Psic. Anaís Barrios

No sé jugar con mi hijo

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7. Mother daugther scooter

Para algunos padres es difícil comprender el pensamiento lúdico de sus hijos. Entrar en el escenario del juego les hace sentir incómodos y paralizados; algo así como incompetentes. Es posible que en ese momento sus mentes se llenen de preguntas e ideas poco estimulantes: “¿qué hago?”, “¿qué debo decir?”, “¿esto es necesario?”, “me veo tonto”, “tengo mala imaginación”, “ya no estoy para esto”.

A los niños les encanta jugar con otros niños, pero disfrutan mucho cuando los adultos somos capaces de detenernos e involucrarnos en su mundo. Para ello, hay que aflojar un poco el rol de padres-adultos y agacharse, sentarse en el piso, burlarse de uno mismo, imaginar mundos inverosímiles, correr, saltar, rodar, gatear, pintar, ensuciarse, sudar, experimentar, inventar, cambiar las reglas y divertirse mucho. En otros escenarios de nuestra vida somos capaces de hacer estas cosas, entonces, ¿por qué no hacerlas con los niños de la casa?

Lo mejor de todo son los beneficios que trae jugar juntos. Los vínculos afectivos se estrechan, porque el juego facilita la expresión de emociones y afectos, el sentido de compañía, el sentido de camaradería, la creación de un lenguaje común, la comprensión mutua, el respeto, el humor, el esfuerzo por el otro, la alianza. Cuando jugamos con ellos, los niños se sienten agradecidos, comprendidos, acompañados.

Casi siempre pregunto a los niños que llegan a mi consulta si algún adulto de la casa juega con ellos. Las respuestas que recibo son poco alentadoras; y cuando les propongo a los padres que empiecen a jugar con sus hijos como parte del proceso psicoterapéutico hacen gestos como si les hubiese pedido subir el Himalaya. Por eso, me propuse escribir este artículo, para alentar a los padres a jugar y mostrarles los pasos que les permitan arrancar y superar ese bloqueo que genera el decir “no sé jugar con mi hijo”.

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1. Observa a tu hijo jugar 

Primero debes saber qué tipos de juego disfruta más tu hijo o cuáles le resultan más interesantes. Trata de observarlo jugar sin que se sienta vigilado o controlado. La observación te permitirá saber cómo fluye su imaginación, qué palabras usa para llamar a sus juguetes o asignarle acciones a las cosas, cómo construye sus historias, qué finales caracterizan su juego, qué rol le gusta ejercer (héroe, villano, aventurero, recatado, temerario, cuidadoso, líder o seguidor), qué le gusta jugar cuando está solo y qué cuando está acompañado, si prefiere juegos activos o pasivos, cómo construye las reglas de su juego. La observación te proporcionará datos valiosos.

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2. Empieza por lo menos exigente

Una vez sepas qué le gusta jugar a tu hijo, empieza por los juegos sencillos y luego te arriesgas a experimentar con los juegos más complejos y demandantes. Podemos empezar con un juego de mesa, cantando una canción, jugando al escondite, leyendo un cuento, haciendo o coloreando un dibujo. Nada del otro mundo, ¿verdad? Cuando ya estés familiarizado puedes acercarte a los juegos que yo llamo narrativos, pues implican construir una historia y asumir roles diferentes. Son esos juegos donde los juguetes son los protagonistas principales y requieren que construyamos escenarios para que tengan una vida, un rol, una voz, una función o una acción. Así nos tocará ser el señor que vende frutas en el mercado e inmediatamente después un bebé que pide sopa. O seremos la voz del malvado robot de legos que vino a destruir la ciudad.

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3. Déjate guiar. 

Los niños son los mejores directores de su juego. Si tienes dudas sobre lo que debes hacer, pregúntale a tu hijo: “¿qué quieres que haga?”, “¿qué le digo?”, “¿te parece si hacemos…?”, “¿está bien si le llamamos así?”. Apenas asomemos nuestras narices en el juego, el mismo tendrá su propia fluidez y nosotros sólo debemos seguirla. Si una niña o un niño juega como si estuviese cocinando carne en su sartén de plástico, sólo basta con decir: “Huele delicioso. Me está dando mucha hambre. ¿Me preparas un poco a mí?” y la niña o el niño sabrá que estamos jugando y hablando el mismo lenguaje.

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4. Los juguetes, las cosas y los espacios pueden tener diferentes funciones. 

