Psic. Anaís Barrios


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El estrés del maestro también afecta a los niños


Niño reposa sobre cuaderno

Es difícil que el maestro no sufra de estrés durante su ejercicio profesional. Puesto que el entorno organizacional donde se desenvuelve suele ser muy exigente, debido a las constantes demandas que recibe de la institución donde labora, los alumnos y sus representantes. Casi siempre son muchas demandas y poco reconocimiento y, en la mayoría de los casos, poca remuneración económica en relación a sus esfuerzos.

Esto sin mencionar los problemas personales que enfrenta el maestro como ser humano que es. Bajo estas condiciones es probable que muchos maestros no cuenten con las herramientas y recursos personales para afrontar y manejar el estrés de forma efectiva. Es por ello que a veces incluso un buen maestro grita, se altera, pierde el manejo del grupo, toma decisiones o medidas improvisadas, pierde el sentido de justicia y equitatividad, tiene problemas de comunicación con sus compañeros de trabajo y con los representantes.

Esta dificultad (que muchos podemos tener) para manejar el estrés y mantener un equilibrio socio-emocional se hace evidente en el salón de clase cuando un maestro:

  • Deja de ser empático con sus alumnos.
  • Les exige mucho y no reconoce sus avances o logros (inconcientemente repite en los otros lo que vive). O por el contrario, es muy permisivo, evitando colocar límites firmes y consistentes.
  • No escucha ni deja hablar a sus alumnos, ignorando lo que piensan y sienten.
  • Se enfoca más en los problemas o conductas negativas de los alumnos y menos en las soluciones o conductas positivas.
  • No comprende la etapa evolutiva ni las diferencias individuales de sus alumnos, malinterpretando sus conductas.
  • Sonríe y juega menos, regaña y crítica más.

Todo ello no sólo afecta el vínculo docente-alumno, sino que también puede afectar la autoestima del niño, su autoconcepto, capacidad de integración escolar, su manera de colaborar con las normas del salón, su motivación para aprender, pudiendo percibir el entorno escolar y la relación con su maestro como hostil o amenazante. Desde mi experiencia profesional, mientras más dificultades de manejo emocional presente un maestro más difícil será la conducta de sus alumnos; volviéndose el aula un campo de batalla, donde la lucha de poder predomina sobre el afecto, la comprensión, el respeto y la admiración.

Si vemos el salón como un sistema, eso nos lleva a notar que el comportamiento de cada uno de sus integrantes afecta a los otros y el sistema en algún punto deja de funcionar satisfactoriamente. El motivo de este escrito no es el de responsabilizar al maestro de lo que puede generar en el niño; sino hacer entender a los padres que sus hijos y ellos mismos pueden afectar al maestro, así como el maestro puede afectarlos a ellos. Si no existe una colaboración mutua, un trabajo en equipo, una comprensión y tolerancia constante, si no hay empatía entre todos los que confluyen en el salón de clases, entonces puede aumentar las condiciones de estrés para todos.

Y no es suficiente con colaborarle al maestro; es necesario que éste busque maneras sanas para drenar su estrés y darle un significado a su trabajo que lo llene de motivación y satisfacción personal. Entre los aspectos más importantes que debe cuidar y cultivar un maestro como fuentes antiestrés son: tomarse un tiempo para disfrutar y compartir con sus alumnos, hacer ejercicio físico, contar con una actividad extra de su agrado, recrearse con frecuencia y mantener relaciones familiares positivas. Cuando el estrés escolar o familiar sobrepasa su capacidad de respuesta, lo mejor es buscar ayuda profesional.


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Lo que aprenden los niños del castigo físico


 

Imagen 09

Untitled by Colby Stopa

“Te pego para que aprendas”.

“A ese niño le falta un buen correazo para que sepa respetar”.

“Si mi hijo me habla así, ten por seguro que se gana unas cachetadas”.

“Un correazo a tiempo no le hace mal a nadie”.

“Si no te pego, no aprendes”.

“Te pego porque soy tu mamá y tienes que aprender a hacer caso”.

“Tendrás que aprender a los golpes”.

¿Les resultan familiares estás frases? Es posible que muchos de nosotros hayamos escuchado que el castigo físico es necesario para educar a los hijos. Los menos ortodoxos creen que el castigo físico es necesario sólo en algunos momentos, pero no siempre, o que está bien pegar pero sin dejar marcas físicas en los niños. Lo cierto es que, aunque cada vez hay más padres que han optado por ofrecer a sus hijos una crianza basada en el buen trato, todavía existe una gran mayoría de personas que tienen una fe irracional, elogian y reconocen al castigo físico como método de crianza. En especial, parece que muchos concuerdan que este método es necesario cuando la conducta del niño o adolescente se ha vuelto realmente problemática y el único método “efectivo” de detenerla es pegarles.

