Psic. Anaís Barrios

El respeto no se exige, se infunde

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FamiliaEs común escuchar a padres y maestros hablar sobre el comportamiento irrespetuoso del niño, niña o adolescente, como un valor perdido, como una distorsión en el comportamiento social que cada vez se intensifica y generaliza.

Desde mi perspectiva, pareciera que los chicos a través de sus comportamientos desafiantes, oposicionistas, poco cooperativos o irritables demandaran nuevas formas de establecer relaciones, nos obligaran a reflexionar sobre nosotros mismos y nuestros actos, nos invitaran a reconceptualizar el respeto como base ética de las relaciones humanas. Una cosa es el respeto desde la crianza autoritaria–represiva de la que venimos muchos y otra el respeto desde la crianza positiva que se plantea en la actualidad.

He podido escuchar incontables veces entre los adultos cosas como: “Antes bastaba una mirada de los padres para uno quedarse tranquilo, derechito”, “Antes había más respeto; ahora los niños contestan y hasta te desafían”; “Uno hacía caso porque sí”. Lo que me lleva a preguntarme: en ese antes tantas veces nombrado, ¿respetar era igual a temer? Porque estos elogios al pasado siempre vienen acompañados de historias de dolor, terror, silencio e impotencia. Pues antes había un respeto basado en el miedo a que se impusiera, con todo su poder y fuerza, la autoridad del padre. Lo peor es que todavía hay niños reconocidos como “obedientes”, cuando en realidad son niños atemorizados.

Los chicos de ahora por lo general no temen expresarse, y lo hacen de manera asertiva, agresiva o desafiante, y a esto último le llamamos falta de respeto. El problema no está en que un niño o adolescente nos hable de manera inadecuada, pues existen muchos factores que promueven a que el chico se exprese de esa manera. Lo más importante es cómo nosotros los padres, maestros o adultos manejamos su “comportamiento irrespetuoso”, de qué manera respondemos a ello. Muchas veces el otro es un reflejo de nosotros mismos, así como muchas veces nuestro comportamiento refuerza el del otro.

No es posible que haya respeto en una relación cuando se pide no me grites, gritando; no me amenaces, amenazando; no me ofendas, ofendiendo. Existen infinitas maneras de transgredir el respeto de un niño o adolescente. Solemos hacerlo sin darnos cuenta, pues desde nuestra postura de adultos creemos saber que es lo correcto o lo que nuestros hijos o alumnos necesitan, sin antes procurar ser empáticos ni facilitar el diálogo. El respeto no se exige, nace en nosotros y se trasmite. Es como un bumerán: si se arroja, se devuelve.

El reconocimiento, valoración, aceptación y aprecio de las cualidades y derechos de los otros, y los propios, corresponden al respeto. Este valor moral lo vamos desarrollando a lo largo de la vida y depende de nosotros sí lo convertimos en un elemento para alimentar y mantener nuestras relaciones. Es preciso ser siempre reflexivos, autoevaluarnos, para lograr un conocimiento de nosotros y de los otros que nos permita crear vínculos satisfactorios y duraderos. El simple hecho de ser padres, maestros o adultos no nos ofrece un terreno sembrado de respeto. Tenemos nosotros que trabajarlo y sembrar las semillas para después cosechar.

El respeto es la condición base de una relación sana, pues de él devienen la confianza, la comunicación, la colaboración, la admiración, la convivencia. Todas éstas son condiciones asociadas al bienestar, a la felicidad. ¿Acaso no deseamos esto para nosotros?

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Autor: Anaís Barrios Flores

Psicóloga y escritora. Interesada por la literatura infantil y latinoamericana; aficionada de la cocina y el cine.

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