Es cuestión de imaginación: una regla es una espada, una manzana habla y pide no ser comida, un carro vuela, unos tacos de madera son murallas o calles, una comida mágica hecha de plastilina nos vuelve brujos, un trozo de hilo azul demarca un lago donde pueden nadar los peces de madera, un rincón es una cárcel, una caja una casa, debajo de una silla se guardan los carros como un estacionamiento. A veces creemos que necesitamos muchas cosas para jugar, y no es así. En un juego, lo que no está se inventa y el niño lo toma en serio. Así como cuando el aviador dibujó una caja en vez de un cordero al Principito, éste se sentía satisfecho porque dentro de la caja podía imaginar el cordero que quería.

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5. No censures, ni racionalices. 

Para que el punto de arriba se cumpla es importante no censurar o racionalizar el juego. Un error que cometen los padres es dar charlas morales o exponer argumentos lógicos en pleno juego. No se vale decir: “las ranas no comen torta” o “no existen perros con alas”. El juego debe ser libre y en este el mundo se puede poner de cabeza y se pueden hacer cosas que en la vida real no hacemos. Se puede matar, desaparecer, enterrar, destruir, mojar, esconder, tanto como revivir, aparecer, desenterrar, armar, secar y descubrir. Lo único que nos puede llevar a interrumpir un juego es que el niño se esté lastimando, esté lastimando a otro o dañando algún objeto o mascota. O cuando el niño esté trasgrediendo de forma severa alguna norma del hogar.

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6. Involúcrate y concéntrate 

Para jugar hay que meterse y patear la pelota o ensuciarse las manos de barro. No se juega colocándose a un lado para sólo mirar, guiñar el ojo o dar comentarios aislados. Así mismo, todo juego demanda concentración de parte de nosotros para poder seguir su dinámica o secuencia. Otro error que comenten los padres es creer que pueden jugar con sus hijos mientras contestan llamadas, escriben un correo, reparan el carro o voltean panquecas. Cuando hacemos esto irrespetamos al niño y el compromiso que él siente con su juego. En muchas ocasiones podemos decepcionarlo. Lo mejor es apartar el tiempo para jugar, aunque no sea mucho, pero que el niño sienta que hay un tiempo de dedicación exclusiva para él. Apaguemos la TV o la radio, desconectemos la PC y dejemos el celular a un lado para jugar. Cuando hacemos esto, los niños nos aman.

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7. Conéctate con tu infancia. 

Sin duda, algunos tuvieron una infancia más privilegiada que otros, pero eso no es impedimento para recordar lo que disfrutábamos o deseamos hacer de pequeños. Recuerdo en una ocasión que fui a comprar algo en una bodega y salió a atenderme un niño de 9 años aproximadamente. Apenas lo vi me acordé cuando de pequeña jugaba a la bodega con mis amigos. Entonces le dije: “Por favor, señor, me da un kilo de harina”, y el niño extrañado busca la harina, mientras le digo: “¿Tiene para entregarme vuelto, señor?”. En este segundo comentario, el niño entendió que estaba jugando y en un intercambio de miradas simpáticas me siguió el juego. Al final le dije: “Gracias, señor” y él me respondió con el pecho henchido, el ceño fruncido y una discreta sonrisa: “De nada, señora”.

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8. Alimenta al niño que fuiste y aquel que te puedes permitir ser. 

Cómprate juguetes (más allá de videojuegos), cuentos infantiles, calcomanías, ropa colorida, colores, prepara la merienda que solías comer de pequeño. Permítete hacer muecas en el espejo del ascensor, caminar sin pisar las rayas de las baldosas, hacer bombitas de saliva, saltar sobre un charco, cantar en el baño a alto volumen. Yo por ejemplo: pinto mandalas, colecciono libros infantiles, balanceo mis pies cuando me siento en una silla alta, le cambio la letra a las canciones, tengo un caleidoscopio y juegos de mesa, entre otras cosas. Esto nos mantendrá estimulados y con la mente atenta para detectar cualquier oportunidad de juego con los niños.

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Espero que estos pasos le sirvan para involucrarse con sus hijos y puedan descubrir que el juego puede llegar a ser una infinita fuente de placer y afecto.

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Autor: Anaís Barrios Flores

Psicóloga y escritora. Interesada por la literatura infantil y latinoamericana; aficionada de la cocina y el cine.

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