Sé por experiencia que la mayoría de los padres o cuidadores que usan el castigo físico tienen el objetivo de enseñarles algo a sus hijos, pero ¿qué es eso que están enseñando? Es claro que de las acciones de los padres los niños aprenden, pero ¿qué aprenden del castigo físico? Hoy les voy contar lo que he podido observar en la consulta sobre lo que los niños aprenden de la correa, la cachetada, el chancletazo, el jalón de oreja, el pellizco, el puñetazo, la nalgada, el empujón, el zarandeo, el apretón…

Aprenden a obedecer por temor

El castigo físico no sólo genera dolor físico sino también dolor emocional, así como siembra el temor de los hijos a la disciplina del padre. Es así como los niños aprenden a obedecer por temor y no por respeto, por temor y no por sentido de responsabilidad, por temor y no por razón. Algunos padres se inflan de orgullo diciendo que sus hijos son obedientes porque les tienen miedo. Cuando uno de los pilares de la crianza es que el niño sienta miedo del padre, se está reduciendo significativamente la relación padre-hijo al construir un vínculo falto de confianza, respeto, afecto, comunicación y consideración. Creo que es más bonito que los hijos nos obedezcan porque nos admiran y respetan y no porque nos temen. Si preferimos que la relación con nuestros hijos esté basada en el temor, eso quiere decir que estamos muy carentes de habilidades para establecer relaciones sanas. 

Aprenden a sentirse culpables

Cuando un padre pega a su hijo suele justificar su acción haciendo ver que fue culpa del niño. Pocas veces se detiene a pensar qué ha hecho como padre o qué condiciones ha favorecido para que el niño se comporte de forma negativa, puesto que es más cómodo culpar al niño que hacer una revisión de los métodos de crianza y las conductas propias. En este contexto, el niño aprende a sentirse responsable de los problemas que ocurren en la relación con sus padres y aprende a culpabilizarse por su conducta. Una cosa es enseñar a los niños a ser responsables y conscientes de sus conductas y otra es que aprendan a sentirse culpables por las decisiones, reacciones y sentimientos que como padres asumimos ante las situaciones de crianza. Esto pudieran extrapolarlo en el futuro en sus otras relaciones.

Aprenden a creer que son malos

Al hacerles sentir culpables y merecedores de castigo físico también les enseñamos a creer que son niños malos. ¿Cómo enseñamos esto? Cuando le decimos que se portan mal, que son insoportables, que nadie los puede controlar, que se ganan que les peguen, que son un problema, que hacen que los demás pierdan la paciencia… Es decir cuando les ayudamos a construir un autoconcepto negativo de sí mismos, no les damos oportunidad para equivocarse y no les entrenamos para que aprendan a enmendar y mejorar sus conducta.

Aprenden que los golpes son una forma de resolver problemas 

Cuando nos valemos del castigo físico les estamos enseñando que la agresión es una forma de resolver problemas y que la impulsividad no merece ser educada. En este sentido, el niño aprende que cuando se encuentra ante una situación de desventaja, ante un malentendido, desacuerdo o cuando algo va en contra de sus deseos la opción más fácil es recurrir a la violencia. Después, nos ganamos la medalla de la incongruencia, cuando les castigamos por golpear a sus hermanos, amigos o compañeros de clase en los momentos que han tenido problemas con ellos. Hacemos niños emocionalmente más inteligentes cuando les enseñamos a resolver problemas sin pegar, pellizcar, morder, patear, gritar, amenazar, chantajear o manipular. Un reto que pocos queremos asumir porque tendríamos que aprender primero a dejar de emplear esas conductas.

Aprenden que el maltrato es normal e incluso válido

A pesar de que los niños sufren cuando reciben castigo físico, he podido escucharles decir que se lo merecían, que es normal que los padres peguen y que está bien que les peguen. Es decir, reproducen las justificaciones de los padres. Para aquellos que reciben castigo físico de forma intensa, su mayor deseo no es que les dejen de pegar sino que por lo menos no les peguen en la calle o delante de los demás. Esto es realmente deprimente e injusto. Nadie debería crecer con la creencia de que merece ser golpeado por la persona que lo educa o lo ama. Ningún tipo de agresión tiene justificación, en especial cuando agredir se ha tipificado como una transgresión a los derechos personales. Bajo estas condiciones se favorece que en el futuro los niños se conviertan en víctimas de maltrato o en victimarios.

Aprenden que basta tener un rol de poder para agredir

Cuando el padre se vale de su rol para usar el castigo físico, le enseña al niño que el poder da concesiones para agredir a los demás. Sólo basta tener un rol de poder para tener ventaja sobre los otros. Con ello, se enseña que los roles y el poder que éstos nos ofrecen pueden fácilmente ser corruptibles, si así nosotros los deseamos. Esta es un arma de doble filo, pues los padres no tienen para siempre el poder; los hijos crecen y a veces deben encargarse de sus padres. En este intercambio de roles, ¿cómo usarán los hijos su poder?

Aprenden a descargar sus frustraciones con los demás

He podido notar que cuando los padres recurren al castigo físico la emoción que reina es la frustración. Deciden reprender físicamente a sus hijos cuando sienten frustración por no obtener de ellos obediencia, colaboración o consideración. Entonces, el castigo físico se vuelve una técnica de descarga emocional más que de crianza. También pasa muy frecuentemente que a la frustración con el hijo se le unen otras frustraciones personales y el niño termina recibiendo una descarga de golpes y humillaciones que no necesariamente tienen que ver con su conducta. De esta forma, el niño aprende a patear a su perro, lanzar los objetos, golpear o gritar a los demás cuando se encuentra frustrado.

