí hacen es juzgarlos, reprocharles, culpabilizarlos, ocultarles información, mentirles, prometerles cosas que no cumplen, silenciarlos, tomar decisiones inconsultas y disimular sus propios sentimientos. Entonces los niños van llevados por las dinámicas de la familia, construyendo sus propias explicaciones o confundidos por lo que pasa o les rodea. He podido ver cómo los niños comienzan a ser colaboradores, agradecidos, maduros, sinceros y espontáneos cuando sus padres generan espacios de comunicación. Si vamos a dividir nuestro tiempo entre el trabajo y la familia, que la comunicación sea el puente hacia los hijos, que se vuelva una forma de protegerlos, de fortalecerlos, de nutrirlos, de mantenerlos cerca. Para comunicarse se requiere paciencia, tiempo oportuno, manejo de emociones, sinceridad, apertura, tolerancia, deseos de conocer y mirar al otro.

No es la cantidad es la calidad

Entre el trabajo, la escuela, los quehaceres de la casa, las actividades extracurriculares, el gimnasio y las compras, el tiempo de calidad en familia queda disuelto. Es así como para algunas familias compartir es sólo cenar mientras ven televisión. Para otras familias el tiempo donde coinciden padres e hijos, que suele ser al final del día, tiende a ser un espacio lleno de estrés, caracterizado por el conflicto y la incomunicación. Aquí entra otra de las cosas que he aprendido trabajando con niños y es que en realidad los niños no esperan que los adultos reservemos todo nuestro tiempo para ellos; sólo esperan ser tomados en cuenta, sentir que forman parte de la familia, que se les quiere y valora. No es la cantidad de tiempo que pasa junta una familia, es la calidad del tiempo compartido. Esas dosis de caricias, miradas, juegos, paseos, actividades conjuntas e historias compartidas son las que potencian el valor de estar juntos y de tenerse el uno para el otro. Los niños disfrutan de contar con un tiempo exclusivo para ellos donde se les escucha, atiende y acompaña. Y ese tiempo exclusivo no implica 12 horas del día, puede ser una rutina de ejercicios al aire libre, cocinar juntos, jugar un juego de mesa, leer cuentos antes de dormir, hacerse cosquillas, contarse las anécdotas del día, ver una película elegida entre todos, prepararse una merienda, darse un masaje. Siempre recomiendo a los padres que acuerden con sus hijos actividades conjuntas donde puedan aprovechar de forma gratificante el tiempo, que comuniquen las limitaciones de su disponibilidad y que compensen cuando no han podido cumplir con los planes recreativos.

Deténgase

Que del apuro no quede el cansancio o una familia sostenida en una base de naipes. La vida se presenta como una vorágine donde confluyen muchas distracciones y necesidades ficticias. Es por ello que debemos detenernos cada cierto tiempo para hacer un inventario de nuestra vida, para evaluar cómo vamos avanzando en los objetivos de crianza, para elaborar situaciones, para resignificar experiencias, para determinar cómo nos sentimos como padres y profesionales, cómo se sienten y se han venido desarrollando nuestros hijos. Muchas personas que terminan en la consulta médica o psicológica han sido personas que no se han detenido a escuchar, a mirar o a hablar. Que han pasado por encima de los problemas, que han ignorado las señales de alerta, que han dejado su vida en manos de un milagro o que han esperado que otros se encarguen de sus asuntos. Debemos buscar momentos para detenernos y revaluar los pasos que damos, para soltar lo que ya no nos sirve y redefinir. Si no lo hacemos la vida nos arropará y nos obligará de forma dolorosa a detenernos en un momento donde quizás pueda ser demasiado tarde. Espero que éste no sea su caso.

Estas serían las recomendaciones y observaciones que comparto con aquellos padres que crían y trabajan. Si he dejado algún cabo suelto, un punto sin tratar o tienen algún comentario o aporte no dejen de compartirlo.

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Autor: Anaís Barrios Flores

Psicóloga y escritora. Interesada por la literatura infantil y latinoamericana; aficionada de la cocina y el cine.

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