Psic. Anaís Barrios


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Ser padres autoreflexivos


woman thinking

Entre los roles más complejos a nivel relacional que un ser humano debe afrontar, se encuentra el rol de ser padres. Dicha complejidad viene dada en que la relación padre-hijo o madre-hijo es una relación donde existe una asimetría esencial, puesto que uno depende del otro y el otro tiene el poder y el deber de educar y cuidar. Dentro de esta relación asimétrica confluyen y se contraponen al mismo tiempo sentimientos, deseos, pensamientos y creencias. Además, hay que agregar que los miembros de esta relación forman parte de generaciones diferentes, lo cual marca tendencias y demandas educacionales distintas.

La complejidad, positiva o negativa, que desarrollemos en la relación con nuestros hijos va a depender, entre otras cosas, de nuestra capacidad de autorreflexión. Cuando hablo de una complejidad negativa en la relación padre-hijo, me refiero a ese tipo de relaciones basadas en la tensión y hostilidad constante, a los esfuerzos de uno por controlar y del otro por rebelarse, a la no aceptación de los sentimientos y pensamientos del otro, a la manipulación o amenaza constante, al no reconocimiento de los propios errores y a la imposición mutua de deseos o expectativas. Como podemos ver, en una relación de complejidad negativa prevalece la ausencia de respeto y de autorreflexión. Mientras que en una relación de una complejidad positiva entre padre-hijo existe todo lo contrario, puesto que dicha relación está basada en el equilibrio, la responsabilidad, la justicia y la equitatividad.

Ahora bien, ¿en qué consiste ser un padre autorreflexivo? La autorreflexión parental (así la llamaré) implica el monitoreo constante de nuestros pensamientos, emociones, creencias y acciones para valorar qué tan congruentes somos al momento de expresarlas o ejercerlas durante la crianza. No somos congruentes cuando regañamos a nuestro hijo por interrumpirnos mientras trabajábamos si nosotros lo interrumpimos mientras él juega. Lo que es importante para cada uno merece respeto.

La autorreflexión es reconocer nuestras debilidades, defectos, errores y temores, buscando la ayuda o la manera para minimizarlos o manejarlos lo mejor posible. Es hacer una revisión de nuestra historia de vida y poder elegir de ella aquello que nos genera bienestar y esforzarnos por elaborar o desechar aquello que nos hace daño o nos limita. Somos autorreflexivos cuando, por ejemplo, sabemos que nos da miedo nadar y damos un paso atrás para dejar que nuestro hijo se lance a la piscina. Somos autorreflexivos cuando pedimos disculpas después de haber cometido un error o cuando valientemente decidimos no repetir los patrones de violencia que aprendimos en nuestra familia.

En este proceso constante de monitorear nuestro ejercicio de la paternidad, enmendamos, cambiamos y superamos conscientemente las dificultades, reconociéndonos como seres humanos en aprendizaje continuo, lo cual no hará más que desarrollar nuestro valor personal y autoestima.

Lo mejor de esto es que nuestro hijo aprende a ser autorreflexivo también. Y cuando padre e hijo son autorreflexivos, el padre no tiene la necesidad de controlar y el hijo no tiene la necesidad de rebelarse; el padre cría consciente y críticamente y el hijo obedece consciente y críticamente.

Los hijos no quieren padres perfectos; tampoco quieren padres llenos de errores e incapaces para reconocerlos. Los hijos incluso son quienes detectan mejor los defectos de los padres y quienes desde diferentes métodos los confrontan a cambiar. Entonces no seamos soberbios, aprendamos en la relación con nuestros hijos a ser mejores personas, aprendamos a crecer mientras criamos.

Ya decía el pedagogo Gianni Rodari “deberíamos crear reglas para nuestro comportamiento, no para el de los niños”.

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