Aprenden a mentir

Muchos niños mienten para evitar las represalias de sus padres, volviéndose unos expertos en ocultar o distorsionar sus acciones. Aquí volvemos al primer punto, donde el castigo físico genera más temor que respeto. Pero no sólo mienten para evitar ser castigados, sino que también mienten para que el castigo sea corto y menos doloroso. Recuerdo cuando un niño me dijo que solía gritar y llorar más de la cuenta cuando su madre le pegaba para que ésta dejara de hacerlo. En este caso, la mentira se volvió en un recurso de supervivencia. Ojalá los niños no tuvieran necesidad de mentir y pudieran asumir con sinceridad y responsabilidad sus conductas, pues en vez de recibir reprimendas físicas reciben comprensión y pautas para mejorar su conducta.

Aprenden a guardar rencor y buscar vengarse

No todos los niños son iguales y asumirán con sumisión la conducta represiva de sus padres. Algunos asumen el castigo físico como una lucha de poder, lo cual los impulsa a buscar formas de venganza o de sacar de las casillas a sus castigadores. Todo esto se vuelve en una fuente de rencor y rivalidad para el niño, sentimientos contrapuestos a una verdadera relación padre-hijo.

Estos son algunos de los aprendizajes que pueden obtener los niños del castigo físico. Yo tengo mi opinión sobre el castigo físico, pero dejaré que ustedes saquen sus propias conclusiones sobre la efectividad educativa de este método de disciplina y crianza.

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La separación eterna de los padres


Padres discutiendo

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La familia es el primer escenario donde el niño aprende mecanismos particulares de interacción y comunicación que influirán significativamente en su desarrollo emocional y en su capacidad para establecer relaciones sanas. La calidad de las interacciones en una familia dependerá de los sentimientos y valores de sus miembros, así como de la habilidad de éstos para trasmitirlos. Hay familias que construyen mecanismos funcionales de interacción y resolución de problemas, mientras que otras hacen de las interacciones un caos afectivo y relacional.

En este artículo me detendré a hablar sobre aquellas familias regidas por una dinámica de relación de pareja altamente conflictiva, caracterizada por interacciones cíclicas de naturaleza dañina, que colocan en riesgo la salud mental de todos sus miembros. En algunas de estas parejas, cuando se plantea o se piensa por primera vez en el divorcio, a lo que en realidad se le da inicio es a un proceso de separación eterna, que nunca se consuma o que fluctúa constantemente. De este modo, los padres pelean con frecuencia, se reconcilian, se amenazan, se separan, se vuelven a unir, establecen acuerdos que no cumplen y aun así siguen juntos a pesar de los daños, la ausencia de compromiso y afecto, los resentimientos, la agresión mutua; a costa de la propia felicidad y la de los hijos. Bajo esta dinámica se pierde el sentido real de las relaciones, el sentido de familia y la responsabilidad hacia el hijo.

¿Por qué una pareja perdura sobreviviendo en el conflicto? La mayoría de las veces las partes involucradas obtienen un beneficio o esperan obtenerlo. Y esto va desde conseguir un carro o un apartamento (o evitar tomar la decisión de cómo distribuir esos bienes obtenidos en matrimonio) hasta evitar el qué dirán. Igual, se puede observar cómo la raíz del conflicto subyace en ganar victorias personales, fundamentadas en sentimientos egoístas, como el no reconocer los propios errores o defectos, evitar afrontar el fracaso del ideal de pareja, vengar los daños infligidos por el otro, evitar la libertad o felicidad del otro, evitar generar esfuerzos personales para independizarse y responsabilizarse por sí mismo…

Bajo estas condiciones, las parejas (los padres, es necesario recordar que también tienen ese rol) se concentran en sí mismas, dejando a un lado a los hijos, que fungen como espectadores, receptores y reproductores de las consecuencias.

¿Qué siente y aprende el hijo? Siente miedo, angustia, abandono, injusticia, carencia de respeto y afecto; aprende que las relaciones pueden ser corruptas, que la tranquilidad y felicidad no son prioridad, que el amor es inalcanzable y que la vida es una defensa constante contra el otro.

Esta problemática es una apuesta muy alta para lo poco que se recibirá. Se arriesga la salud de los miembros de la familia y se distorsiona la vida emocional de los niños al ofrecerles modelos insanos de relaciones y de resolución de conflictos.

Entonces parece justo reconocer que postergar una relación de pareja conflictiva trae más perjuicios que beneficios. Muchos de éstos son irreversibles y pasan por encima de los derechos y necesidades de los hijos. Uno de estos derechos es el de tener una familia estable, bien se sea unida o separada.

Si es ésta tu situación, busca ayuda psicológica profesional, date permiso de curar las heridas y redignificar tu vida y la de tus hijos. Es importante y fundamental apostar por el amor y la felicidad, no por la destrucción y el dolor.

Esfuerzo… el amor es esfuerzo consciente y constante por nosotros mismos y los nuestros.